Julio Cortázar, la autonomía del personaje

Cortázar“Andábamos sin buscarnos, pero sabiendo que andábamos para encontrarnos” – Rayuela

La impresionante capacidad de Julio Cortázar desde muy pequeño hizo que con apenas ocho años el autor escribiera pequeños poemas y relatos autobiográficos que hasta sus propios familiares pensaban que había copiado de algún otro libro. Pero Cortázar creaba desde tan temprana edad porque sentía la necesidad de ser creado por los personajes que imaginaba.

La producción literaria de Julio Cortázar se mantuvo prácticamente hasta el día de su muerte. El autor, nacido en Bruselas en 1914, solía decir que su nacimiento había sido “producto del turismo y la diplomacia”. Y es que sus padres, de origen argentino, residían en Bélgica porque pertenecían al cuerpo diplomático de su país de origen.

Pero por entonces Bruselas había sido tomada por los alemanes, así que los Cortázar tuvieron que trasladarse a Suiza y posteriormente a Barcelona, ciudad en la que el escritor residió hasta los cuatro años, momento en el que la familia decide regresar a Argentina.

Con este interesante bagaje cultural durante los primeros años de su vida, no es de extrañar que, a pesar de las vicisitudes, Cortázar se convirtiera, ya en la edad adulta, en uno de los grandes traductores de obras francesas y británicas. Gracias al dominio de los idiomas, consiguió el título de traductor en apenas nueve meses, cuando lo más común era que se tardara como mínimo tres años en obtenerlo.

La infancia de Cortázar estuvo marcada por una salud muy débil que durante mucho tiempo lo mantuvo postrado en una cama, ajeno al mundo de los demás niños. Se refugió en las novelas de Verne, que devoraba durante horas, hasta tal punto que uno de los médicos que lo trataba le recomendó a su madre que leyera menos y que saliera más a la calle.

Y fue en la calle donde la vida de Julio Cortázar, al menos desde el punto de vista literario, cambiaría para siempre. Caminaba por el centro de Buenos Aires cuando por casualidad encontró una obra de Jean Cocteau titulada Opio, Diario de una desintoxicación que marcaría el inicio de la renovación en el estilo del escritor argentino, que llegó a reconocer que “desde aquel momento escribí y leí de forma diferente”.

Esas “diferencias” se plasmarían en obras sorprendentes que han pasado a formar parte de los grandes del siglo XX, como Rayuela, que tanto por estilo como por contenido, está considerada una de las obras más importantes de la literatura argentina contemporánea.

Tras finalizar sus estudios de Filosofía en la Universidad de Buenos Aires y participar en numerosas manifestaciones en contra del régimen peronista, decide trasladarse a París donde vivirá con su primera esposa, Aurora Bernández, y posteriormente a Italia. La traducción de las obras completas de Edgar Allan Poe hizo que durante un tiempo la pareja saliera de la complicada situación económica en la que se encontraba, pero no logró salvar el matrimonio, que terminaría separándose años más tarde. Después de la separación, Cortázar mantendría una relación sentimental con Ugné Karvelis, una joven lituana que despertaría en el escritor un creciente interés por la política, especialmente en latinoamérica. De hecho, Cortázar mantuvo estrechos vínculos con el gobierno de Castro, por el que sentía cierta admiración, hasta que fue “repudiado” por el régimen cubano al solicitar información acerca del encarcelamiento del poeta Heberto Padilla.

La tercera relación estable de Cortázar, con la escritora canadiense Carol Dunlop, acabaría en boda. Empezaba así una nueva etapa en la vida del autor, cada vez más comprometido con su tiempo, con las cuestiones políticas y, como no, con la elaboración de aquellos extraños personajes que plagaban sus textos y que, en cierto modo, habían adquirido ya una identidad propia. Tras el fallecimiento de Carol, Cortázar entra en una profunda depresión, pero no abandona las letras. De hecho se mantendría escribiendo también después de la hemorragia gástrica que casi acaba con su vida en 1981 y hasta el 12 de febrero de 1984, día en el que la leucemia pondría fin a su existencia. Durante los dos últimos años de su vida, el escritor estuvo acompañado de su primera esposa, Aurora Bernárdez, que pasó a convertirse en la única heredera de toda su obra.

Cortázar moría en París, con nacionalidad francesa, y era enterrado en el cementerio de Montparnasse en la misma tumba que Carol Dunlop. Los lectores que se acercan hasta la tumba del escritor suelen dejarle como tributo una copa de vino, una hoja de papel o un billete de metro con una rayuela dibujada.

 

 

 

 

 

 

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