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Memorias de ojos rasgados. Parte 7: a todo tren. Imprimir E-mail
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Domingo, 10 de Enero de 2010

Hostal en Xi´anEstuve casi dos días sin anotar nada en mi cuaderno de viajes. Y es que el cansancio  y el miedo repentino a un inminente viaje en avión habían causado mella en mis ánimos de viajera. Aquellos días en Xi’an habían dado un nuevo rumbo a nuestra viaje, que se había convertido aún más en una aventura, de esas con contratiempos y riesgos y, como no, con momentos muy divertidos.

 

La noche que subimos al tren que nos conduciría de Beijing a Xi’an en un viaje de casi trece horas, fue muy parecida a la una de esas noches de Reyes, en las que los niños –y a veces los no tan niños- no quieren irse a la cama y al final terminan rebozándose entre las sábanas, queriendo que amanezca, pero no tan rápido, porque cuando uno abre los regalos se acaba la magia. Así que quería llegar a mi destino, pero de alguna manera –y más ahora- me hubiera gustado que aquel viaje durara mucho más, y que atravesáramos toda China en tren o todo el continente, porque no hay una sensación más gratificante que la de sentir que estamos avanzando.

Nuestro compartimento del tren era mucho más de lo que hubiéramos podido imaginar. Compramos los billetes sin saber a qué nos íbamos a enfrentar, así que ya nos habíamos hecho a la idea de viajar en uno de esos compartimentos con cuatro literas y compartir la noche con dos desconocidos. Sin embargo, era una habitación con sólo dos literas y baño privado, todo un lujo. Por supuesto, apenas había chinos en aquel vagón. La mayoría de la gente viajaba en otras categorías: literas blandas, literas duras, butacas o incluso de pie. Antes de que el tren comenzara a caminar me di un paseo por el resto de vagones y comprobé que sí, que es cierto eso de que la gente viaja hacinada, sentada en el suelo, o sobre la maleta, apretadísima, de pie, agarrándose a lo primero que encuentran a mano. Agradecí a todas las energías del Universo concentradas en el yin y el yan el haber acertado con la compra del billete.

Una vez inspeccionado todo lo que se podía inspeccionar, nos quedamos un rato en el pasillo, a la espera de que llegara el revisor. Allí conocimos a Dani y a Izaskun, una pareja muy conversadora con la que compartimos anécdotas de nuestro viaje y de viajes anteriores. Pero, además de intercambiar historias divertidas, supe por Izaskun que un tifón se acercaba a China desde Taiwan y que en unos cuatro días nosotros iríamos en esa Compartimento de trendirección –aunque en teoría no entraríamos en zona de riesgo-. Y que, peor aún, el viaje no lo haríamos en tren sino en avión, porque ya habíamos comprado los pasajes. Así que ya tuve matraquilla para toda la noche…

Finalmente, entramos en el compartimento con intención de darnos una ducha, cenar algo y dormir. He de decir que los dos primeros planes no nos fueron del todo bien. Donde dije “ducha” quise decir “arréglatelas como puedas con un lavabo diminuto en un baño minúsculo” y donde dije “cena” mejor hubiera dicho “bote de cartón con tallarines deshidratados y picantes”. No habíamos comprado nada antes de subir al tren, así que le compramos algo al tipo del carrito que pasaba por el pasillo vendiendo aquellos sucedáneos de comida. La experiencia no fue muy buena: cuando añadí el agua caliente a los tallarines deshidratados, en vez de hidratarlos para comer pasta, los ahogué para terminar convirtiéndolos en una especie de sopa aderezada con una bolsita de especies que, para más recochineo, convirtió nuestra cena en un plato extra-picante. Para superar aquel ardor en la lengua, cogí un puñado de los cacahuetes que acabábamos de comprar y me lo metí todo junto en la boca, con tan buena suerte que… ¡llevaban guindilla! Así que el inicial extra-picante terminó convirtiéndose en un súper-extra-picante, cuyos efectos a medio plazo, y superada la quemazón, vienen a ser similares a los de la anestesia local.

Durante la noche el tren se movía muchísimo y aquello, mezclado con el ajetreo del día, los tallarines, los cacahuetes, el cansancio y la paranoia del tifón, me provocó unas pesadillas muy extrañas. Totalmente hipnótica, mi cerebro trataba de convencerme de que aquellos movimientos se debían a que los vientos del tifón nos estaban persiguiendo y que, de seguir así, íbamos a descarrilar. Y como las pesadillas son mucho más intensas cuando uno las comparte, estuve dándole la coña a Javi con eso de que tenía miedo porque aquello se movía demasiado y que si el avión de dentro de unos días se iba a mover igual yo no me subía ni me movía de Xi’an. Pero como éste tipo de alteraciones nocturnas son muy comunes en mí, me prestó la atención suficiente para que se me pasara el ataque de pánico y me volviera a quedar sopa –como un vulgar tallarín- hasta que prácticamente se había hecho de día.

Estación de trenYo no sé qué tienen los trenes, pero a mí me hacen sentir especial. Aunque sólo sea uno de esos trenes de cercanías que todo el mundo coge a diario en las grandes ciudades para ir a trabajar. Pero ir ahí, sentada junto a la ventana, contemplando un mundo que cuanto más cercano más deforme se ve, es tan relajante como moldear plastilina, que además nos deja restos de esos momentos bajo las uñas.

Nos despedimos de Izaskun y de Dani en la estación y nos dirigimos, arrastrados por la multitud, hasta la puerta principal. Allí, entre un montón de cabecitas prácticamente con el mismo corte de pelo, asomaba un cartelito con el nombre de Javi: un guía voluntario del Youth Hostel que habíamos reservado, nos venía a recoger a la estación.

Nos subimos con él a la guagua pública y fuimos hablando todo el trayecto. El chico hacía eso todos los veranos para practicar su inglés –aunque si nosotros teníamos que ser su referente de la lengua inglesa…. ¡pobre Shakespeare!-. Ya en el hostal tuvimos que esperar un buen rato a que nos dieran la habitación porque habíamos llegado demasiado temprano, así que dejamos las mochilas en recepción y aprovechamos para hacer un poco de turismo. Para empezar, fuimos a quitarnos el anestesiado bucal y nos metimos en una famosa heladería para hacer un desayuno nada saludable pero muy grato al paladar. Luego Torre de La Campanadimos una vuelta por el centro, por una calle que terminaríamos aborreciendo porque cada vez que salíamos del hostal seguíamos exactamente la misma ruta, que era la más directa y la menos liosa. Dos grandes avenidas atraviesan la ciudad de Xi’an, una en vertical y la otra en horizontal, y todas confluyen en la Torre de la Campana, una enorme pagoda, mucho más bonita durante la noche que de día.

Después del paseo, fuimos a comer. No había sido en absoluto un día muy activo, pero la no-cena de la noche anterior nos había dejado con apetito. Comimos en una especie de buffet en el que la comida era muy bonita pero no demasiado buena. Lo mejor de todo era el sushi, pero se me quitaron las ganas de comérmelo cuando Javi, muy oportunamente, me contó lo del anisakis.

Y finalmente, como había sido una jornada muy española, decidimos echarnos una siesta de siete horas para luego repetir otro de aquellos paseos de madrugada en los que las ciudades se cambian de disfraz.

 

 

Celina Ranz Santana

 

 

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