Tutankamon: una maldición milenaria

TutankamonMuchos son los mitos y leyendas creados en torno a la figura de Tutankamon, el emperador egipcio, probablemente el último miembro de la Dinastía VIII que aún conservaba verdadera sangre real. Y es que sobre la tumba de este emperador, cuyo nombre se traduce como “la imagen viva de Amon”, se cierne una terrible maldición que se ha convertido en reclamo de numerosas novelas y películas desde que fuera descubierta por Howard Carter en noviembre de 1922. La muerte en extrañas circunstancias del promotor de la expedición –Carnarvon- y la desgracia que acompañó desde entonces a varios de sus miembros, convirtieron a Tutankamon en el protagonista de una de las maldiciones más sonadas de la historia.

 

Las momias en general siempre han estado acompañadas por este tipo de creencias sobrenaturales acerca de la reencarnación gracias a los rituales “mágicos” a los que eran sometidas durante los enterramientos. La herencia histórica de los pueblos que fueron ocupando los territorios egipcios y tuvieron que convivir con toda esa “cultura de la muerte” nos ha dejado multitud de leyendas acerca de maldiciones y sucesos misteriosos en todo aquello relacionado con las momias y el reino de ultratumba. La mayoría de las veces este halo misterioso responde a cuestiones sociológicas que no tienen una base sólida, y en ocasiones no fueron más que herramientas políticas y militares para la protección del la riqueza del país.
Sin embargo, cuando en noviembre de 1922 el arqueólogo británico Howard Carter descubre la tumba, una nueva ola de especulaciones se cierne sobre la expedición y sobre las extrañas circunstancias en las que fallecen algunos de sus miembros, incluido el promotor de la expedición, el conde Carnarvon. Carter se había obsesionado con la búsqueda del “joven faraón” –se cree que murió asesinado cuando tenía 19 años- cuyos restos llevaban sepultados más de tres milenios, y tras varios años de excavación al fin, el 26 de noviembre de 1922, el egiptólogo dio con la antecámara que le conduciría a la tumba de Tutankamon. Carter y su promotor, Lord Carnarvon, se quedaron impresionados con los tesoros de la cámara funeraria, las riquezas de toda una civilización. Pero con el increíble hallazgo habría de resucitar algo más que la memoria de uno de los pueblos más poderosos de la historia: la terrible maldición que recaería sobre todos aquellos que profanaran la tumba del faraón.
El primero en fallecer fue Lord Carnarvon, aquejado de una pulmonía que le había comenzado pocos días después del descubrimiento de la tumba y cuyo Howard Carter junto al sarcófagoorigen, según parece, se encontraba en la infección provocada por una picadura de mosquito. Se dice que durante meses el conde vivió en una situación de constante agonía, con unos dolores insoportables y que, cuando en El Cairo la familia conoció la noticia de su muerte, por un momento toda la ciudad quedó a oscuras.
También murió repentinamente un medio hermano del conde, Audrey Herbert, que se había trasladado a Egipto movido por el interés en el gran descubrimiento. Herbert había estado presente en el momento en el que se encontró la Gran Cripta y había visto la tumba y los tesoros que la rodeaban. A su regreso a Londres, falleció súbitamente en su casa. La misma suerte corrieron Sir Douglas Reíd –radiologista de la momia- y la secretaria de Carter. El primero murió tras su regreso a Suiza por causas desconocidas y la segunda de un ataque al corazón que provocó, a su vez, el suicidio del padre de ésta.

 

Y así, más de una veintena de casos relacionados con los descubrimientos de la tumba que se fueron registrando durante varias décadas sin que nunca se llegaran a esclarecer las causas de las circunstancias que rodearon esas accidentadas muertes. El cine y la literatura siguieron alimentando la leyenda acerca de la maldición, que alcanzó incluso a la tripulación que se encargó del traslado a Londres de las piezas encontradas para la exposición de 1972. Sin embargo, nuca se ha encontrado una prueba irrefutable que demuestre que no se trata más que de casualidades y habladurías. De hecho, el descubridor de la cripta, Howard Carter, habría de morir muchos años después y por causas absolutamente naturales.

 

 

 

 

 

 

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