La lluvia que no moja

Lluvia de codornicesNi agua, ni granizo, ni nieve. Lo que cayó desde el cielo madrileño el 7 de septiembre de 1907 fueron… codornices. Una lluvia muy particular que muchos entendieron como un mal augurio pero que, sin embargo, tuvo una explicación mucho más racional.

Los paraguas no sirvieron para mucho aquel 7 de septiembre de 1907 en el que el cielo de Madrid, concretamente por la zona de la Plaza de Oriente -frente al Palacio Real- empezó a descargar codornices. Sí, esas aves un poco feas pero muy sabrosas que son el ingrediente imprescindible en un sinfín de recetas. Los testigos que presenciaron este acontecimiento llegaron a decir que miles de aves colisionaban contra el pavimento de la Plaza de Oriente. Se cree que no fueron ‘miles’ pero sí algunos cientos y, en cualquier caso, más de lo suficiente para que los vecinos de la capital se quedaran de piedra.

No tardó en circular el rumor de que aquel acontecimiento era el augurio de un período funesto, como el iniciado por ‘Las diez plagas de Egipto’. Con todo, no era algo estrictamente ‘novedoso’. Años antes ya se había producido algo similar en ciudades como Bilbao y Valencia. Y también habían llovido ‘cosas’ peores en EE.UU -como las serpientes de Memphis- o en Canadá -como los mejillones de Montreal-. Y eso por no hablar de que en varias partes del mundo ya se había oído hablar de las extrañas lluvias de ranas.

El caso es que, por raro que resulte, estos fenómenos meteorológicos tienen una explicación -que no deja de ser sorprendente, pero que al menos tiene una base científica demostrada-. Antes de la lluvia de codornices de Madrid se había producido un tornado -no se sabe exactamente dónde, pero pudo haber sido a muchos kilómetros de la Plaza de Oriente-. La fuerza del aire había ‘atrapado’ a las pobres codornices -tal vez en la tierra, en un árbol o en pleno vuelo- y las había arrastrado hasta esta céntrica zona madrileña. Al cesar ese efecto de centrifugado, las aves fueron cayendo del cielo como gotas de lluvia.

Los más alarmistas se encerraron en sus casas creyendo que se avecinaba el fin del mundo. Pero los más avispados seguro que dieron buena cuenta de aquellos manjares caídos del cielo para que, al menos el fin del mundo les pillara bien cenados.

 

 

 

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