La entropía de la huelga

Huelga en FranciaHace algunos años fui por primera vez a la ópera. Era verano y en la Arena de Verona se representaba Nabucco, de Verdi. De entre todo lo que podría haberme impresionado aquella noche, no fue el centenar de actores cantando a coro sobre el escenario. Tampoco fueron los cientos de velas encendidas que invadían las gradas, ni la luna llena, ni el hecho de que aquella fuera mi primera ópera. Me impresionó el silencio, la calma, la plenitud de aquel vacío compartido por cientos de personas. Me sorprendió el mensaje de aquel instante en el que todo había enmudecido.

Cada día que pasa, soporto menos a la gente. No a estos ni a aquellos en particular. Soy solidario en mi antipatía y tengo para todos. Nos hemos vuelto maleducados, criticones, ruidosos, lloricas, estúpidos… Hemos reducido las libertades modernas a un cliché de las luchas que otros protagonizaron, en otro tiempo, en otro momento, en otro contexto. Y no me gusta que el “aquí y ahora” se convierta en una réplica barata del “allí y entonces”.

Partiendo de esta base, me gustaría felicitar a nuestros vecinos franceses porque, una vez más, han demostrado que a la hora de luchar contra las injusticias, nos siguen llevando ventaja. En lo que los españoles hemos tardado en convocar una huelga general de dudosa repercusión, ellos ya van por nueve jornadas de paro en lo que va de año, y desde el pasado 12 de octubre son varios sectores de la economía y de la sociedad los que renuevan sus votos de fidelidad con estas movilizaciones prácticamente cada 24 horas. Los franceses no están satisfechos y han sabido ingeniárselas para llevar a cabo huelga compleja y masiva que, con todo, no parece haber hecho que el Gobierno de Sarkozy cambie de opinión -al menos por el momento-.

Pero en los medios de comunicación esta información queda emborronada por incidentes puntuales -y no por ello menos importantes- provocados por ese estilo de manifestante tan común que, en mitad del barullo, aprovecha para hacer el gamberro. Y entonces me da por pensar en aquella noche de ópera en la que sólo me hizo falta el silencio para sentir la verdadera conexión entre todos los que estábamos en las gradas.

Me da pena que los políticos aprovechen esas imágenes para engañar a los ciudadanos proyectando una visión siempre negativa acerca de todo lo que suponga una movilización social masiva. Porque la masa es peligrosa en la medida en que los medios de comunicación tienden a homogeneizarla, dejando que esa idea se arraigue en la conciencia colectiva. Los que salen a la calle asumen su papel de masa y los que al otro lado del televisor sólo somos espectadores de esa realidad, dejamos que nuestra atención se desvíe hacia los coches quemados, los heridos, las pintadas y los cuatro macarras que salen a la calle para hacer de las suyas porque creen que alzar la voz es gritar sin sentido y que manifestarse es quemar un cubo de basura. Ya está, ya nos han engañado otra vez.

Les servimos en bandeja el titular: los vándalos invaden las calles de Francia. Si fuéramos un poco más inteligentes, deberíamos enfadarnos, enfadarnos de verdad y decir “hasta aquí hemos llegado”. Demostrar que la masa puede ser la suma de múltiples individualidades, cada una de ellas con sus características particulares, pero capaces de avanzar en una misma dirección. Deberíamos ofendernos cuando un grupo de niñatos quema un coche que está aparcado en la calle o destroza la cristalera de una sucursal bancaria. Porque entre tanto ruido es imposible que se oiga el mensaje. Porque la rabia no son cristales rotos en el suelo, ni cubos de basura calcinados, ni polis pegando palos, ni piquetes, ni estudiantes exaltados, ni la memoria del “allí y entonces”. La rabia son las calles atestadas de ciudadanos cansados, enfadados, indignados e insatisfechos, capaces de detener el mundo en un silencio compartido en el que cabe todo lo que tienen que decir.

vagabundoperez.blogspot.com

Vagabundo Pérez

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