¿Un incidente trivial?

VidaValeriano Pérez

Después de una relajante siesta salgo a dar un pequeño paseo por los alrededores de mi casa del Puertito de Güímar disfrutando de un tibio sol invernal (sol de viejos, diría alguien) y mis pasos me llevan cerca del geriátrico que se encuentra a escasos 200 metros.

Ese moderno centro se encuentra rodeado en su lateral izquierdo de una alta verja que además de proteger o aislar a los “inquilinos” de ese ” último hogar”, delimita un pequeño jardín-huerto en el que se ven, aparte de las consabidas flores, algunos cultivos como maíz, plataneras, limoneros, etc.

En un momento dado observo con inquietud cómo una señora que paseaba a su perro corre presurosa hacia la entrada principal del centro y casi al mismo tiempo veo un cuerpo que yace desmadejado sobre un pequeño llano cubierto con “picón” muy cerca de los cultivos. Al momento oigo las voces de las cuidadoras que preguntan “¿hay alguien por aquí?”.

Rápidamente se acercan a la persona caída diciendo ¡Dominga – Dominga! y pronto alguien trae una silla de ruedas a la que suben a la menuda figura que sigue insconsciente y que presenta el rostro ensangrentado, llevándosela al interior. La señora que paseaba su perro mueve su cabeza lastimosamente, me mira y me dice: “Pobre de ella y pobre de nosotros. Mi madre murió con cien años y lo hizo en mi casa, pero ahora nuestros hijos no quieren saber nada de nosotros” y se aleja lentamente, aún pensativa

Me quedo reflexionando sobre lo sucedido y recuerdo que mi propia madre murió a los noventa y tres años en su casa de Güímar, rodeada de los suyos y consideré que ella también fue afortunada por haber gozado de ese raro privilegio, reservado solamente a “los ricos en amor”.

Vivimos en un mundo alocado en el que, lamentablemente, no se cultiva el amor y el respeto por nuestros mayores y así nos va. Probablemente la mayor preocupación de mi generación, en demasiadas ocasiones, no es la economía ni la salud, sino el poder alcanzar una despedida digna de este desnaturalizado mundo, en tu propia casa y rodeado de tu familia, a la que quieres y que además te quiere.

Pero no podemos hacer culpables sólo a nuestros hijos, pues nosotros tenemos mucho de culpa. Es verdad que las familias suelen tener pocos hijos (dos y a veces uno) por lo que el trabajo de cuidar a sus mayores de puede hacer asfixiante, pero también nosotros hemos buscado evitarles cualquier sacrificio sin reparar que la vida está plagada de momentos duros a los que tendrán que enfrentarse solos en un mundo que, por desgracia, es altamente competitivo.

En muchos casos somos nosotros mismos, por ahorrarles una vez más muchas molestias o quizás para evitarnos terribles desengaños, los que elegimos pasar nuestros últimos e inciertos días en un centro a lo que irónicamente llamamos “especializado”.

Hasta aquí el pequeño relato de este pequeño incidente real, pero quizás no tan trivial como profetiza el encabezamiento.

 

 

 

Valeriano Pérez

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