| Chişinău: Alexandru cel Mare for president |
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| Tarjeta de Embarque |
| Sábado, 26 de Noviembre de 2011 |
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Tercer día de viaje y un día de turismo por delante, abrocháos el cinturón porque en Chişinău nunca se sabe lo que puede pasar... Empezamos con calma, volviendo a recorrer la calle Stefan cel Mare y volviendo a comer en el restaurante LaPlacinte. Después de comer y ya repuestos de la noche anterior, recorrimos algunas calles de la ciudad menos céntricas. Pasamos por el Museo Nacional de Arqueología e Historia, por varios parques, vimos antiguas casas señoriales, edificios del gobierno e iglesias. No obstante, yo me quedo con los edificios de la época comunista. Bloques y más bloques de pisos, todos iguales, imposibles de distinguir los unos de los otros, y entre los cuales había camuflados hoteles. Una arquitectura monótona, gris, pesada, que le da a la ciudad ese aire de una época anterior. Caminando por las calles de diversos barrios de la ciudad, llegamos al Memorial Eternitate, un cementerio dedicado a los soldados rusos que cayeron durante la Segunda Guerra Mundial y durante el conflicto militar de Transnitria. Era un sitio inmenso, interesante desde el punto de visto histórico y En el centro del complejo había un monumento en forma de triángulo que tenía a la guardia rusa custodiándolo. Nos hicimos fotos con ellos, pero obviamente no movieron ni una ceja y, de pronto, como si el destino nos hubiera puesto allí en el momento adecuado, empezó el cambio de guardia. De repente, empezaron a caminar con las piernas en alto y a hacer filigranas con las armas. Estoy segura de que todos los días tienen cero espectadores, porque Chişinău no es Londres, ni el complejo Eternitate el Buckingham Palace, pero es un espectáculo que merece mucho la pena. Nosotros no teníamos verjas para verles, de hecho les podríamos haber tocado con la mano si las armas no impusieran tanto respeto, y en algún momento nos tuvimos que apartar de su camino porque venían directos hacia nosotros. La visita al complejo fue todo un éxito, era el momento, pues, de parar a tomar algo caliente, ya que hacía bastante frío y amenazaba con caer una tormenta. Nos paramos un un bar-restaurante que estaba vacío y nos atendió un camarero que apenas chapurreaba el rumano, que nos habló en seguida en inglés como buenamente pudo. Su físico ya le delataba: ruso ruso. Muy amablemente nos sirvió las bebidas, pero al cabo de diez minutos, y con la carta en la mano, se acercó a uno de mis amigos y le habló sólo a él. Le dijo que creía conveniente que para acompañar a su cerveza se pidiera algo de carne. Mi amigo lo consultó con los demás y le dijimos al camarero que trajera algo de carne a modo de tapa española, para picar todos un poco, vaya.
Diez minutos después volvió a venir, esta vez con una libretita en la mano y dirigiéndose a un tercer amigo. Le dijo que, si éramos tan amables de escribir en su cuadernito algo bueno sobre el restaurante, nos lo agradecería, y que por favor, mencionáramos su nombre, Alexandru. El camarero Alexandru, el rey del marketing, se merecía que escribiéramos lo mejor sobre él, porque uno por uno nos fue aconsejando lo que nos convenía. Le escribimos cosas buenas en todos los idiomas que conocíamos, terminando con un “¡Bravo Alexandru!”. En el cuadernillo solo habían escrito dos personas más antes que nosotros, pero como escribieron en ruso, ni idea de lo que le pusieron a Alexandru cel Mare (Alejandro Magno, se había ganado el nombre de sobra). Cuando salimos del restaurante, quisimos apuntarnos el nombre para poder volver si algún día regresábamos a la ciudad. Lo sorprendente es que el nombre estaba en rumano, y no en ruso, y traducido al español sería: Dacio al horno. Recordemos que los dacios eran los antiguos habitantes de Dacia, que corresponde a la actual Rumania (restaurante pro-ruso, blanco y en botella). Aquel nombre, en aquella ciudad, era como ponerle a un restaurante de Barcelona "Madrileño a la cazuela". El resto del viaje nuestro tema de conversación solía girar en torno a Alexandru. Nos planteamos hasta llevarle a España, buscarle un trabajo allí de camarero, convertirle en el mejor de su especie, en el rey del turismo, en el que nos salvaría de la crisis. Las noches de hotel pagadas se habían terminado y como decidimos alargar nuestra estancia en la ciudad, la última noche corría por nuestra cuenta, así que decidimos cambiarnos de hotel e irnos a un albergue. El albergue estaba bien, la chica era maja, pero cuando nos dirigimos a ella en rumano, nos dijo en inglés: “Lo siento, yo soy rusa”. Parecía que el destino nos llevaba siempre a todos los lugares pro-rusos de la ciudad. Después de hacer el cambio de hotel por albergue había que buscar un sitio para cenar y decidimos probar con un restaurante ucraniano (un 8,3 por ciento de la población de Chişinău es ucraniana). Llegamos al restaurante sobre las 8 y estaba vacío completamente. A las 9 seguía vació, a las 10 también. El camarero se lo tomó con calma y eso que éramos los únicos clientes que vio en toda la noche, y diría yo que en todo el día... Era sábado y terminó por invitarnos a unos chupitos. A día de hoy, no puedo asegurar que el restaurante siga existiendo. Aunque sabíamos que teníamos que madrugar al día siguiente, era nuestra última noche en Chişinău, así que decidimos ir a ver una discoteca de esas en las que te cachean a la entrada y en las que las chicas parecen modelos rodeadas de chicos con mucho dinero pero poca presencia... Si la discoteca hubiera estado en España, la hubiera calificado de discoteca pija, por la forma de vestir de todo el mundo, pero después de ir al baño no sabría qué decir. En Chişinău hay muchos baños que aún tienen letrinas. Había una letrina en la universidad y en el bar de Alexandru cel Mare, aunque en realidad la mayoría de sitios tenía un WC normal. En una discoteca de esas características, con todas las chicas con mini vestidos y taconazos, hubiera esperado un baño en condiciones, ¡pero no! Ahí estaba yo en la disco más chic de Chişinău y observando una maravillosa letrina delante de mis narices. Volvimos al albergue tarde, sobre las cinco de la mañana. Para nuestra desgracia, nos teníamos que levantar a las siete para desayunar y llegar a tiempo al centro, donde nos iban a recoger para hacer una excursión que nos había preparado gente de la Universidad. Nos metimos en la cama y todavía era de noche, pero un gallo no paraba de cantar... Buenas noches, mañana será otro vuelo.
Julia Marí Alcántara |
2009-2012 © El Ilustrador digital
Comentarios
Jajajaja ¡quita, quita! Ya salí escarmentado con el trabajo de fin de máster (que no te pasé por vergüenza jajaj) ¡como para pensar en doctorados! yuyu xDDD
La verdad es que habría que documentarse mejor sobre el tema idiomas en Moldavia, me parece un tema muy interesante! Si quieres hacer una tesis doctoral igual lo podrías hacer tú!jeje
En cuanto al tema idiomático, no entiendo que, por muy ruso-moldavos que sean o ucraniano-moldavos que sean, si el moldavo (rumano) es el idioma oficial, deberían aprenderlo en la escuela al menos ¿no? xD Documéntate, que, con Air Moldova, la tienes a tiro de piedra para volver cualquier puente jajaja (y ver si todo sigue como estaba... para bien o para mal :S, en plan: el bar ucraniano sigue abierto, eso implicaría que no se han ido al paro; o que todo sigue igual, bloques comunistas, letrinas, etc. jejejej). Besicos ;)
No creo que lo hicieran sólo para nosotros, pero igual lo exageraron un poco! jejeje
El rapero ni idea de en qué idioma hablaba... Pero se movía bien! jejeje
Felicidades Julita por tus artículos, como tú, tus historias y vivencias son la mar de peculiares ;)