La paradoja del contenido y el continente

Escuchas telefónicasUna de las pocas cosas interesantes que circulaba por mi Facultad de Ciencias de Información -cuando la Información aún era una Ciencia y por lo tanto, requería de un profesional que la manejara- era la consigna de que “lo que no existe como pregunta, no existe como problema”. La frasecita, que en su momento me pareció tan pedante como el profesor que acostumbraba a utilizarla, resultó ser una píldora de liberación lenta en la parte más crítica de la conciencia, acompañada de un efecto secundario muy cercano al de la indignación. He necesitado una dosis doble de esta píldora para digerir las últimas declaraciones de Ricardo Melchior referentes a las escuchas telefónicas registradas en el “Caso Arona”. Y es que, según nuestro Presidente del Cabildo, “El que escuche, si no es un juez, debe ir a la cárcel porque está infringiendo las normas más elementales de la democracia”. Curiosa democracia de rapiña en la que si no te lanzas a por tu pedazo, te quedas sin pastel.

Parece que cuando nuestros políticos toman el cargo lo hacen entre amiguetes, sin aceituna y revuelto, no agitado, después de engominarse el pelo, ponerse el traje de los domingos y posar para la foto. De ahí en adelante cualquier acercamiento al paradigma del cargo público que detentan es mera casualidad. Y es que lo ceremonioso de la política actual ha derivado en que tomar el cargo ya no equivalga a tomar conciencia del cargo.

No conformes con esta evidente falta de compromiso –partimos de la base de que detentar un cargo público en las islas es, ante todo, una vía rápida de enriquecimiento individual-, los políticos se evaden de sus responsabilidades como tales para enzarzarse en paradojas pseudomoralistas acerca de lo que es lícito y lo que no. Y como el que pone en juego la pelota es el que decide cuando se acaba el partido, cada vez que les meten un gol alguien hace sonar el silbato para poner fin al encuentro.

Intuyo que esto fue más o menos lo sucedido en una reciente entrevista al Presidente del Cabildo, Ricardo Melchior, cuando se le preguntó acerca de las escuchas telefónicas registradas durante el proceso de investigación del “Caso Arona”, en el que más de uno ha visto salpicado su traje impecable con actuaciones de dudosa legalidad para sacar tajada de las bondades de ser funcionario. Vamos, esos tratos de favor tan comunes en nuestros ayuntamientos que hasta la Real Academia de la Lengua tiene un nombre para ello: “compadreo”.

Escuchas telefónicasComo justificar lo injustificable es complicado, a menos que se recurra a la Justicia –así de paradójico es el sistema-, el Presidente declaraba“¿Voy a ir a la cárcel si le digo a usted que un sobrino mío va a entrar en el periódico y le pregunto si me puede echar una mano? Eso no es así”.

Por supuesto que no es así, porque usted detenta un cargo público cuya función es la de servir a los intereses de los ciudadanos que, libre y democráticamente, ejercieron su derecho al voto. Y puesto que el Antiguo Régimen se abolió hace ya rato, en cuanto ocupa usted ese cargo ya no es padre, ni tío, ni hermano de nadie porque la política no entiende –o no debería entender- de lazos de consanguinidad.

Sobre la legalidad de esas escuchas, punto y aparte. Parece que los políticos, más guiados por el instinto de supervivencia que por el sentido común, ahora son también filósofos y sus palabras -como un chorro de agua con el que se lavan las manos- nos conducen a cuestiones metafísicas acerca del contenido y el continente. Probablemente haya mucho de discutible en el procedimiento por el que fueron realizadas esas escuchas telefónicas, pero no nos desviemos del tema: lo verdaderamente importante no es cómo han salido a la luz, sino lo que en ellas se dice, y cualquier intento de evadir esas pruebas no es más que una forma poco elegante de trasladar nuestra atención hacia otro asunto. Cuando la manzana está podrida, da igual que esté en un cesto, en un saco o en una bolsa de cartón. Y si el juego es sucio, todos corren el riesgo de mancharse.

Es lo que tiene la toma del cargo, que a veces a uno se le atraganta.

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Vagabundo Pérez

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