‘La maldición de Roockford’

La maldición de Roockford

‘No creo que haya otro lugar en el mundo donde las personas entiendan la soledad mejor que aquí’.

Las mansiones encantadas, los fantasmas y los límites entre la realidad y los sucesos paranormales parecen no pasar de moda. Aunque la película de Nick Murphy no deja de ser un refrito entre Luces Rojas y El Orfanato –por poner tan solo dos ejemplos más cercanos en el tiempo-, lo cierto es que, sin escapar del tópico, La maldición de Roockford tiene su atractivo particular.

Para empezar, porque tiene un reparto muy bien escogido: Rebecca HallThe Town. Ciudad de ladronesDominic WestHannibal, el origen del mal– e Imelda StauntonAnother year– forman un triángulo de personajes en cuyo interior se encierra la dimensión más abstracta del argumento. Y es que, aunque los estereotipos del género no dejen de aparecer por todos lados, Murphy los utiliza con acierto para que los aspectos más innovadores del guión no pasen inadvertidos.

Ése sería el segundo punto fuerte de la película, a la que hicieron flaco favor con la traducción ya que The Awakening –El Despertar- estaba más que bien. Y es que no deja de ser eso: un despertar. Pero no de un sueño –o de una pesadilla, según se mire-, sino el despertar de la vida misma, de aquello que nos mantenía engañados o de lo que más terror nos daba. Y en ese espacio reservado para el miedo y los fantasmas es donde cada uno de los personajes esconde su mayor temor: la soledad. Como dice la protagonista, “Dejar de verlos no es lo mismo que olvidarlos”, y es que superar el miedo no es tanto dejar espacios vacíos como cambiar unos recuerdos por otros.

Entre lo que quieren recordar y lo que recuerdan, los personajes de The Awakening viven en una especie de limbo existencial, a la espera de encontrar el perdón que les saque de su soledad. Y, si bien se juega mucho con el recurso de no saber si están vivos o muertos –otro topicazo, pero en su justa medida- lo cierto es que, se mire por donde se mire, es tanto el sufrimiento que arrastran estos personajes que no parecen ser ellos mismos sino sus fantasmas.

Por último, destacaría otros tres aspectos: por un lado, la banda sonora, de Daniel Pemberton, sin la que sería imposible generar el ambiente de intriga en el que se desarrolla la trama. Por otro lado, que la película nos sitúe en una época –hacia 1920- en la que se hace complicado imaginar cómo pueden llevarse a cabo estudios parapsicológicos desde un punto de vista estrictamente científico, con métodos y aparatos muy originales. Y por último, la riqueza visual de determinadas secuencias que introducen al espectador en el laberinto de la mente con la destreza suficiente como para no solo generar tensión, sino para darle sentido a esa dimensión que parece estar fuera del alcance de los sentidos.

 

 

Celina Rana Santana

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