Juan Ramón Jiménez, la obsesión por el silencio

Juan Ramón JiménezDicen que hasta el ruido de una mosca lo irritaba cuando estaba escribiendo. Por eso Juan Ramón Jiménez cambiaba constantemente de domicilio, forraba de corcho las paredes e incluso se retiraba a monasterios de clausura, obsesionado con escuchar sus propios pensamientos en el silencio absoluto.

Nadie pone en duda la trascendencia literaria de este escritor, pero lo cierto es que, según cuentan, como persona era todo un personaje. Juan Ramón Jiménez cumple con creces el perfil del escritor metódico y maniático que somete su vida a estrictas rutinas para lograr escribir.

No soportaba el ruido, así que se recluía en pequeños despachos que a veces hasta forraba de corcho para no escuchar absolutamente nada. Esta obsesión por el silencio le condujo a cambiar de domicilio en numerosas ocasiones, trasladando consigo algunas otras manías como la de amontonar periódicos.

Mucho tuvo que aguantar su esposa, Zenobia Campubrí, una mujer cuyo carácter poco tenía que ver con el de Juan Ramón Jiménez. Campubrí sacrificó gran parte de su vida -tanto personal como profesional, pues también escribía- para acompañar a su esposo en su ascendente carrera literaria, que alcanzaría su punto más importante en 1956, año en el que recibe el Premio Nobel de Literatura.

Fue un camino repleto de altibajos porque, además de maniático, Juan Ramón Jiménez fue un escritor depresivo, con frecuentes episodios de neurosis y profundas crisis existenciales que en más de una ocasión le llevaron a pasar una temporada en el sanatorio, siempre con la compañía de su inseparable Zenobia.

Además, y a pesar de ser bien recibido allá donde viajaba -hasta que definitivamente el matrimonio se instala en Puerto Rico, tras haber abandonado España muchos años antes debido a las tensiones políticas previas a la Guerra Civil-, Juan Ramón Jiménez fue conocido también por sus críticas demoledoras a otro escritores de la época, entre ellos, a Pablo Neruda, que llegó a decir sobre el escritor español que “vivía como un falso ermitaño, zahiriendo desde su escondite a cuanto creía que le daba sombra”, definiéndolo como “la legendaria envidia española”. También Antonio Machado fue objetivo de las hirientes palabras de Juan Ramón Jiménez, cuando éste declaró que “iba siempre lleno de cenizas y en los bolsillos sólo guardaba colillas”.

La genialidad de Juan Ramón Jiménez no tenía bien, tanto a la hora de plasmar sus inquietudes vitales en un poema o dedicar hermosas palabras a sus seres queridos, como a la de arremeter contra sus rivales literarios. Y es que, probablemente, de todas las obsesiones de este escritor, la más exagerada y probablemente la más enfermiza fuera su ansia de alcanzar la perfección. Una fijación que le acompañará hasta los últimos días de su vida cuando, después de ya fallecida Zenobia Campubrí como consecuencia de un cáncer, el escritor se encierra en su casa buscando la trascendencia mística de la palabras en los silencios del alma.

 

 

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