‘La invitación’

La invitacion

La invitacion

Lo verdaderamente inquietante es que esta película haya tenido tanto éxito

A los diez minutos de película ya tenía claro que no me iba a gustar La invitación, pero intenté convencerme de que todavía había mucho metraje por delante y las cosas podían cambiar para bien. No fue así: la película no es que vaya de mal en peor, es que no va a ninguna parte.

Cuando veo una película de este tipo me gusta leer las críticas de los expertos en la materia para cerciorarme de que no me he perdido nada relevante, acaso concentrada en alguna palomita más salada que el resto o en una de esas pielecillas que acostumbran a clavarse en las encías mientras las comes. Mi sorpresa fue mayor: la crítica y yo habíamos visto dos películas totalmente distintas.

La invitación a ponerse estupendos

Leí de todo y nada me convenció. A veces me pregunto por qué algunas películas se analizan desde una perspectiva metafísica inaccesible para el público mediocre como yo y por qué otras en cambio, tachadas de comerciales, se quedan sin derecho a este análisis. Yo escribo y sé cómo las palabras pueden respaldar un timo para hacerlo parecer algo extraordinario. Las palabras maquillan y engañan y pueden contar lo que les de la gana, pero que todo sea susceptible de convertirse en una obra de arte no hace más real esa transformación.

En mi mediocre opinión, La invitación no es una obra de arte y está muy lejos de serlo. Es una película que aburre antes incluso de que se te hayan acabado las palomitas, que para mí ya es toda una señal de fracaso. Los últimos veinte minutos son más animados pero no sorprenden por lo que acontece sino por el hecho en sí de que al fin está sucediendo algo.

Pero cuidado, porque los críticos han dicho que se trata de una película profunda, de esas en las que la profundidad se mide por la cantidad de ruiditos anómalos que se introducen en la banda sonora, las escenas que no conducen a nada y el sentimiento de ‘No me gusta esta película porque mi nivel intelectual no está a la altura de tanto mensaje profundo’. A todos esos que confunden la profundidad con la lentitud, la inverosimilitud y el elitismo cinematográfico les diré, sin pelos en la lengua, que esta película es un truñaco.

¿De qué va este tostón?

La temática de la película es algo así como la superación del dolor y de la pérdida, solo que contada por un grupo de amigos lo suficientemente modernos como para tener actitudes que, a pesar de ser de lo más extrañas, a nadie parece sorprender.

A nadie excepto al protagonista que, aunque es uno de los más tronados, es el que más se mosquea con el extraño comportamiento de sus anfitriones. Aún así, los canapés de palitos de cangrejo o el vino de garrafón deben de estar muy buenos porque aunque los personajes son capaces de debatir temas tan intensos como el sufrimiento, la pérdida y la muerte, ninguno es capaz de plantearse ‘¿Qué narices estoy haciendo en esta casa de tarados?’.

Y ahí están, reunidos durante más de una hora en una velada muy extraña que según la invitación que reciben es una manera de celebrar el regreso de dos viejos amigos, desaparecidos desde hace algo más de dos años después de que se fueran a México a superar el duelo de la muerte del hijo de uno de ellos. El otro progenitor es uno de los invitados, ése que desde que atraviesa el umbral de la puerta ya piensa ‘Uy, aquí pasa algo raro’.

El final, catártico. De esos pensados para que el espectador diga ‘Ohhhhh’ y la hora y media de película quede justificada, especialmente la primera escena, que la han plantado ahí para que, si eres lo suficientemente listo, encuentres la conexión metafórica que existe entre ésta y el conjunto de la película. Si te gusta entretenerte buscando sentido y magnificencia en las cosas que no las tienen, La invitación es una película que te va a encantar. Si prefieres el cine que además emocionar, enseñar y entretener es capaz de remover conciencias sin limitarse a una minoría selecta de público estupendo, vete a ver otra cosa.

Celina Ranz Santana

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