‘La piel que habito’, una venganza fría

Cartél de La piel que habitoLa última pelicula de Almodóvar se caracteriza por una historia interesante para una puesta en escena que se deja llevar por los excesos de argumentación y la sensación constante de que el autor tiene la necesidad de justificar cada uno de los giros de la trama.

Cuesta meterse en la historia macabra que Almodóvar ha querido relatar en su última película inspirándose en la novela Tarántula, de Thierry Jonquet. Pero no es solo el hecho de que el argumento sea un tanto siniestro -porque desde la ficción se pueden contar historias de lo más macabras sin que haya roturas de verosimilitud- sino la insistencia del director en hacer que su historia sea creíble recurriendo para ello a herramientas que un director de la trayectoria de Almodóvar ya no debería permitirse.

En La piel que habito no cojea la historia en sí -a pesar de ser tan surrealista- sino la manera en que le llega al espectador y el modo en el que se percibe todo lo que la rodea. Y es que Almodóvar, cuando verdaderamente debe resolver la estructura del argumento parece escabullirse por la vía más fácil y tirar de recursos demasiado sencillos para una trama que requiere mecanismos que cuanto menos estén a la altura de su complejidad.

Un cirujano se obsesiona con reconstruir la piel de su esposa después de que ésta ardiera en un accidente de tráfico. Es un reto que al principio parece afectarle únicamente a él pero que hará que todo su entorno se vea salpicado por esta obsesión.

Antonio Banderas se deja arrastrar hasta los límites de la cordura en el papel de ese cirujano metódico y perfeccionista que llevará sus investigaciones al complicado terreno de la bioética. Es ahí donde aparece una fantástica Elena Anaya, convertida en muñeca de porcelana, almacenando veneno bajo ‘la piel que habita’. Porque ésta es, ante todo, una película de venganzas.

Menos creíble resulta Marisa Paredes en su papel de ama de llaves, sobre todo cuando se encarga de revelar los mayores secretos de Banderas a un interlocutor que no le merece ninguna confianza y después de una escena que no encaja en el conjunto de la película ni como licencia personal del autor.

Pero como dice un amigo, en estos tiempos de escasez de creatividad en la cartelera sería un insulto al cine no ir a ver la última película de Almodóvar que, bien sea por la genialidad de la trama, por la interpretación de Anaya o por la banda sonora de Alberto Iglesias, merece la pena darle una oportunidad.

Celina Ranz Santana

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