La piedra que desveló el mensaje de las escrituras sagradas

Piedra RosettaLa clave para entender el significado de los jeroglíficos que durante siglos habían sido estudiados por los más eruditos, se encontraba en una piedra de granodirita encontrada en la región de Al Rashid durante la Campaña de Napoleón Bonaparte contra los británicos en Egipto. La ‘Piedra de Rosetta’ era la herramienta para desentrañar los secretos de la escritura jeroglífica.

Nadie había conseguido descifrar el mensaje de la ‘escritura sagrada’ que utilizaban los egipcios. La escritura jeroglífica -término proveniente del griego hyeros, “sagrado” y glyfein, grabar-, no respondía al principio fonético de representación de la escritura, sino a un principio ideográfico, utilizado también por los sumerios, los japoneses o los chinos: cada símbolo tenía la capacidad de representar ideas o palabras completas, pero sin ningún referente, aquellos símbolos no transmitían nada.

Las respuestas a todas las preguntas que surgían en torno aquella gran civilización de la que aún quedaba en pie el recuerdo de sus anteriores glorias estaba en las ‘escrituras sagradas’ de los faraones, cuyo código no había sido aún interpretado. Pero el enfrentamiento entre la tropas británicas y las del temido Napoleón Bonaparte traería consigo uno de los mayores descubrimientos de la Historia: la Piedra de Rosetta.

En 1798 el ejército de Napoleón había ocupado y redescubierto uno de las antiguas civilizaciones más importantes del mundo. Egipto había permanecido ‘oculto’ a la mirada de Europa durante muchos siglos y el esplendor y la magnitud de sus construcciones pronto se convirtieron en un gran atractivo para los franceses, no sólo desde el punto de vista histórico y científico, sino desde la perspectiva política. Cuando en 1799 un soldado de las tropas napoleónicas descubre la Piedra de Rosetta, los investigadores franceses saben que están a punto de destapar uno de los grandes misterios del Antiguo Egipto: el contenido de sus textos. Con sus 112,3 centímetros de alto y sus 75,7 centímetros de ancho, la Piedra contenía una sabiduría milenaria, y es que iba a servir para interpretar todos los textos escritos en jeroglífico que se habían encontrado hasta entonces. Su contenido no era trascendental: según el texto griego, la Piedra narraba una sentencia del faraón Ptolomeo V, referente a la revocación de unos impuestos y a otros temas políticos de escaso interés. Y es que la particularidad de la Piedra era que el mismo texto aparecía escrito en tres códigos diferentes: antiguos jeroglíficos egipcios, egipcio demótico -escritura hiératica en la que se simplificaban los jeroglíficos- y griego antiguo. Como éste último idioma sí se conocía, sólo era cuestión de tiempo y trabajo para entender el significado de los jeroglíficos.

No se tardaron en hacer copias del contenido de la Piedra que rápidamente empezaron a circular por todo Europa, lo cual fue todo un acierto de los franceses porque, tras la derrota a manos de los británicos en 1801, éstos se hicieron con la Piedra y con todo lo que las tropas napoleónicas habían obtenido de Egipto.

Lejos de las armas, se había desatado otra guerra: desvelar el enigma de la Piedra. En el bando británico, el prestigioso humanista Thomas Young. Del lado de los franceses, un joven prometedor y experto en lenguas: Jean-Fançois Champollion.

Young y Champollion se habían ‘enredado’ en una carrera hacia la conquista del conocimiento. Pero participaban en desventaja: mientras que Young tenía acceso a la Piedra original, arrebatada a los franceses por el ejército británico, Champollion sólo tenía una de las tantas copias que se realizó de la preciado tesoro. Con todo, Champollion consiguió hacer avances muy pronto, descifrando el contenido de un pequeño conjunto de símbolos jeroglíficos ‘encapsulados’ en una especie de ‘cartuchos’ y que hacían referencia a un nombre, el del faraón Ptolomeo V. Pero aún no se sabía si los jeroglíficos eran sólo símbolos o si se correspondían con letras. Si eran o no pronunciables. Si escondían o no una clave.

Las matemáticas estuvieron en el trasfondo de estas investigaciones. Young consiguió formar grupos de signos que se repetían constantemente y trató de relacionar éstos con los términos en griego, un método que posteriormente aplicaría su rival con mayor éxito. Además, se comparó la piedra con otros muchos textos procedentes de tumbas y obeliscos que habían sido descubiertos en Egipto. De esta manera, Champollion consiguió realizar un alfabeto que finalmente permitiría ‘leer’ palabras escritas en jeroglífico.

Champollion descubrió que los jeroglíficos no eran sólo símbolos, sino que eran un lenguaje complejo que además se podía pronunciar en tanto que designaban sonidos, una opinión opuesta a la defendida hasta entonces. Pero aquel descubrimiento preocupada a la Iglesia Católica, pues si en estos textos se hablaba del ‘Diluvio Universal’ y se demostraba que la civilización egipcia existía con anterioridad y había sobrevivido a sus consecuencias, las enseñanzas de la Biblia perderían toda su credibilidad. Sólo la Iglesia podía determinar la fecha de creación del Mundo, uno de los aspectos que desde niño había obsesionado a Champollion, que se entregó por completo al estudio de las ‘sagradas escrituras’ egipcias durante toda su vida. Pero ésta ya es otra historia.

 

 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.