La conspiración del silencio

August StrindbergLa genialidad de muchos autores rozaba la locura hasta el punto de convertirlos en víctimas de extrañas conspiraciones. En escritores como Strindberg, Hölderling o Artaud, el ego y la paranoia derivaron en auténticos delirios de grandeza en los que los autores se creían víctimas de oscuros intereses.

August Strindberg, escritor sueco, estaba covencido de que unos seres imposibles de identificar se habían empeñado en hacerle la vida imposible. Estos “espíritus” confabulaban a sus espaldas mientras el dramaturgo intentaba sacar adelante su obra -si no sus experimentos en el campo de la alquimia, otra de sus obsesiones- y le obligaron a cambiar de domicilio en numerosas ocasiones porque en ninguna casa lograba sentirse a salvo de sus planes maléficos.

No menos complicado lo tuvo el poeta alemán Hölderling, aunque éste ideó un plan para escabullirse de los terribles espíritus que le atormentaban. Para que estos no fueran capaces de descifrar sus intenciones y le dejaran en paz, el poeta creó un lenguaje propio que le permitía hablar consigo mismo sin que nadie más pudiera interpretar lo que decía. Así, Hölderling pasaba horas enzarzado en sus conversaciones íntimas hasta tal punto que sufrió una especie de desdoblamiento de personalidad en la que el escritor llegó a declarar que en ocasiones le costaba recordar su verdadero nombre.

Su lenguaje secreto lo convirtió en parte en un loco y en parte en un visionario capaz de mantener su genialidad a buen recaudo y protegida de cualquier “invasión” externa. En esta línea, Antonin Artaud dio un paso más allá en lo que a manías persecutoria se refiere, e inmerso en una crisis psicótica, decidió confiar su seguridad a un junco que, según el escritor, estaba dotado de propiedades mágicas capaces de ofrecerle la protección que necesitaba. Hasta tal punto llevó estas creencias que se olvidó del mundo y de la escritura, a pesar de que en varias ocasiones fue sometido a tratamientos de electrochoque por petición de sus amigos y familiares, para que recuperara el apetito literario. Seis años pasó el escritor deambulando por diferentes psiquiátricos hasta recuperar una relativa cordura que le permitió seguir adelante con su carrera literaria, pasando por numerosas crisis de personalidad.

Estos son sólo tres ejemplo de los muchos escritores que, cegados por su genialidad y sus delirios de grandeza sucumbieron a la realidad que sólo existía en sus subconscientes, transformándolas en algo tan real como insoportable.

 

 

 

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