La apariencia, un asunto espinoso

Marilyn MonroeEstoy ante el papel en blanco (lo de “papel” es un decir) decidiendo sobre qué película o tema relacionado con el cine escribir porque últimamente no he tenido muchas ganas ni tiempo de ver películas, así que me debato entre una comedia británica de hace cuatro años, un drama sur-coreano de hace ocho y el descubrimiento de cómo era realmente el mayor mito cinematográfico de la historia muerto hace ya cuarenta y ocho años.

La comedia (romántica) es Cashback, que es de hace cuatro años pero que yo no vi hasta ayer, la sur-coreana es Oasis, que la vi hace unos cuantos meses y el mito cinematográfico es, cómo no, Marilyn Monroe, nacida como Norma Jean Baker. Todo esto es cine y sin embargo, que poco tiene que ver entre sí. Si hay alguna relación entre todos estos elementos cinematográficos, un nexo común, quizá sea el asunto de la apariencia, uno de los temas sin duda más significativos de nuestra identidad social y por extensión, de la identidad de las películas. Y de los mitos.

Una de las mejores enseñanzas de mis viejos cuando era niño fue la de que no aparentara ser quien no soy, alertándome contra todos aquellos que van por la vida disfrazados de una piel que juzgan con mejor aspecto y de mayor valía que la propia. Una falsa epidermis que les permite transmitir eso que consideran el prestigio social, ligado como se imaginarán, al tema del dinero. No importa lo que seas, importa lo que aparentas.

¿Qué tiene que ver esto con Cashback, con Oasis y con Marilyn Monroe? Pues mucho. La primera, si bien es una película bastante decente, cuyo arranque me entusiasmó porque hablaba con sinceridad e inteligencia de lo que supone para un joven una ruptura amorosa, se desinfla al no tener doble capa en su posterior desarrollo, siendo todo el tiempo (aunque no lo pretenda) exactamente lo que vemos. No tiene más capas, no hay dónde rascar y eso en el arte es un problema. Vamos, que es lo que diferencia a Las Meninas de un cuadro de flores decorativo. La película se quiere vender a sí misma mediante un artificio visual y tecnológico que la viste de algo que no es. Pues no es otra cosa que una comedia romántica más. Un buen entretenimiento.

Oasis, la película de Lee-Chang Dong, es otra cosa. Porque aquí se produce una fascinante reflexión no sólo sobre nuestra identidad social sino que es además un curioso juego sobre lo que ha significado desde tiempos casi inmemoriales el género de la comedia romántica. Porque no deja de ser una comedia romántica pero a la que se le ha dado la vuelta, me refiero a que se le ha dado la vuelta a la comedia romántica tal y como la teníamos establecida en nuestra mente. No son George Clooney y Julia Roberts los que luchan por su amor, no son Jennifer López y Orlando Bloom, no son Pitt ni Jolie. Se trata nada más y nada menos que de un retrasado y de una paralítica cerebral. Quizás alguno esté pensando en este momento “ya está, otra de esas películas que gustan tanto en los festivales, otro de esos coñazos inaguantables y pseudo-intelectuales”. Bien, nada de eso. Sé que incluso puede parecer de risa si no fuera porque no queremos reírnos de estas cosas las personas decentes. Un retardado y una paralítica cerebral. Sí. Y con estos dos personajes Lee-Chang Dong creó una de las películas más hermosas y más intensas que probablemente se hayan hecho. No renuncia a la poesía visual, no nos manipula con verborrea gratuita teñida de discursito social. Nos dice a la cara quiénes somos sin renunciar al compromiso total, íntegro y sin concesiones con sus dos protagonistas. Porque es una película, no un ensayo. Hay una trama clara que se puede seguir sin ningún esfuerzo. Y es una patada en los cojones al buenismo romántico importado de California. Es meta-cine que no va de meta-cine.

Y por último, Marilyn. Acabo de leer un interesantísimo artículo en una revista sobre unos textos de la actriz que van a ser publicados. Se trata de poemas y escritos que la rubia escribía en su más honda soledad y que reflejan las inseguridades y el vacío existencial de una persona que lo tenía todo. He de decir que siempre me ha fascinado el asunto de la celebridad, de cómo estas personas son capaces de gestionar su vida íntima cuando gran parte de tu energía sobre esa gestión consiste en protegerte de las miradas ajenas. Pero, a riesgo de ser demasiado prosaico y víctima de mis propios dardos, he de confesar que lo que me dejó de una pieza es descubrir que Marilyn era una persona notablemente inteligente. Creo que la mayoría habíamos instalado en nuestro ideario la idea de una rubia tonta que le costaba aprenderse las frases del guión. Pues, aunque la señorita Monroe lograra desesperar al gran Billy Wilder con sus continuos tropiezos, era una persona inteligente y culta. Sí, culta. Sí, Marilyn Monroe. Al menos eso es lo que se desprende del estupendo artículo escrito por Elsa Fernández-Santos.

Así que estamos aquí otra vez de vueltas con la apariencia, lo que somos, lo que creemos ser, lo que creemos que los demás piensan de nosotros, lo que creemos sobre los demás. Y no tenemos las pelotas suficientes para ser nosotros mismos. Qué pena.

 

 

 

Alberto García

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