¡Qué bueno soy!… Y lo malos que son los demás

Carlos Castañosa

Últimamente, en los medios, se prodigan testimonios personales sobre presuntos delitos cometidos tiempo atrás. Los vierten supuestos afectados por intentos de soborno (200 millones de pesetas para instalar un PRYCA), o quien presuntamente se veía presionado para  firmar facturas falsas o proyectos ficticios. Siempre a toro pasado y apuntando con el ventilador hacia toda la mierda amontonándose en el penoso escenario actual.

La base deontológica de la profesión periodística radica en contrastar la noticia u opinión con otras fuentes, distintas de la original, para comparar los colores del cristal a través del  cual  cada uno mira un mismo objeto. La interpretación inteligente de los datos  así recabados configura el método  profesional  para elaborar la veracidad que merece la opinión pública. Y por ende, con este proceder se evita la manipulación de quien pretenda  utilizar al mensajero como altavoz de sus proclamas.

Al  lector, receptor de la buena voluntad informativa del periodista, la facultad de  comparar le sirve también como modelo en la vida cotidiana para evitar  juicios temerarios. Antes de calificar a una persona a partir de un solo comentario, a favor o en contra, es  imprescindible comprobar si  un testimonio unilateral tiene el respaldo  generalizado para poder forjar una opinión justa. Y, sobre todo, huir como gato escaldado del “Dime de qué presumes…”, habitual agua fría que cotidianamente nos salpica en nuestra convivencia social.

Instintivamente, quien alardea de honradez  a ultranza, de no mentir jamás, de fidelidad absoluta, de bondades mil, cero defectos y acumulación de todas las virtudes teologales, siempre rechinará en los oídos resignados de quien escucha el autobombo con la misma indiferencia inteligente aplicada a la publicidad engañosa o en una campaña electoral.

Los casos ofrecidos de inicio como muestra presentan varias de estas contraindicaciones y serias dudas razonables sobre ambos planteamientos. Sin conocimiento personal  ni directo de los personajes, sorprende que graves acusaciones  se difundan en los medios en lugar de acudir a los Tribunales. Que tras el tiempo transcurrido desde los hechos hoy divulgados, se aproveche la coyuntura actual  de escenario contaminado por la  corrupción. Que no se “cantase la gallina” cuando todavía se estaba en la poltrona y se haya esperado a estar defenestrado para hacerlo. Que solo se aporte el testimonio personal, en forma de declaraciones, sin más validez que la propia palabra  adornada con apología de los propios valores morales, pero sin el respaldo fidedigno de una realidad certificada con pruebas fehacientes, v.g.: una grabación, un testigo, una confesión…

Bastante putrefacto está el ambiente para que, encima, se escarbe en el vertedero para  buscar la ropa sucia que se generó desde la poltrona perdida.

Constitución Española: Art. 20. 1. Se reconocen y protegen los derechos:

–          d) A comunicar o recibir libremente información veraz por cualquier medio de comunicación.

4. Estas libertades tienen su límite en el respeto a los derechos… al honor, a la intimidad, a la propia imagen y a la protección de la juventud y de la infancia…

Mientras todo esto se reforma o no, y  por si la coyuntura actual estuviera propiciando la moda de ventilar detritus, convendrá vigilar una posible tendencia  a conculcar Derechos Fundamentales a partir del muy infeccioso “efecto Bárcenas”.

 

 

Carlos Castañosa

http://elrincondelbonzo.blogspot.com

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