Islas Galápagos: playas paradisíacas, mar embravecido

La isla de IsabelaJosune Fernández

Antes de montarnos al barco para volver a Puerto Ayora fuimos a una playa cerca del puerto, en la que pudimos ver nuestras primeras iguanas marinas. La verdad que no tienen un aspecto muy amigable, pero las pobres no hacen nada, de hecho tienen mucho miedo a los humanos.

Creo que en este viaje es el animal al que más cariño he cogido, o al menos el que más me ha sorprendido. Es tan diferente su aspecto a su carácter… Lo único que hacen es escupir, pero no para defenderse -que es lo que pensamos todos cuándo las vimos- sino por el exceso de sal que tienen en su organismo. Estas iguanas hace muchísimos años no eran marinas, pero al quedarse sin plantas para comer, evolucionaron y se convirtieron en marinas para alimentarse de las algas. Algunas de ellas son más rojas, no tan negras, por la clase de algas que comen o que hay en la isla en la que habitan. Ésta es una de las comprobaciones que pudo hacer Darwin con la teoría del aislamiento de las especies y su evolución. Con lo que sí que había que tener un poco más de cuidado eran con los leones marinos: nos acercamos a uno que estaba echando la siesta y éste si que nos gruñó.

Volviendo a Puerto Ayora y otra vez en el barco, nos acercamos a ver los pingüinos galapagueños -los segundos más pequeños del mundo después de los de Madagascar- los piqueros de patas azules, los albatros -solo existen en Isla Española en las Galápagos y no se pueden ver en ninguna parte del mundo- y las fragatas -estas aves tienen el cuello rojo y para atraer a la hembra, como ritual de apareamiento, se le infla esta parte del cuello-. Todos estos animales son endémicos de estas islas.

Cuándo llegamos a Santa Cruz, ya nos encontramos con Nacho y Álvaro que habían llegado ese día desde Bogotá. Al día siguiente, hicimos un tour de bahía por la isla que nos alojábamos -Santa Cruz- y así esperar a Adrián, que llegaba ese mismo día de Bogota. Este tour solo duraba la mañana. Nos llevaron a la lobería, vimos más lobos marinos, más fragatas, más piqueros de patas azules y de aquí fuimos a hacer snorkel donde las tintoreras -una especie de tiburón- para luego realizar una caminata y ver otra playa llena de iguanas y algún león marino. Bueno de hecho uno lo vimos demasiado cerca, ya que el pobre no se apartaba de nuestro camino y cuándo el guía empezó a dar palmadas para atraer su atención, empezó a seguirnos a todos. Luego hicimos una caminata hacia un lugar llamado ‘Las grietas’, un cañón de agua en el que nos bañamos y volvimos a hacer snorkel.

Cuando volvimos a puerto nos encontramos con Adrián y después de comer volvimos a Tortuga Bay y a la playa mansa, donde nos sorprendió laLaguna de las ninfas cantidad de iguanas que había, además de que por fin vimos los pájaros pinzón, otros animales endémicos de las islas. A la vuelta pasamos por el lago de las ninfas un lago muy bonito que se encuentra cerca del pueblo.

Mientras estábamos cenando decidimos entre todos que al día siguiente deberíamos ir a Isla San Cristóbal -una isla también poblada que tiene el otro aeropuerto del Archipiélago- y Puerto Vaquerizo, que es la capital de las Galápagos.

Esa mañana cogimos el barco, nos dijeron que tardaríamos unas tres horas en llegar. Se trataba de una lancha rápida parecida al del otro día, pero tenía algo diferente: era una lancha acristalada. A bordo viajábamos un padre, su hija y su nieto, todos ecuatorianos, aunque la chica era médico en Tudela y el niño por su acento era más español que ecuatoriano. Una pareja de ecuatorianos con un bebé, una chica ecuatoriana que estaba de pasante en el hospital de Santa Cruz, una chica estadounidense, dos brasileños, otra chica americana y nosotros cinco, el patrón, el ayudante y el guía.

El viaje, igual de divertido que la otra vez, varios saltos con las olas, y hasta nos reíamos de estos saltos. Pero llegó un momento en que el mar empezó a ponerse más bravo, los saltos eran más consecutivos, las olas más grandes… Algunas veces las olas nos cubrían todo el barco y el patrón no bajaba la velocidad. Hasta que llegó el momento en que una ola chocó con el barco más fuerte de lo normal y rompió una de las ventanas. Toda mojada por la ola, no sabía lo que había pasado, pensaba que habíamos volcado y que nos hundíamos, pero no. El problema gordo, es que los vidrios rotos provocados por la fuerza de la ola, se habían clavado en algunos de nosotros, así que cuando levanté la cabeza para ver lo que había pasado, escuché la voz del niño que decía “Mamá, tengo miedo, me quiero ir”… Esto fue lo primero que me asustó, ya que pensé que lo que iba a ver era más grave que el vidrio del barco roto y nosotros empapados. Y así fue.

Lo primero que vi fue la cara de Álvaro toda ensangrentada, seguido de la cabeza de Menchaca y seguido la pierna de Nacho. Me puse muy nerviosa. De hecho, no comprobé si yo tenía algún corte, Al resto de los pasajeros no les pasó nada… Así que la médico de Tudela se puso manos a la obra, comprobamos que Álvaro tenía muchos cortes por todo el cuerpo pero ninguno profundo así que él también se puso manos a la obra ya que es socorrista. Los cortes más graves los tenían Nacho y Menchaca, así que el patrón llamó por radio a uno de los cruceros que cuestan 6.000 dólares a la semana que se encontraba cerca de nosotros y el barco mandó una zodiac a por los heridos y la médico. Yo mientras me quedé en el barco en el que tuvimos la accidente, echando una bronca monumental al patrón -iba hablando con el guía, no prestaba atención al coger las olas y cuando el mar se puso más bravo no bajó la velocidad-. Pero también estaba muy nerviosa porque que no sabía lo que estaba pasando en el barco donde estaban haciendo las curas. Al cabo de un rato volvimos a la isla de Santa Cruz patrullados por la Marina Civil, y los heridos fueron enviados de inmediato al hospital.

A mí la verdad es que el sitio no me dio mucha seguridad: todos los líquidos -alcohol, desinfectantes…- estaban en botellas de Gatorade, y antes de empezar a hacer nada había que ir a la farmacia a comprar todo lo que el médico te mandaba -puntos, jeringas, esparadrapos…-. Resultado: Nacho once puntos en la pierna -fue el peor de todos- y Menchaca cinco puntos en la frente. A Álvaro le hicieron algunas pequeñas curas y Adrián y yo solo nos llevamos un susto de muerte y la seguridad de que no volvería a coger un barco en mi vida.

Después de este incidente se nos fastidió el día, ya que no teníamos ninguna excursión terrestre para hacer, pero el dueño de la agencia de tours nos dijo que a la tarde nos podía regalar un tour por el túnel de lava y otra granja para ver tortugas en Santa Cruz, así que después de descansar un rato, eso es lo que hicimos.

El problema era que nos faltaban dos día para nuestro viaje de vuelta y no sabíamos qué hacer: en Las Galápagos, lo interesante es ir de isla en isla y aún nos quedaba por visitar la isla de Isabela, que decían que es la más bonita de todas. Pero teníamos miedo de coger otro barco dos horas y media de ida y otras dos horas y media vuelta.

Pues a pesar del accidente y de mi promesa de que no iba coger un barco en mi vida, decidimos ir. Nacho no vino, ya que no podía casi andar, ni podía bañarse y tenía que hacerse las curas en el hospital. Menchaca también necesitaba curas, pero nos enteramos de que en Isabela había hospital, a pesar de que solo tiene 2.000 habitantes, y allá fuimos.

A las cinco de la mañana, en una barca igual que la del primer día, de noche y con un oleaje igual de fuerte que el del día anterior. Así que yo ya no disfrutaba del viaje como la primera vez: iba agachada, sin mirar el mar y a diferencia del principio, pensando “Qué miedo, por favor, que no pase nada, que sé que puede pasar…”. Pero esta vez llegamos, así que disfrutamos de la isla de Isabela, no nos pasó como en San Cristóbal, que al final no la pudimos conocer.

Aquí se puede ver el segundo cráter volcánico en tamaño del mundo: Sierra Negra. En el tour de bahía que hicimos visitamos colonias de pingüinos,Iguana más piqueros azules, más iguanas, más lobos y los tiburones. Lo que no sé es cómo me atreví , después de ver los tiburones desde tierra, meterme en el agua a hacer snorkel.

También allí se encuentra el Muro de las Lágrimas, un lugar histórico que, según se dice, fue construido por antiguos convictos. Pero no lo pudimos visitar ya que nos faltaba tiempo. Sin embargo, visitamos Concha Perla, el Centro de Crianza de tortugas y Los humedales, incluida la laguna de los Flamencos.

Esa noche estuvimos en un bar a pia de playa, muy ibicenco. La verdad es que la isla de Isabela se caracteriza por ser muy bohemia, con las calles cubiertas de arena… Así que allí disfrutamos de nuestra última noche en Las Galápagos. Al día siguiente volvimos a Santa Cruz con el tiempo justo para coger otra vez el vuelo de vuelta, esta vez el trayecto en barco fue más tranquilo aunque más largo, tres horas, con sobrecarga de gente y cosas, de los tripulantes que íbamos tres acabaron vomitando. Después cogimos un taxi hasta el embarcadero para coger otro barco para cruzar a Isla Baltra, de aquí otro autobús hasta el aeropuerto.

Esta vez el vuelo fue un poco más pesado, ya que tres de nosotros cogíamos Isla Baltra – Bogotá, pero con escala en Guayaquil y en Quito, pasando parte de la noche en Quito. Los otros dos cogían Isla Baltra- Bogotá y solo una escala en Quito de un par de horas. Nuestra sorpresa fue que cuando llegamos a Quito y nos disponíamos a buscar un hostel cerca del aeropuerto para pasar allí parte de la noche, nos encontramos con los otros dos que, por problemas meteorológicos, se tuvieron que desviar a Guayaquil y de aquí a Quito. Perdieron la conexión de Quito a Bogotá, así que al final pasamos otra noche todos juntos en Quito, en un hotel que mejor ni recordarlo, de lo sucio y maloliente que era, con unas duchas comunes que mejor ni mirarlas. De hecho, ninguno de nosotros se duchó. Eso sí, en la tarjeta de visita que estaba en la recepción aparecía una foto que parecía que ibas a dormir en el Ritch por lo menos. Pasamos la noche como pudimos y a la mañana siguiente nos fuimos a Bogota tres, porque los que no habían llegado a coger la conexión de su vuelo por problemas meteorológicos se quedaron en Quito hasta dos días más tarde ya que no había otro vuelo. Al menos tuvieron más tiempo para disfrutar de Quito.

Y así finalizó nuestro viaje a Las Galápagos, sin duda un viaje que nunca olvidaremos y en el que me fui haciendo la promesa -por segunda vez- de que nunca más volvería a montar en barco. Pero bueno, ya veréis que en el viaje a La Guajira la volví a romper…. Ya os contaré.

 

 

Josune Fernández

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