La guerra, un negocio incoherente

 

Gadafi con ZapateroPor lo visto, ahora las armas no matan. Debe de ser que los gobiernos socialistas sólo disparan pistolas de agua y ‘limpian’ de esta manera los grandes destrozos de la Humanidad. Pero yo sigo viendo sangre. Y sigo viendo bombas. Y sigo oliendo a muerte. Y sigo pensando que esto es una guerra.

No me apetece opinar sobre la necesidad de intervención militar en aquellos países en los que un líder político se dedica a masacrar a la población. Supongo que la política internacional es mucho más compleja que hablar de ‘buenos’ y ‘malos’, y que el complejo paternalista -y extremadamente selectivo- de los que se hacen llamar aliados -aunque cada uno intente barrer para su casa-, puede llegar a tener tanto de absurdo como de necesario.

Pero eso de que la guerra es una herramienta para restablecer el equilibrio del mundo, para devolver la libertad a un pueblo o para conquistar el bienestar general, no es más que una patraña y en función de quién la diga tiene mayor o menor credibilidad.

La guerra siempre ha sido un negocio. No creerán que el ‘rapto’ de una mujer llamada Helena desencadenó un conflicto de diez años entre aqueos y troyanos. Troya controlaba el comercio marítimo entre el Egeo y el Mar Negro y de alguna manera había limitado el flujo de oro y estaño, dos materiales necesarios para la fabricación de armas. Helena fue la excusa perfecta para que los aqueos le declararan la guerra a Troya y acabaran con la supremacía comercial de la ciudad. ¿Le suena la historia? Ahora las guerras tienen mucho menos de romanticismo y las Helenas de Troya se han convertido en petróleo y el petróleo en dinero y el dinero en poder. Pero, al fin y al cabo, es más de lo mismo.

El año pasado, España vendió a Libia armas por valor de 7,8 millones de euros, según se ha hecho constar en un informe elaborado por el Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH). Además, la familia Gadafi veraneó más de una vez en Málaga, montando allí sus propios chiringuitos o adquiriendo propiedades multimillonarias de un lujo insultante. Por entonces, poco importaban los tejemanejes de este personaje en su propio país. Un lugar que no se ha convertido en noticia hasta que no ha empezado a correr la sangre, pero que desde hace décadas ya tenía sus más y sus menos.

De un día para otro la cosa se puso fea y Gadafi se convirtió en el malo malísimo de la película, en el sanguinario dictador al que no le importa acabar con todos los habitantes de su país mientras él se mantenga en el poder. Un cambio radical incluso para un personaje tan peculiar. En cualquier caso, parece ser que Gadafi es ‘malo’ desde hace unas semanas, cuando decidió exterminar a cualquiera que se atreviera a manifestarse en contra del régimen que ha impuesto durante más de cuarenta años. Y la historia me suena. Me suena a algo reciente. A arena del desierto. A banderas ondeando por la libertad. A una espera de tres décadas por un referéndum que no llega. A disparos. A muerte.

Y me suena a otras historias. A las de unas supuestas armas de destrucción masiva. A la de una invasión ‘por la cara’ que derrocó a un dictador y dejó sumido a un país en una interminable guerra civil. E incluso a la de una ‘limpieza étnica’ con una más que cuestionable intervención de las fuerzas internacionales.

Algunos conflictos parecen pillar a nuestros políticos durmiendo, porque pasan inadvertidos o se vuelven rutinas informativas que dejan de interesar a nadie. En otras ocasiones, sin embargo, se ponen las pilas y el sentimiento de ‘urgencia’ parece justificarlo todo. Y a veces, resulta que hay guerras más legales que otras, como si los litros de sangre derramada también pudieran someterse a un estricto control burocrático.

La intervención militar en Libia es ‘legal’ y ‘humanitaria’, ni remotamente comparable a lo que sucedió con la Guerra de Irak, ideada por políticos conservadores que enviaron a sus sanguinarias tropas a un territorio en el que reinaba la paz y la armonía. Ahora es un socialista -más bien un ‘socio listo’- el que nos vende la moto de un nuevo conflicto armado -llámese guerra, llámese carnaval-, del que podrán hacer un listado de infinitas diferencias con respecto a la intervención en Irak -todas ellas cuestionables-, pero del que no saldrán sin la corbata salpicada de sangre.

Y me da rabia, sí, mucha rabia. Me da rabia que a veces las guerras estén justificadas y a veces no. Me da rabia que utilicen eufemismos para hablar de muertes. Me da rabia que la ‘Guerra de Zapatero’ sea menos grave que la ‘Guerra de Aznar’. Me da rabia que los ‘socios listos’ de nuestro actual Gobierno no salgan a la calle a manifestarse. Y me da rabia que a veces seamos tan inteligentes para saber que nos están tomando el pelo y que a veces nos creamos las etiquetas que le ponen a la realidad.

Pero esto es guerra. A veces sí y, a veces, también.

http://vagabundoperez.blogspot.com/

Vagabundo Pérez

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