La que nos viene encima

Carlos Castañosa

Apenas  salimos de un charco y ya estamos metidos en el siguiente. Unos pocos meses del trance de las municipales y autonómicas y ya tenemos aquí las otras, las gordas, las generales del Estado. Y no es que al ciudadano le sirva como entrenamiento el suplicio de unas elecciones para que las siguientes sean menos traumáticas. Tanto escalda la frustración anterior, que la siguiente todavía es más dura.

Y ahora lo está siendo por anticipado, como continuación del trago reciente que se solapa con el venidero; el que aún no ha llegado; pero el tufo se percibe, junto a la estela hedionda que sigue soltando la secuela de las locales, mezclado con la inmundicia ventilada de unos contra otros en la carrerilla hacia las inminentes poltronas de las generales.

¿Por qué un derecho democrático, por el que se luchó con denuedo, se convirtió en esta amargura para el ciudadano? Cualquier sociólogo, o antropólogo, diagnosticaría que no hay un solo motivo ni un culpable concreto, sino que la responsabilidad es general. Una  insensata rodada por la cuesta abajo hacia el precipicio para despeñarnos sin remedio.

“Es que votar además de un derecho es un deber…” Ya, ¿pero cuantos de nosotros nos preguntamos eso de “pero a quien coño voto yo”? (Excepción del fundamentalista que, pase lo que pase, siempre votará lo mismo… Quizá apenas solo sea  un ligero rasgo de fanatismo). ¿Soy culpable de encontrarme con este conflicto? El científico investigador del comportamiento humano posiblemente me disculpara, porque el origen del problema radica en las urnas. Esas cajitas mágicas, transparentes; los cofres que entrañan el tesoro de nuestro principal derecho democrático, son el artificio que el ilusionista utiliza en su escenario para engañar a los espectadores. Porque se lo ofrece al pueblo para contratar a sus empleados; unos servidores que en la campaña previa han repartido promesas y han practicado una cercanía ficticia al ciudadano y a sus problemas para captar votos, y con ellos una poltrona desde la que erigirse, al día siguiente, en padres de la patria y mirar desde sus alturas artificiales a los votantes que pasan a ser vasallos, los que luego piensan “A las próximas, no me engañas” Pero llegan las siguientes y vuelven a picar. La campaña vuelve a surtir efecto y al pueblo le falla en casting una vez más. “Y si no te gusta lo que hago y como lo hago, ¿Por qué siempre me votas? ¡Que tonto!…” Cuestión que ya sería materia de psicólogo con master en despropósitos conductuales.

Pero mientras, los apoltronados despilfarran dinero público. Abandonan el compromiso de promesas con excusas de falta de medios… es que lo que me dejó el anterior…. Dejación de responsabilidades institucionales. Desvíos económicos hacia intereses particulares. Colocación de los “suyos”. Abuso de poder. Menosprecio por las necesidades elementales de la población más precaria. Declaraciones fastuosas para captar vistosos titulares con mentiras flagrantes. En fin, una lacra humanitaria que debe reciclarse como material de vertedero para que el descontrol del gasto público deje de ser el mayor impedimento para salir de la crisis.

¿Tendremos que sufrir, dentro de poco, una vez más, el insulto de pactos contra natura para que mi voto sirva al dirigente del partido adversario? ¿O que después se monte una moción de censura transfugada para cazar cargos y prebendas con la excusa de que el pueblo así lo quería? ¿O el dirigente de tal partido que se escinde de una coalición para organizar otra, pero como no le sale, regresa a la misma con aires humanitarios, y luego le da por el nacionalismo fuerte para reseñarse? ¿O que  represente algo canario en el Senado  cualquier avergüenzafamilias? ¿O el despotismo de un expresidente de la Nación que   menosprecia la legitimidad de los movimientos sociales? ¿Una ley electoral vergonzosa y vergonzante que nadie tiene interés en reformar para que no se les estropee el negocio? ¿Y la profusión burocrática de ayuntamientos a mansalva, y competencias duplicadas en las CCAA, y un Senado que solo sirve para solaz y privilegio de los próceres, sin beneficio para sus representados?

Ya sé. Mientras decido a quien votar, tacharé mi papeleta para el Senado como voto nulo… ¿Y si hiciéramos todos lo mismo?  Sería un problema menos…

 

 

 

Carlos Castañosa

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