‘La dama de hierro’, el pensamiento que nos da forma

La dama de hierroMeryl Streep irradia fuerza y personalidad al meterse en la piel de Margaret Thatcher en una película que no pretende enjuiciar al personaje histórico sino narrar de forma cinematográfica en qué medida hizo historia.

Analítica, calculadora, inteligente… La emoción que transmite Meryl Streep (La Duda, Mamma Mia!) interpretando el papel de la primera ministra británica siempre está conectada con la parte racional. Por eso son emociones a medias, porque a pesar de la pasión que el personaje imprime en cada una de sus decisiones, la contundencia con la que esta mujer defiende sus opiniones poco tiene que ver con la parte sensible del ser humano. Thatcher es solo conciencia -aunque ésta sea a veces producto de la inconsciencia- y Meryl Streep es un retrato privilegiado de esa personalidad sólida e impermeable.

“Es el pensamiento lo que nos da forma”, asegura la protagonista en uno de los momentos de la película. Y es algo que Streep asume desde el primer instante de su interpretación para presentarnos a un personaje extremadamente comedido que ni siquiera en los momentos de mayor tensión emocional se doblega ante la banalidad de los sentimientos.

No es solo el sorprendente parecido físico entre la actriz y el personaje –facciones, peinado, mirada, forma de moverse…-, es la forma en la que Phyllida Lloyd (Mamma Mia!) ha sabido exprimir el talento de Meryl Streep para dar a conocer –sin entrar en juicios morales o partidistas- la trayectoria de una mujer que, con sus más y sus menos, se convirtió en todo un hito de la historia política mundial.

Para ello, la cineasta británica utiliza una ‘artimaña’ cinematográfica muy efectiva que permite al espectador ir viajando entre el pasado y el presente de la vida de Thatcher sin que esta trayectoria resulte tediosa. Cierto es que tampoco se entra mucho en detalles, porque no es una película estrictamente documental. Sin embargo, en ese ir y venir constante de los recuerdos de la primera ministra británica se profundiza no tanto en el hecho y en las acciones como en la forma en la que se llevaron a cabo: no es una película histórica sino sobre una mujer que hizo historia, por lo que no se pierde de vista que el interés, en todo momento, está en cómo evoluciona –o en cómo se estanca- el personaje, y no tanto en el devenir de los acontecimientos, que parecen una consecuencia necesaria de las inamovibles convicciones de Thatcher.

Jim Broadbent (Another Year, Corazón de tinta) en el papel de esposo de Thatcher es el contrapunto desenfadado que necesita la película para que ésta no se convierta en una mera sucesión de datos. En este sentido, Broadbent es el ‘alma’ de La dama de hierro,  su conexión con una realidad mucho más humanizada de la que es capaz de asimilar la protagonista.

Porque, en definitiva, y por encima de aspectos políticos, simpatías o antipatías ideológicas y cuestiones morales, La dama de hierro es una película sobre cómo vencer la soledad de lo rutinario después de haber estado en lo más alto.

 

 

Celina Ranz Santana

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