| Memorias de ojos rasgados. Parte 10: huéspedes inesperados. |
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| Tarjeta de Embarque |
| Sábado, 30 de Enero de 2010 |
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Pero continuemos con Guilin, porque la historia tiene tela. Después del maravilloso youth hostel de Xi’an, esperábamos que el resto del alojamiento en el país estuviera a ese nivel. ¡Bendita inocencia! En Guilin fuimos a parar a un hostal muy céntrico con el rimbombante nombre de “Oasis Inn”, y las Cuando llegamos al hostal ya con intención de acostarnos, conocimos a Joe, el gerente. Bueno, él se hacía llamar “Joe”, pero a saber cuál era su nombre original. A mí desde el primer momento el tipo me pareció un rollero increíble, con una capacidad sobrehumana para hilar palabras incompletas en una especie de dialecto del inglés –que nosotros apodamos “inglés-chino” o “inglés-inventado”- y que apenas te dejaba tiempo para digerir lo que te estaba contando. Total, que entre una cosa y otra acabamos apuntándonos a una excusión a la zona de Yi Juang Yuan, a unos 100 kilómetros de la ciudad. Al día siguiente estábamos plantados en la recepción a eso de las 7.30 de la mañana. Una chica nos acompañó al otro lado de la calle y allí nos recogió nuestra guía, que nos invitó a subir a una guagua llena de chinos, un matrimonio francés con dos hijos y otra pareja de españoles. El camino fue largo, porque 100 kilómetros por una carretera comarcal en China tienen su aquél… Pero nuestra guía fue amenizando las dos horas y pico de recorrido con una incesante retahíla –primero en chino y luego en inglés- que no nos permitía continuar con la cabezadita que nos estábamos echando -¡si es que vino a despertar al grupo para que estuviéramos atentos!- y que finalizó con una espectacular canción tradicional china. Cuando llegamos a nuestro destino, y aunque quede un poco gocho decirlo, lo primero que hicimos fue comer. Y es que después de la subida con bastante desnivel que tuvimos que hacer para llegar a la zona más céntrica de aquella especie de reserva protegida, nos dijeron –muy acertadamente- que la comida típica de la zona era el arroz y el pollo al bambú. Así que nos pedimos uno de cada y aquello estaba buenísimo. Resulta hay mucho bambú en la zona –y en todo el país en general, hasta tal punto que los andamios de construcción están hechos de bambú-, así que lo que hacen es que lo lavan y lo rellenan de comida para luego cocinarlos al carbón. El invento es todo un éxito: la camarera llega a tu mesa, abre el bambú por la mitad y… ¡sorpresa! La comida a punto Después del desmuerzo –desayuno almuerzo, también conocido como brunch-, seguimos subiendo por un empinado camino entre pequeñas casitas en las que vivían miembros de una de las más de 50 etnias diferentes que existen en China. En esta zona en concreto hay cuatro etnias diferentes que se encuentran protegidas por el gobierno chino ya que quedan cada vez menos miembros que las representen. Había gente trabajando en el campo, en los arrozales, en diferentes talleres e incluso subiendo a los turistas “al peso” en una especie de camilla de bambú. Ya cuando llegamos arriba nos encontramos con un paisaje sorprendente. Los arrozales se ordenaban ladera debajo de forma escalonada y nos dimos cuenta de que nos encontrábamos en la cúspide de una especie de pirámide circular con varias réplicas casi exactas a su alrededor. Nuestro concepto de “campo” y “naturaleza” alcanzó una nueva dimensión en aquel lugar que me hizo recordar a los Led Zeppelin con su canción Stairway to Heaven. Nos quedamos un buen rato “en las alturas”, recorriendo los senderos que la mayoría de los turistas no visitaba, en parte porque nos gustan los sitios poco concurridos y en parte porque estábamos buscando un lugar escondido en el que hacer pipí. De vuelta a la guagua aceleramos el paso pensando que llegábamos tarde, aunque tuvimos tiempo de pararnos para comprarle unas manzanas a una doña que vendía fruta en la puerta de su cabañita. Luego resultó que habíamos llegado de los primeros y que los chinos no son muy puntuales que digamos. Una vez reunido todo el grupo, la guía nos condujo a otra reserva. En realidad esta parte fue aún mucho más turística, pero la verdad es que nos reímos muchísimo ejerciendo nuestro papel de guiris idiotas cuando, subidos en una barca de bambú y en mitad de un río, nos hicieron cantar un estribillo en chino que acabábamos de aprender. También vimos una exhibición de bailes populares sólo con percusión, a un ritmo que parecía que al Y de vuelta a Guilin nos volvieron a engañar con una de esas paradas en una casa de té en la que te quieren encasquetar vasitos, teteras, hierbas y todo lo que pillen. Yo me quise marchar después de la primera cata, pero la tipa me cerró la puerta en las narices para que no escapara e indignada por el encerramiento contra mi voluntad y por la actitud altanera del turista francés, que se puso a discutir con la guía las propiedades de la teína, no me quedó más remedio que resignarme a que me siguieran vaciando la cabeza. Creo que Javi consiguió poner el piloto automático y que había empezado a echarse una de esas siestas con los párpados abiertos. Al fin en el hostal, en nuestro querido Oasis Inn que nos iba a brindar una maravillosa ducha y una merecida siesta antes de continuar con la ruta. Al menos eso era lo que pensábamos hasta que, al abrir la puerta, nos encontramos una cucaracha caminando por la pared. Es cierto que no era una de esas cucarachas enormes a las que estamos acostumbrados en España. Era una cucaracha pequeñita, pero con las antenas enormes, y se movía con la asquerosa cadencia de todos los insectos. “Mira Javi, ¡una cucarcha!”, dije mientras me encargaba de aniquilarla lanzándole una zapatilla. Ojalá hubiera sido “una” cucaracha, pero no… La habitación estaba llena de aquellas intrusas que aparecían por la papelera, debajo de la mugrienta moqueta, detrás de la cama, encima de la cama… ¡Por todos lados! Era horrible… Mientras Javi continuaba con la matanza yo fui a recepción a pedir que nos cambiaran de habitación. Fui decidida y convencida de que lo harían, así que no alcanzo a explicar cómo regresé a la habitación con la única Muy chulitos y convencidos de que podríamos encontrar cualquier cosa mejor, nos lanzamos a las calles de Guilin entrando en hoteles, hostales, pensiones… y en todos no decían que no tenían habitaciones disponibles. Bueno, en todos no. Hubo un hotel que nos ofrecía un pequeño zulo con baño-agujero en el que sólo cabía una cama sencilla y que ofrecía pero pinta que lo que nos esperaba en el Oasis Inn. Así que tuvimos que regresar al establecimiento del amigo –bueno, ya no tan amigo- Joe que siguió con sus rollos tártaros y nos ofreció una única solución al “problemilla” que, a juzgar por su actitud y sus risas, no debió de parecerle muy grave. Teníamos que esperar a que unos huéspedes terminaran de cenar en la recepción-comedor-sala de estar, para que él nos abriera el sofá cama y pasáramos la noche allí. Y como la situación era tan desesperada, tuvimos que acceder a aquella surrealista alternativa que nos tuvo toda una noche en vilo, sacudiéndonos como si las cocrochas nos vigilaran amenazantes desde la oscuridad, al lado de un gato que jugaba en la cocina con un mugriento hueso de quién sabe qué y pendientes de que no se nos pasara la hora de levantarnos porque tendrían que entrar los huéspedes a desayunar. Como no pegamos ojo, no nos costó salir de la cama, además muy temprano, con unas ganas tremendas de ir a la estación y coger una guagua hacia nuestro próximo destino, huyendo de aquel tétrico lugar de chiflados. Y es que, después de varios meses, sigo pensando que Joe estaba un poco turuleta, más que nada porque a la mañana siguiente, cuando fuimos a recoger las mochilas que habíamos dejado en su “despacho” durante la noche, nos dimos cuenta de que el tipo vivía en su despacho y había pasado la noche allí, en una camita. Creo que aquella imagen del tipo recién levantado devolviéndonos las maletas y pidiendo perdón por lo sucedido hizo que se me quitara toda la mala leche y el asco acumulados durante la noche anterior. Y cansados pero risueños llegamos a la estación y compramos nuestros billetes de guagua con destino al verdadero paraíso.
Celina Ranz Santana
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