‘La mejor oferta’

'La mejor oferta'El arte como objeto de deseo. El amor como debilidad.

Virgil Oldman –Geoffrey Rush, El discurso del Rey– vive en un mundo dominado por la perfección. Es un hombre tan escrupuloso que no soporta el contacto físico con ningún ser humano u objeto que no sea capaz de alcanzar lo sublime. Su vida tiene sentido porque existe el arte y mientras pueda atesorar en su intimidad todos los retratos de mujer salidos del pincel de grandes artistas, no necesita nada más.

En este universo hermético se cuela, de repente, una mujer. Se trata de una joven –Sylvia Hoeks, The girl and Death–  interesada en tasar todas las obras de arte de un pequeño palacio italiano después de que su padre fallezca. Entre los dos parece surgir algo más que una relación estrictamente profesional en la que la incapacidad de interesarse por el resto del mundo se transforma en una vía de comunicación entre ambos.

La mejor oferta es una película del director italiano Giuseppe TornatoreCinema Paradiso, La desconocida– que habla sobre la pasión y el deseo como algo tangible que empieza siendo una colección de cuadros y termina convirtiéndose en una mujer de carne y hueso. Es interesante el análisis que plantea Tornatore acerca de la autenticidad como marca distintiva. La autenticidad de una persona, la autenticidad de una obra de arte, la autenticidad de un sentimiento… “Siempre hay algo de auténtico en una falsificación”, se dice en un momento de la película, y ahí está la controversia de lo que plantea el argumento, de lo que le sucede a los personajes y de un desenlace que nos deja suspendidos indefinidamente en una esperanza poco probable que desearíamos que fuera real.

Es un thriller de personajes. En realidad, de un personaje, el del viejo Oldman –un nombre que no tiene nada de casual- y su evolución. La trama nos conduce con sutileza hacia el final, sin comentarios accesorios, sin palabras de relleno. Hay que estar atento a todos los detalles porque nada es gratuito. Tornatore resuelve con elegancia el conflicto del protagonista para llevarlo hasta la madurez emocional sin advertirle de los peligros que entraña una pasión ciega. Y es así como un experto en obras de arte que lleva toda su vida pendiente de los pequeños detalles que convierten un cuadro en una joya pone en evidencia que no está preparado para sobrellevar la ceguera de un sentimiento tan difícilmente ‘tasable’ como el amor.

 

 

Celina Ranz Santana

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