¿Quién ladra más fuerte?

Carlos Castañosa

Quizá no mereciera la pena comentar el artículo “Ladran, luego cabalgamos”, firmado por el presidente federal del CCN, pues se califica solo. No obstante, conviene reflexionar sobre el desagradable contenido vertido por el líder de tal formación política.

No resulta aceptable la vulgaridad exhibida por quien, se supone, debiera dar ejemplo de elegancia, civismo y  respeto por algún derecho fundamental, cual es la libertad de expresión. Y no vale aquí alegar los límites de la cortesía, que acaba donde comienza el insulto, porque si se responde con agravio e improperios a quienes supuestamente han ofendido, los ladridos no se distinguen, y quizá los proferidos desde la grupa del “caballo ganador” suenen más groseros que los propios de los “perro flauta”, que cumplen con su deber de informar a la ciudadanía de los turbios  tejemanejes de algunos políticos. Claro, que el periodista, para explicar con objetividad comportamientos desviados y ajenos al interés general, puede necesitar cierta dureza expresiva, exenta de eufemismos, para ofrecer la verdad con claridad y sin recovecos. Y si el afectado se duele por la frustración de ver delatada su intencionalidad, la agresividad consecuente es el peor camino que puede elegir para enmendar yerros y recuperar posiciones perdidas, pues el rechazo generalizado que produce un texto como el aquí comentado, trasciende incluso a sus allegados, porque la pérdida de formas en quien los representa les afectará en negativo, como correligionarios y afiliados. Y qué decir de quienes no tenemos nada que ver con unos ni otros. La percepción exterior es de vergüenza ajena ante actitudes que en nada favorecen la valoración ciudadana que, con respecto a la casta política, se deteriora día a día ante actuaciones como esta, en la que se muestra una doble vertiente peyorativa. De un lado, el desprecio absoluto por la opinión ciudadana ante manifestaciones, nada afortunadas,  en las que no se tiene en cuenta la capacidad de análisis del ciudadano normal. Por otra parte, la declaración expresa de la falta de pudor con que puede sustituirse el legítimo concepto de “servicio al pueblo” por el deleznable  “servirse del pueblo”. Ni una sola frase del texto cuestionado hace referencia, ni remotamente, a los intereses de la población. Entre citas poco cultivadas y reiteración de un mismo insulto, que pretende ser despectivo, se ofrece una  justificación  maniquea  y  poco aceptable desde el sentido común. Nadie necesita explicaciones cuando la deposición está ya servida. Los daños colaterales, en este caso, pueden ser beneficiosos para los votantes del 20-N, por lo esclarecedor e improcedente de una operación política cuyo único sentido  radica en la pasión por la poltrona a cualquier precio. Un precio que sin duda será castigado por los ciudadanos de bien. Incluso, muchos partidarios del PP, se lo pensarán entes de depositar en la urna un voto que pueda favorecer las exclusivas ambiciones personales del dirigente  convertido en articulista  ocasional.

Por cierto, es necesario leer El Quijote varias veces para comprobar que el tópico de los perros ladradores no figura en ningún pasaje de la obra. ¿No sería Goethe cuando en su poema “Labrador” quien dice “pero sus estridentes ladridos / solo son señal de que cabalgamos…”?. Su aplicación aquí es tan poco ilustre como desagradable resulta el argumento del  propio artículo.

 

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Carlos Castañosa

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