‘La delicadeza’

La delicadezaRedecorar las paredes del alma.

Cuando Nathalie –Audrey Tatou, Amelie- pierde al amor de su vida, una persona con la que existía una complicidad construida tras toda una vida compartiendo sueños, parece complicado volver a enamorarse. El mundo se vuelve banal y quienes lo habitan son solo seres vulgares a los que no merece la pena ni ponerles nombre porque están condenados al anonimato de las cosas que han perdido todo interés.

Éste es el panorama con el que se encuentra la protagonista de la novela escrita por David Foenkinos y adaptada al cine en colaboración con su hermano Stéphane. La delicadeza es conocida en Francia como ‘la novela de los diez premios’ y ha sido un éxito tanto para la crítica como para los lectores –más de 700.000 ejemplares vendidos y traducción a 21 idiomas-. A falta de haber leído esta exitosa obra –que, en cualquier caso, no siempre es sinónimo de calidad- me ciño a la definición que los Foenkinos dan de su adaptación cinematográfica: se trata de una película ‘driste’, es decir, una película divertida y triste al mismo tiempo, en el marco de esas comedias románticas para el que los directores de La delicadeza han acuñado otro término: el ‘dramedy’ –del inglés ‘drama’ y ‘comedy’-.

Con la fama que arrastraba la versión literaria de esta historia, todo hacía presagiar que también los espectadores la recibirían con los brazos abiertos en las salas de cine. Y es cierto, La delicadeza es una película-poema, con pequeños detalles que exaltan la genuina personalidad de su protagonista –aunque cada vez nos resulte más difícil saber quién es Tatou y quién Amélie-, pero que al fin y al cabo hablan de un tema tan común como que el amor puede estar en cualquier lugar y aparecer cuando menos te lo esperas.

La particularidad de esta historia, coprotagonizada por François Damiens –Nada que declarar-, es que ese reencuentro con el amor que, tras la pérdida y la pena, debería ser una gran noticia para los que rodean a Nathalie, no parece terminar de encajar. El desaliñado personaje de Damiens -extraño al principio pero que termina despertando una gran ternura- no convence a los amigos y familiares de la protagonista, que si antes  tuvo que luchar para sobreponerse de la pérdida, ahora se enfrenta a la hostilidad de un mundo que no está dispuesto a dejarla olvidar tan fácilmente.

La clave en la evolución de los protagonistas es, precisamente, la delicadeza con la que el nuevo amor tiene que instalarse en los resquicios de una relación anterior para echar raíces allí donde aún es posible que surjan nuevos brotes. La secuencia final resume con acierto el camino que han tenido que recorrer los dos hasta llegar al punto en el que están. Un camino que, en cierto sentido, ha sido como empapelar las paredes del alma sin necesidad de arrancar la decoración anterior porque, en las historias de amor como ésta, los sentimientos no se excluyen, sino que se superponen.

Celina Ranz Santana

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