La primera lección de Economía de la Historia

Dicen que una de las primeras lecciones de economía política de la historia de la humanidad viene recogida en un libro tan poco sospechoso de pertenencia o relación con el mundo de las finanzas como es La Biblia.

Sí , la Biblia – en el libro del Génesis 37: 41- narra la historia de José, un hebreo descendiente de la tribu de Jacob que vivía en Egipto y que había dado con sus huesos en la cárcel en circunstancias nada claras. En prisión conoció a un egipcio al cual mostró sus dotes como intérprete de sueños. Un viejo oficio que puso de moda siglos más tarde otro judío (esta vez austriaco) llamado Simon Freud. La fama que se había ganado el tal José entre sus compañeros de prisión como experto en oniromancia llegó a oídos del faraón de Egipto. El soberano, alarmado por inquietantes sueños que le perseguían en la noche, mandó llamar al hebreo para que interpretara sus visiones oníricas. Con grades dotes de seducción, José previó una de las primeras crisis económicas de la historia (otrora en forma de severas hambrunas y sequías) por la que atravesaría el imperio egipcio después de un periodo de bonanza (excelentes y copiosas cosechas). Lo hizo en la interpretación de los sueños del faraón, y con ello advirtió al príncipe de la debacle que se avecinaba y le instruyó en el modo de resolverla: hacer acopio de grano. Sus predicciones, que se adveraron con el tiempo, le hicieron merecedor del nombramiento como administrador, un cargo que sería algo así como el de ministro de economía en un Estado moderno.

El acopio no es más que la forma antigua en que se concibe el ahorro, tal como hoy lo conocemos. Este es el significado metafórico de las siete vacas gordas y las siete vacas flacas que atormentaban las noches del faraón.

Este principio de economía política: no consumir toda la cosecha en previsión de la escasez futura, constituye una afirmación con valor universal. Y ésto es, ni más ni menos, el ahorro en términos financieros más modernos. La historia de la interpretación de los sueños del faraón nos lleva a una conclusión tan simple como rotunda: cuando las cosas van bien, “no tires la casa por la ventana”, ahorra y “almacena una parte” para cuando la situación que pueda preverse no sea tan boyante o lo que es lo mismo, para cuando vengan tiempos de vacas flacas. Esto que resulta una verdad casi de perogrullo, no todos lo llevan a la práctica, no obstante reconocerse su evidencia.

La experiencia reciente es un buen ejemplo de ello. Durante el periodo del llamado “milagro económico español”, que comenzó en la década de los noventa y terminó sus días con la explosión de la burbuja inmobiliaria, como efecto más nefasto de aquel “milagro”, llevó al despilfarro y al endeudamiento de cientos de miles de ciudadanos que se veían sorprendidos por las generosidades de un crecimiento económico que parecía no tener límites ni fin. Ha sido seguramente el periodo más próspero de la historia de España y paradógicamente ha coincidido con los años en que menos se ha ahorrado. Ahorrar es acumular el excedente de nuestras ganancias. Dicho en términos más primitivos: acopiar o almacenar parte de la cosecha.

El principio del ahorro constituye – según los antiguos – una de las leyes universales que impulsan y ponen en marcha “la rueda de la abundancia”. Este principio es generador en sí mismo de riqueza y forma parte de una de las reglas de oro de la prosperidad. Que se resumen en cuatro reglas elementales: ganar, gastar, ahorrar, invertir… y así sucesivamente. Si éste “círculo” se rompe o falla tan sólo uno de sus eslabones, su energía deja de fluir.

No entraré en detalles, pero la falta de previsiones (y provisiones) explican en gran parte la situación actual. Si gestores políticos, agentes económicos y financieros, familias y consumidores hubieran tomado nota de tal evidencia, quizás otro gallo nos hubiera cantado.

 

 

 

Luis Rivero Afonso

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