‘La noche más oscura’

La noche más oscura

Ojo por ojo con pasaporte a los Oscar.

Dicen que es la película que con mayor acierto ha reflejado lo que verdaderamente sucedió la noche en la que los norteamericanos irrumpieron en la casa en la que se escondía Bin Laden y vengaron la muerte de sus miles de fallecidos tras los atentados de las Torres Gemelas. Pero eso es demasiado suponer.

Independientemente de estos matices político-patrióticos que a duras penas serán jamás desvelados -y mucho menos por una directora de cine, por mucho renombre que tenga- La noche más oscura es una de esas películas sobrevaloradas, colocadas en la lanzadera hacia la fama gracias al apoyo de la crítica, a una buena campaña mediática y a la utilización de viejos resquemores capaces de encender nuevas llamas. En esta ocasión la del rancio patriotismo norteamericano desde una perspectiva ciertamente preocupante: la venganza.

La muerte -para muchos ‘supuesta muerte’- de Bin Laden solo podría ser narrada desde la ficción. Desde esta perspectiva se podrían dar interpretaciones tan dispares como que el propio terrorista se suicidó al verse asediado, que jamás fue encontrado en aquella casa o que los americanos se cargaron a otro tipo barbudo que se le parecía mucho. Pero pretender vendernos esta película como una ‘fiel reproducción’ de los acontecimientos es, cuanto menos, sospechoso. Y, para aumentar la duda del producto que se nos quiere ofrecer, La noche más oscura no parece querer desprenderse nunca del tono documental, algo que no sucede, por ejemplo con Argo, que parece tener más claro que el objetivo no solo es contar una historia ‘real’ sino hacerlo de manera entretenida.

Pero a Kathryn Bigelow –En tierra hostil– siempre le ha funcionado eso de buscar revulsivos con los que movilizar a la opinión pública, cosa que no está nada mal siempre que en el experimento no se pretenda anular la postura crítica del espectador y su capacidad para sacar conclusiones.

La noche más oscura es una película lenta y, en este sentido, me pregunto qué es lo que está pasando en el cine para que a todos los directores les de por hacer películas tan largas. Esa manía de querer contar en 180 minutos lo que fácilmente se puede contar en 90 es ya más una moda que un recurso justificado. Y lo peor no es que la película dure casi tres horas, sino tener la sensación de que esas tres horas se convierten en seis. Ésa si es una verdadera tortura.

Y hablando de torturas, la película de Bigelow, con su última media hora apoteósica -realmente es lo más interesante y lo único capaz de levantar el ritmo de la historia- parece justificar de alguna manera ese ‘todo vale’ que al final convierte a los buenos en malos y a los malos en unos pobres desgraciados. Para los que dicen que la película no es maniqueísta, tururú. El mensaje es claro: la obsesión de una mujer que intenta adelantarse a los movientos de Al Qaeda se convierte en una búsqueda insaciable de venganza. Y así, Jessica Chastain se pasa toda la película con la cara desencajada -porque es un personaje ‘contenido’, según dicen- saltándose a la torera el protocolo hasta lograr su cometido y quedarse en un estado entre la catarsis y el “madre mía, ¿y ahora qué hago?”.

Sinceramente, no entiendo muy bien de dónde se ha sacado esta película tantas nominaciones. Y, puestos a elegir argumentos sobre lucha antiterrorista, me quedo con la serie Homeland, probablemente más crítica con las prácticas del Gobierno norteamericano, con una heroína protagonista mucho más interesante y, sin duda alguna, mucho más entretenida.

 

 

Celina Ranz Santana

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