John Kennedy Toole, la frustración y el éxito

John Kennedy TooleDeprimido por las dificultades para publicar la novela que consideraba una obra maestra, Toole se suicidó a los 31 años de edad tras haber escrito un único libro que terminaría siendo Premio Pulitzer en 1981.

Aparentemene, no existía en la vida de John Kennedy Toole ninguna fractura grave que lo empujara a la búsqueda de una muerte prematura y los que mejor le conocieron aseguran que fue su obsesión con el fracaso lo que le llevó a suicidarse aquel 26 de marzo de 1969, cuando solo tenía 31 años.

Toole era un tipo corriente, al menos todo lo corriente que puede ser un escritor. Había destacado en la escuela por ser un buen estudiante, llegó a graduarse en Lengua inglesa por la Universidad de Columbia, sirvió en el Ejército de los Estados Unidos durante dos años, dando clases de inglés a los reclutas en Puerto Rico…

Podría decirse que el verdadero problema de Toole llegó cuando entró en contacto con la escritura y descubrió que su misión era contar, en tono cómico, las incongruencias de la época en la que le había tocado vivir. Así que puso todo su empeño en escribir La conjura de los necios, su primera, última y única novela. Una obra que durante un tiempo estuvo deambulando por varias editoriales sin que ninguna se atreviera a publicarla. Esta negativa fue el detonante de una profunda depresión de la que Toole no lograría recuperarse.

Sus hábitos cambiaron radicalmente. El escritor, sumido en la frustración y la desesperanza de que su ‘gran obra’ nunca viera la luz hicieron que se transformara en un ser descuidado, aficionado a la bebida y a los excesos, sin demasiado interés por el mundo que le rodeaba y que había silenciado su mensaje.

Así que el 26 de marzo de 1969 conectó una manguera al tubo de escape de su coche, la introdujo en la ventanilla del conductor y cerró todos los cristales. John Kennedy Toole había puesto punto final a su vida, pero su obra aún estaba por descubrirse.

Nunca se supieron los motivos reales del suicidio de Toole ya que su madre destruyó la nota de despedida que le había dejado el autor. Pero no destruyó el manuscrito de aquella novela en la que el joven había puesto tanto empeño. Así que la madre del escritor, Thelma Toole, hizo todo lo posible por honrar la triste muerte de su hijo y darle un sentido a su suicidio.

Durante mucho tiempo estuvo enviando cartas a autor Walter Percy para que leyera la novela de Toole y le ayudara a publicarla y, finalmente, Thelma consiguió su propósito. Percy lo recuerda así en el prólogo de la novela de Toole:

“Pero la señora fue tenaz; y, bueno, un buen día se presentó en mi despacho y me entregó el voluminoso manuscrito. Así, pues, no tenía salida; solo quedaba una esperanza: leer unas cuantas páginas y comprobar que era lo bastante malo como para no tener que seguir leyendo. Normalmente, puedo hacer precisamente esto. En realidad, suele bastar con el primer párrafo. Mi único temor era que esta novela concreta no fuera lo suficientemente mala o fuera lo bastante buena y tuviera que seguir leyendo.

En este caso, seguí leyendo. Y seguí y seguí. Primero, con la lúgubre sensación de que no era tan mala como para dejarlo; luego, con un prurito de interés; después con una emoción creciente y, por último, con incredulidad: no era posible que fuera tan buena”.

Toole estaba en lo cierto. La conjura de los necios merecía al menos la oportunidad de ser publicada y criticada, para bien o para mal, por lectores de todo el mundo. Tal vez la desesperación que le llevó a la muerte se entienda ahora, después de dos décadas publicándose en editoriales de todo el mundo. En 1981, La conjura de los necios fue galardonada con el Premio Pulitzer. Pero Toole no tuvo paciencia para sabe que sus fracasos terminarían convertidos en éxito.

 

 

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