Kafka, el cartero de muñecas

Frank Kafka“Creer significa liberar en sí mismo lo indestructible. O mejor: liberarse. O mejor aún: ser indestructible. O mejor aún: ser”

Corría el año 1923. A menudo Kafka paseaba solitario por el parque Steglitz, en la ciudad de Berlín. Aquella tarde tropezó con una niña que lloraba desconsoladamente: había perdido a su muñeca.

Es uno de los episodios más tiernos en la vida de este escritor nacido en Praga a finales del siglo XIX. A pesar de que el nombre de este escritor nos remite a la novela corta La Metamorfosis, mundialmente conocida, Kafka tuvo una prolífica vida como relatista y pensador, y también como remitente de importantes cartas de las que se ha podido extraer una filosofía muy particular y una sensibilidad extraordinaria hacia lo cotidiano del mundo y hacia la realidad de la Europa en que vivió.

En sus diarios y cartas Frank Kafka solía quejarse de sus frecuentes dolores de cabeza, de sus largos períodos de insomnio y de una debilidad física que era producto de la enfermedad que padeció durante gran parte de su vida. Sin embargo, se olvidó de aquel dolor, soledad y desamparo que parecían acompañarlo allá donde iba cuando una tarde de 1923 conoció a una niña en el parque berlinés de Steglitz.

Aquella tarde, como tantas otras, Kafka caminaba solitario cuando tropezó con ella, que lloraba desconsoladamente porque había perdido a su muñeca favorita. Kafka, con su mirada de escritor, entendió que aquella era la primera gran pérdida de una niña, el derrumbamiento de su universo infantil. Conmovido por sus lágrimas, logró convencer a la niña de que la muñeca no se había extraviado, sino que se había ido de viaje y que le había encomendado a él hacerle llegar la correspondencia desde los lugares que visitaba. De esta manera, Kafka se convirtió en “el cartero de muñecas” y comenzó una relación epistolar entre la niña, su juguete y él. El intercambio de cartas duró tres semanas. Kafka incluso conseguía sellos de ciudades europeas para entregarle a la niña unas cartas que verdaderamente parecieran enviadas por su muñeca.

Al parecer, Kafka supo reconducir el dolor de aquella niña ante la repentina pérdida de tal manera que, con la última carta, la pena ya se había disipado.

A día de hoy, el paradero de esas cartas sigue siendo un misterio. Sin embargo, el testimonio de Dora Dymant, la compañera sentimental del escritor en la última etapa de su vida, confirmó la veracidad de aquellos hechos. También Max Brod, amigo y albacea del escritor, incumplió la promesa de destruir todos los manuscritos de Kafka tras su muerte e infructuosamente buscó durante meses a aquella misteriosa niña del parque Steglitz. No logró dar con ella, pero sí pudo recopilar muchísimo material sobre la vida y la obra del autor que ha permitido conocer más en profundidad su trayectoria personal y profesional.

 

 

 

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