Islas Galápagos: una aventura darwiniana

Tortuga mirandoJosune Fernández

Después de mi viaje por California volvimos a Bogotá, pero solo estuvimos tres días porque en seguida rehicimos las maletas, esta vez con destino a las Islas Galápagos.

Este viaje, la verdad que nunca me lo había planteado, ya que siempre lo ves como un viaje imposible de realizar. Primero, por lo lejos que queda de España y segundo, por lo carisísimo que es realizarlo desde Europa.

Pero estando en Colombia, parece que resulta algo más económico, así que allá fuimos. A la ida, tuvimos que pasar parte de la noche en el aeropuerto de Guayaquil -solo existen vuelos desde Quito y Guayaquil a estas Islas-.

Bueno, para los que no sepáis, Las Galápagos son un archipiélago de islas volcánicas -las más activas del mundo-. Algunas son puntas de volcanes que emergen del mar y otras se han producido por movimientos tectónicos. Son muchas islas, pero las más importantes son trece, se encuentran a 970 kilómetros del continente y pertenecen a Ecuador.

Entre todas las islas -solo algunas están pobladas- hay alrededor de 16.000 habitantes legales, aunque según nos contó un guía hay también muchos ilegales. La entrada a las islas está muy controlada, ya que es un parque natural y vigilan mucho la entrada y salida de cualquier material para no dañar el ecosistema, o al menos hacer que el impacto que tiene el turismo sobre éste sea el menor posible. En estas islas la gente vive más o menos bien, porque hay trabajo para todo el mundo, pero los precios son siempre más caros que en el continente. El problema es que los empresarios de la Isla -casi en su totalidad dedicados al turismo- traen mano de obra del Ecuador porque es más barata. La gente del continente acepta trabajar en Las Galápagos pensando que va a vivir mejor, pero se da cuenta de que, con el sueldo que ganan -siempre más bajo que el de cualquier galapagueño- no alcanza el nivel de vida que hay en estas islas, por lo que comienza a delinquir. El guía nos contó que este fenómeno no se notaba aún tanto y que las Islas son muy seguras: cuidan al turista hasta a el final y esto lo pudimos comprobar nosotros mismos por el incidente que nos ocurrió que ya contaré más adelante. Pero con el tiempo es probable que se empiecen a producir más robos. De todas formas hay bastante policía por lo que yo lo veo un poco difícil.

Después de esta introducción comienzo con el itinerario del viaje. El aeropuerto está en una de las Islas, la Isla Baltra. Aquí solo se encuentra el aeropuerto, es decir, no hay nada más. Así que nada más bajarte del avión te llevan en autobuses de la misma compañía aérea al puerto, para cruzar a la siguiente isla que es las Isla de Santa Cruz y la más poblada de todas. También es en la que existe mayor número de servicios hoteleros. Cuando llegamos al embarcadero de esta isla nos montamos en otro autobús hasta Puerto Ayora, que es el centro turístico de la Isla.

Después de pasar por el hotel, cambiarnos, etc.… fuimos hasta la Estación científica de Charles Darwin. Como ya sabéis este hombre planteó aquí su Teoría de la Evolución: gracias a que la fauna y flora del archipiélago está aislada y pudo comprobar como evolucionaron ciertas especies, por si solas. En honor a él se creó la Fundación Charles Darwin, donde los científicos estudian sobre la fauna y flora del lugar. En este centro existe una granja de tortugas gigantes y otro de iguanas, así que allí fuimos a ver nuestros primeros animales en las Islas.

Primero vimos a Diego, una tortuga gigante que es considerada el semental de todas las tortugas. Durante la época de los piratas, en estas islas se alimentaban de tortugas y muchas especies casi desaparecieron. Pero gracias a Diego su especie no ha sido extinguida. Nos dijeron que al menos había ya unos mil dieguitos. Cuando la vimos, en efecto, pudimos verificarlo: aunque no lo vimos en pleno acto, si que estaba intentando atrapar a unaSolitario George tortuga.

La otra atracción de la estación es el Solitario George. A éste le pasa todo lo contrario que a Diego, y no se le ha conocido ninguna pareja en su larga vida. Sus cuidadores han intentando todos los métodos para que su especie no desaparezca, pero parece que a George no le apetece conocer a una tortuguita. De hecho, en el sitio en el que está encerrado solo está él, rodeado de tortuguitas. Los científicos están pensando en guardar su ADN para que su especie no vaya al garete. Aunque en el centro también hay iguanas y muchas tortugas más, sin duda los protagonistas son Diego y el solitario George.

De regreso a Puerto Ayora me llamó la atención la lucha de los pelícanos con los pescadores que habían llegado a puerto cargados de peces. Los pelícanos no les dejaba cortar y limpiar el pescado y mientras las mujeres intentaban espantarlos con trapos y con mangueras.

De aquí nos fuimos a Tortuga Bay, una playa en la que para llegar hay que ir caminando durante cuarenta minutos. Pero la caminata merece la pena: arena blanca fina y agua transparente. Eso sí, esta playa está infestada de surfistas locales. Los galapagueños tienen mucha afición a este deporte, de hecho, existen campeonatos mundiales de surf .

Tortuga BayAl día siguiente decidimos contratar un tour a la Isla Floreana. En Galápagos hay dos opciones de hacer turismo: una es contratar un crucero de una semana que incluye el vuelo de Quito o Guayaquil a Isla Baltra o a San Cristóbal, que es la otra isla que tiene aeropuerto. Te alojas en el barco, te dan de comer y las excursiones ya están seleccionadas. El guía va en el propio barco -normalmente los barcos tienen 16 pasajeros y 11 tripulantes- y te permite visitar las islas más importantes, ya que mientras que duermes o comes el barco va realizando el trayecto. El problema de esto es que el precio no baja de 6.000 dólares la semana. La otra opción es la que hicimos nosotros: nos alojábamos en Isla Santa Cruz y de aquí nos movíamos en barcos más pequeños a la isla que queríamos visitar. La ventaja es que conoces mucho más a los galapagueños y te relacionas más con ellos. La desventaja que tienes que elegir las islas que quieres visitar por que no da tiempo de visitarlas todas: el trayecto en barca de una isla a otra es de dos horas y media la que menos, así que ya pierdes cinco horas solo en el barco.

Nosotros, para empezar, cogimos el tour a La Isla Floreana. En el barco íbamos, tres alemanes, tres franceses, una japonesa, dos brasileños y una chica canadiense, aparte del del patrón, el ayudante y del guía. La travesía de dos horas y media fue un poco movida, aunque divertida. La barca daba muchos botes porque son lanchas rápidas. Nosotros ya habíamos montado en este tipo de barcas en Cartagena y en Cobeñas y la verdad es que te haces un poquito de daño en el pompis. Según el tamaño de las olas, ése es el salto que va a dar la barca y el que va a dar nuestro por pompis en el asiento de la barca… Pero, como he dicho antes es hasta divertido: sabes que no te va a pasar nada, que estas barcas hacen estos recorridos todos los días, por eso no entiendo mucho -bueno, no entendía, ahora sí…- el miedo de algunas personas a las lanchas rápidas. Sí que acabamos un poco mareados, ya que son dos horas y media seguidas y entre el olor a gasolina de la barca y los movimientos de las olas.

Por fin, llegamos a Floreana, y nos dieron la bienvenida un grupo de leones marinos que estaban tomando el sol. De allí nos fuimos directos a hacer snorkel rodeados de leones marinos y tortugas de agua. A lado del barco había una playa muy bonita, paradisíaca, pero no pudimos disfrutar de ella por culpa del macho alfa de los leones, que protegía a su harén y si te acercabas corrías el riesgo de que atacara.

Floreana tiene una población de 170 residentes. El guía nos explicó que existen dos clanes de familias importantes, una alemana y otra española, y que en tiempos pasados había muchos problemas de convivencia entre las dos, sobre todo por la propiedad de tierras.

Después de que nos dieran de comer un pescado a la brasa muy bueno nos fuimos al Asilo de La Paz en una ‘chiva’ -un autobús abierto- y desde donde nos dejó fuimos caminando unos cuarenta minutos hasta la parte alta de Floreana, donde se alojó el primer habitante de las Islas y el único lugar donde se encuentra la fuente de agua de Floreana. Desde aquí el guía nos contó toda la historia geológica de las Islas y cómo llegó el primer habitante, un pirata irlandés. Este hombre tenía muy mal carácter y sus compañeros de barco lo querían abandonar. Como ya lo intuía, se fue aprovisionando de semillas de frutas, sabiendo que cuando lo dejaran abandonado en cualquier sitio, podría vender los frutos de los árboles -en esa época era muy normal que la tripulación muriese de escorbuto, así que la vitamina C de ciertas frutas era muy importante-. Ya cuando lo abandonaron, fue cambiandosemillas por otras cosas hasta que logró un cambio por un pasaje en barco y así se pudo ir de la isla. Mucho tiempo después de este pirata irlandés, llegó una familia alemana escapando de la guerra.

Ya de vuelta pasamos por un lugar que estaba lleno de tortugas gigantes, así que allí nos paramos a observarles e intentar acercarnos lo máximo posible a ellas. Las normas de la isla en cuanto a acercarse mucho a los animales son muy estrictas, aunque alguna veces no lo puedes remediar, como nos pasó al ir al barco, que el puerto estaba lleno de leones marinos y no te queda otro remedio que pasar entre ellos.

 

 

 

Josune Fernández

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