La habitación del hijo

La habitación del hijoEn unos tiempos en los que hay fácil accesibilidad a las potentes cámaras digitales, a los software especializados en edición y post-producción y todo el mundo lucha por conseguir la mejor factura cinematográfica, queda de nuevo patente que la diferencia no la marca la técnica. La calidad, la excelencia, reside en contar bien una buena historia.

He visto otra de mis películas pendientes, La habitación del hijo, del director y guionista italiano Nani Moretti. Se trata de una de esas películas de las que es fácil hacer una sinopsis, dada la simplicidad de su argumento: Un hombre y su familia sufren la pérdida de uno de sus hijos y han de enfrentarse a ello porque la vida continúa. Una historia bien sencilla pero en la que está contenida todo el sentido del universo.

Rodada con una increíble elegancia, la historia se desarrolla bajo la óptica de Moretti como un tema musical de carácter intimista y minimalista. Como una buena melodía, la película no alecciona moralmente, no da respuestas. Simplemente nos invita a entrar en la vida de unos personajes aquejados por el dolor más grande imaginable, la pérdida de un hijo. Creo que es importante entender que el buen cine de personajes es aquel que respeta a éstos, que no les impone ideas y actitudes y valores que van más allá de su propia identidad. Personajes que no están sujetos y condicionados por ideas mayores que se tratan de transmitir como mensaje global. Los personajes creados por los autores son los que son, con sus grandezas y sus miserias, con sus claroscuros. Y son ellos los que actúan, los que reaccionan, los que sufren. Nosotros como espectadores no podemos hacer otra cosa que tratar de comprenderlos y no podemos evitar empatizar con ellos y su dolor. El juzgarlos o no ya es cosa de cada cual pero al menos tales personajes no deben nacer juzgados, porque eso a lo único que conduce es a la manipulación del espectador. Y esa es precisamente una de las grandezas de este film, la habilidad de los guionistas para escuchar a los personajes, para dejarles decidir a ellos cómo afrontar una de las situaciones más terribles que se puede dar en la existencia humana.

Por supuesto la película nos dice cosas, si no no sería una obra de arte (me atrevería a decir que si no es una obra maestra, lo parece) pero se trata más bien de sugerencias, de una invitación a reflexionar sobre nuestra propia identidad, sobre nuestra fragilidad y sobre los mecanismos culturales que nos han podido llevar a sentimientos como el del sentimiento de culpa. Siempre he creído que la raza humana viene con defectos de fábrica, que nunca seremos capaces de resolver y en muchos casos ni siquiera afrontar mínimamente determinadas circunstancias vitales. Es decir, no hay respuestas.

Hace algún tiempo vi en Youtube una entrevista de Alejandro Jodorowski al fotógrafo Alberto García-Alix. En ella, saltándose con gracia los cánones de la entrevista clásica, el psico-mago le contaba al fotógrafo cómo fue el duelo de su hijo. Cuando sufrió su pérdida, inmerso en el infierno del dolor y queriendo encontrar respuestas para poder salir de él, alguien (creo que fue un chamán, pero el dato no lo recuerdo con exactitud) le dijo que lo mejor que podía hacer era ser consciente de que debía vivir ese duelo, que no había respuestas, no había válvula de escape, debía sufrir. Porque eso era lo que le tocaba. Y Jodorowski sufrió. Pero aquel sufrimiento, esa vivencia terrible e incomparable le sirvió para poder salir adelante con su vida, le dejó, imagino, libertad emocional y resistencia para poder afrontar el resto de su vida con algo de entereza y dignidad.

Quizás por mi tendencia al relativismo y al existencialismo me resulta sorprendente contemplar una sociedad, la nuestra, empeñada en creer que para todo hay respuesta. En un lado o en otro, en la derecha o en la izquierda, en la fe o en el ateísmo. Siempre tenemos que tener una certeza que nos sirva de vara de medir nuestro mundo. Pero a veces no la hay. La vida es cíclica, ondulante y caprichosa. Y a veces toca reír y a veces sufrir.

La cámara de Moretti se mueve con frecuencia en la película en plano secuencia y lo menos que supone ese movimiento es un alarde técnico. Esa cámara se mueve con esa suavidad y elegancia porque está acompañando a su protagonista en su día a día, en sus acciones cotidianas que convierten al personaje en uno más del conjunto de los mortales. Moretti hace un ejercicio impecable de dirección, manejando con destreza todos los mecanismos del lenguaje cinematográfico: la puesta en escena, el sonido, la música, el diálogo. Todo ello está preñado de sentido y de profundo respeto tanto hacia sus personajes como hacia el espectador. Y todo ellos sin artificios, sin trucajes modernos, sin una fotografía fanfarrona ni ejercicios gratuitos de estilo.

 

 

Alberto García

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