La isla interior

La isla interiorLa compañía no funciona cuando es el agrupamiento de varias soledades. Como seres sociales, deseamos que nuestras compañías tengan el sentido pleno del término, que nos hagan olvidar el desamparo propio que conlleva el ser… humano.

En una época en que se hace un número enorme de películas, demasiadas que no nos llegan, demasiadas destinadas al ostracismo de alguna lejana sala donde sólo unos pocos pseudo-bohemios pagan su entrada en busca de una experiencia cool, en una época en la que se desperdicia tanto dorado tiempo en pro de grabar y enlazar imágenes absurdas, resulta una grata sorpresa toparse a oscuras con una experiencia fílmica cuando menos, digna.

Si tuviera que destacar algún elemento de La isla interior, la última película de los canarios , sería el buen pulso con el que han rodado esta historia. La cadencia, el tempo justo y necesario que le dedican a cada uno de los planos que conforman la amalgama de sinsabores que es esta cinta. Una cadencia que está claramente determinada por un guión que puede que no sea redondo, pero casi.

Entre el cine indie y un tono almodovariano, los directores nos conducen sin pausa pero sin prisa por los entresijos emocionales de una familia compuesta por tres hermanos con grandes déficit emocionales y unos padres responsables a su pesar de tales taras vitales. La historia se va revelando poco a poco, sin forzar, fluyendo con gran naturalidad desde el comienzo hasta su resolución. Me ha dado la impresión de estar escrita con gran paciencia, con cariño, sin prisa. Cine que no es de encargo, escrito a mano, borrando con la goma una coma aquí, una falta allá.

Pero, como he dicho, no creo que sea una historia redonda. No es que tenga demasiadas trabas que ponerle y quizás las que tengo son refutables pero tengo la impresión de que han sacrificado cierta verosimilitud en pro de conseguir el objetivo mayor que se habían planteado. Esta falta de credibilidad, a mi juicio, reside en que las enfermedades mentales de dos de los hermanos no parecen justificadas por la endeble arquitectura emocional que han construido sus padres. Parecen colocadas desde fuera, como tratando de conseguir un tono para la historia con aire de melodrama un tanto impostado. E incluso, en alguna ocasión, con el objeto de sacar alguna risa. Para ser neurótico obsesivo-compulsivo no hace falta provenir de una familia desastrosa. Y lo mismo con lo que le ocurre al personaje de Cristina Marcos, que no voy a desvelar porque quiero que vean la película.

Además del perfecto tempo con el que está escrita y rodada la película, otro de los grandes aciertos es el reparto. Los actores están completamente inmersos en sus papeles, creyéndose en todo momento el rol que han decidido asumir. Y esto de los actores se suele olvidar con mucha facilidad que no es sólo obra de ellos sino que, en unas ocasiones más que en otras, la responsabilidad es compartida por los directores. Así que estamos hablando aquí de una estupenda dirección actoral.

Una de cal y una de arena. Como siempre, a riesgo de repetir mi inseguridad, diré que, siendo tremendamente subjetivo, debo poner una traba más a esta historia que no por ello, no deba llevar la cabeza bien alta. A pesar de tener un final perfecto, cosa que admiro especialmente por la enorme dificultad que entraña resolver sobre todo determinas historias, al salir de la sala he tenido cierta impresión de no saber muy bien a dónde me conducía lo allí expuesto. Es decir, no sé cuál es la idea central, el mensaje vital, más allá de lo fílmico, que aparecería tras rascar la pintura de una película. Quizás no lo haya, quizás no lo hayan pretendido, quizás es simplemente una mera experiencia fílmica, que es algo loable en sí. Quizás no y yo he estado poco fino.

Una película que no es redonda, digamos que tiene forma de huevo, lo que es casi un círculo. Y eso no está nada mal.

 

 

 

Alberto García

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