Martes, 22.05.2012

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Memorias de ojos rasgados. Parte 11: las montañas “picúas” Imprimir E-mail
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Sábado, 06 de Febrero de 2010

Rio LiCuando bajamos de la guagua en Yangshuo una multitud estaba esperando para recibirnos como si fuéramos estrellas del rock. No sabíamos si pretendían agasajarnos, si tenían prisa por subir a la guagua o si, sencillamente, aquel era el comportamiento habitual de la gente que esperaba en la estación de guaguas. Pero en cuanto comenzamos a caminar con dirección al hostal, nos dimos cuenta de que el propósito de aquella muchedumbre era otro bien distinto.

Yangshuo es también una ciudad turística, pero completamente diferente a Guilin. Hasta allí llegan viajeros de dentro y fuera de China que buscan un poco de calma y de contacto con la naturaleza. A pesar de que el centro tiene mucho de turístico, con sus tiendas, vendedores ambulantes, pubs y restaurantes, Yangshuo es más bien un pueblo rodeado a la ribera del río Li y rodeado de montañas redondeadas y con nombres rimbombantes que no sé por qué motivo nosotros bautizamos como “las montañas picúas”. Realmente son todo lo contrario, porque parecen colinas que han sido estiradas más de la cuenta y que en la cumbre se han escurrido como un flan. Sí, eso es: son como montañas de flan verde.

Al fin encontramos un sitio en el país en el que el cielo es azul y no está cubierto por esa película impenetrable que nunca nos quedó muy claro si era calima o contaminación. El calor seguía golpeando fuerte en aquel lugar, pero nosotros habíamos llegado con ánimos renovados, escapando de las asquerosas “cocrochas” de Guilin, por lo que, desde que pusimos un pie en nuestro nuevo destino, aquello nos pareció el paraíso.

De camino al Riverview Hotel fuimos asediados por todo tipo de guías turísticos que insistían en llevarnos por el río, en barca de bambú, en bicicleta, caminando, haciendo el pino-puente o la carretilla… Vamos, que te vendían lo que fuera. Si parabas para preguntarle a alguien qué dirección debías tomar, corrías el riesgo de que te encasquetaran algo, desde una excursión hasta un DVD pirata o un reloj de dudosa calidad, así que optamos por seguir el instinto y caminar calle abajo, en dirección al río donde, efectivamente, se encontraba nuestro hotel.

Fuimos recibidos por un tipo muy simpático que hablaba bastante bien inglés, así que nos entendimos a la primera. Como había que esperar a que tuvieran preparada la habitación dejamos las mochilas y nos fuimos a desayunar. Fue uno de esos días en los que no entraba nada en el cuerpo que no fuera medianamente occidental, así que terminamos tomando un par de hamburguesas en un McDonalds. He de reconocer que durante el mes que pasamos en China fui más veces al McDonalds que en toda mi vida, porque llega un punto en que el estómago no aguanta tres comidas diarias de tradición china.

Como en cada sitio, hubo un paseo de inspección. Era aún temprano y la ciudad estaba como desperezándose, así que tampoco nos imaginamos el movimiento que iba a haber durante la noche. Aprovechamos para recorrer parte de la ribera y mojarnos los pies, imitando a los autóctonos que habían recalado allí con sus niños, todos ellos con esos calzoncillos blancos que son más propios de un abuelo que de un niño de ocho años. Y finalmente nos dejaron entrar a la habitación del hotel. Después de instalarnos y ducharnos, estábamos a punto de tomar una siestecita –la noche anterior no habíamos pegado ojo- cuando de repente Javi advierte que en el suelo hay una “cocrocha”. Acabamos con ella de un zapatillazo y, Arrozalesaunque durante unos minutos tuve la paranoia de que se fuera a repetir la situación de la noche anterior, el cansancio me venció y caí rendida. Hemos llegado a la conclusión de que aquel bichejo venía acompañándonos desde Guilin, escondido entre la ropa de la mochila, porque en Yangshuo no volvimos a ver una cucaracha durante toda la estancia.

Por la tarde alquilamos un par de bicicletas en el propio hotel. La verdad es que el encargado era un tipo genial y después de varios días incluso nos dejaba las bicicletas a mitad de precio. “A mitad de precio” quiere decir que en vez de pagar un euro por las bicis de paseo durante todo el día, pagabas 50 céntimos, o en vez de dos euros por la mountain-bike, sólo un euro. ¡Estaba tirado de precio!

Abandonamos el pueblo bordeando el río Li. En apenas un kilómetro ya habíamos dejado atrás los edificios y nos habíamos metido por un camino te tierra que discurría entre los árboles. Recuerdo que al poco de empezar el camino había una casa muy pequeñita, con la puerta siempre abierta, con un cartel que anunciaba en inglés que allí podías afeitarte o cortarte el pelo. Yo siempre tuve la esperanza de poder convencer a Javi para que se acicalara en aquel lugar y así cotillearle un poco la casa al barbero, pero él nunca accedió.

En aquel paseo vi mis primeros arrozales. Y digo que fueron los primeros porque, aunque en Yi Jiang Yuan ya los había visto, aquellos me parecieron más reales. Creo que fue en este lugar donde realmente sentí el contacto con China y con todo aquello que no traía en mente desde Europa y que me hubiera gustado conocer con más profundidad. Era increíble atravesar con la bicicleta aquellos caminos por los que rara vez te cruzabas con alguien y podías pedalear durante varios kilómetros con la calma suficiente para pensar en lo lejos que estabas de casa, en todo lo que habías recorrido no Panorámica del rio Lisólo durante aquel viaje sino durante todos los viajes de tu vida. Sí, es cierto, en Yangshuo también me puse un poco metafísica, pero es que el paisaje invitaba a la meditación.

De regreso a la habitación hicimos una parada en una zona del río a la que se accedía por una pequeña cuesta de tierra. La verdad es que daba un poco de canguele meterse en el agua porque, con todo, el río Li es un río transitado por muchísimos barcos turísticos durante todo el día y el agua está más bien turbia. Aún así, hacía tanto calor que el baño era más una obligación que un capricho, así que no lo dudamos demasiado.

Ya en la habitación –por cierto, todo un hotelazo el Riverview… y súper barato-, nos volvimos a duchar y nos preparamos para dar una vuelta para descubrir la noche de Yangshuo. Para integrarse con la cultura, nada mejor que tomar unas cervezas LiQuan en un karaoke, al más puro estilo oriental. Mientras jugábamos al ajedrez y nos tomábamos unos cuantos botellines –la cerveza es mucho más suave que en Europa, aunque terminamos animadillos- un padre de familia nos deleitaba con su “maravillosa” voz interpretando una canción que en China debía de ser un éxito como los de Georgie Dann, porque todo el mundo la coreaba. Y aunque no era mi intención reírme en la cara del hombre, la verdad es que no pude reprimir las carcajadas. Por suerte nadie se lo tomó a mal –supongo que no éramos los únicos conscientes de que el hombre era peor que un directo de Enrique Iglesias-, y cuando acabó nos dejamos las manos aplaudiéndole por habernos hecho pasar un rato tan divertido.

Aquel fue el colofón final de la jornada.

 

 

 

Celina Ranz Santana

 

 

 

 

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