| Memorias de ojos rasgados. Parte 9: La otra China. |
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| Tarjeta de Embarque |
| Sábado, 23 de Enero de 2010 |
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Aquella mañana habíamos dejado las mochilas en la recepción del Youth Hostel y habíamos recogido la ropa de la lavandería que había justo al lado. La verdad es que aquel establecimiento merecía todo un reportaje, porque el sistema que utilizaban para pesar la cantidad de ropa que queríamos lavar era muy curioso. La tarde anterior nos habíamos plantado en aquel mostrador con la intención de dejar un par de pantalones y camisetas que ya no nos iba a dar tiempo de lavar en “casa”. El tipo que atendía nos explicó muy gráficamente las tarifas por cada servicio y cuando nos decidimos sobre lo que queríamos, sacó la típica báscula de baño y una banqueta de madera que colocó con las patas hacia arriba sobre ésta Luego cogió la bolsa de la ropa sucia y la colocó sobre la banqueta, y de todo este avanzadísimo procedimiento dedujo la cantidad de ropa que queríamos lavar, hizo sus cálculos y nos pasó un papelito con el precio. Pues bien, después de recoger la ropa -toda ella muy bien lavadita-, y de dejar la habitación, nos fuimos a recorrer esa otra parte de la ciudad que no se parecía en nada a lo que habíamos visto hasta el momento. Bueno, en algunas cosas sí que se hacía evidente que seguíamos en China como, por ejemplo, en la cantidad de gente que había por las calles y que en algunos tramos era prácticamente imposible avanzar. Pero luego había tiendas, restaurantes y puestos callejeros que, de no ser por aquellas miradas de ojos rasgados que se encontraban al otro lado del mostrador, bien podrían haber sido sacados de un zoco. Cosas interesantes como la cantidad de dulces por metro cuadrado que había en aquellas callejuelas estrechas, o los innumerables lateros que se alineaban a ambos lados de una calzada adoquinada en la que apenas había espacio para que transitaran bicicletas, animales, coches, motos y personas.
Estuvimos caminando durante horas e intentamos visitar una mezquita en el centro del barrio, pero entre lo que tardábamos en avanzar, en encontrar la calle y en descubrir por dónde se accedía a la construcción, se nos hizo demasiado tarde. Teníamos que regresar al hostal, recoger las cosas y dirigirnos a la zona centro de la ciudad para coger un autobús que nos llevaría hasta el aeropuerto. Uf... viajar en avión en aquellos días, cuando no dejaban de oírse noticias sobre el tifón, no era nada apetecible. Pero era eso o viajar sentados en un tren durante más de diez horas o hacinados en las literas de un autobús durante otro tanto. Así que, en el fondo, creo que tomamos la decisión correcta. El aeropuerto de Xi'an era bastante moderno, tan moderno que los controles de seguridad a los que estamos acostumbrados en Europa desde hace Como era de esperar, el interior del avión también olía a comida y tenía la tapicería roja y viejuna, como de los años 70. A mí me pareció que era una decoración tipo película de Almodóvar y que a lo mejor el copiloto era un travesti drogadicto que terminaría llevándonos a casa de su anciana madre en un perdido pueblo del sur. Pero estos pensamientos no eran más que una forma de intentar olvidar que estábamos a punto de despegar, que el avión no me transmitía demasiada seguridad, que en la tripulación todos vestían igual y parecía que el azafato que te servía el pollo agridulce era el mismo que minutos más tarde estaría pilotando el avión y que nos dirigíamos hacia el sureste del país, un poquito más cerca del temido tifón. No fue un viaje agradable, no de ninguna manera. Por mucho que Javi se esmerara en quitarle importancia a los meneos del aparato, por mucho que intentara quedarme dormida, leer, escribir o simplemente dejar la mente en blanco durante las tres horas de vuelo. Así que cuando al fin aterrizamos, poco me importó el calor húmedo que hacía que la ropa se te pegara al cuerpo como si fuera de plástico. Sin saberlo aún, la parte más interesante de nuestro viaje había comenzado.
Celina Ranz Santana
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