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Viernes, 30.07.2010
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Memorias de ojos rasgados (crónica de un viaje a China): Toma de contacto. Imprimir E-mail
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Dragón, símbolo imperialCarlo Goldoni escribió en una ocasión que “El que no sale nunca de su tierra está lleno de prejuicios”. Por eso, siempre que surge la ocasión –y si no surge, es necesario provocarla-, me gusta lanzarme a la aventura, que poco tiene que ver con la cantidad de kilómetros recorridos o la duración del vuelo realizado. Uno se puede contagiar de mundo sólo con esquivar la rutina durante unas horas.
El viaje que les propongo en estas líneas es, sin embargo, uno de esos grandes viajes en los que se va ligero de equipaje pero con sobrepeso de emociones. Cuando la posibilidad de visitar China se convirtió en un hecho y ya estaban listos los visados y los pasajes ardían sobre la mesa del escritorio la noche anterior a la partida, sentí cómo esa nostalgia anticipada de las cosas cercanas y conocidas se neutralizaba con la curiosidad y la impaciencia frente al cambio. Y es que viajar, además de una puerta abierta hacia el aprendizaje, es una oportunidad para cambiar de identidad y ser, en otro lugar, lo que no nos atrevemos a ser en el origen.
Los capítulos que componen esta serie no pretenden ser un reportaje en profundidad, ni una guía de viajes, ni siquiera unas notas de recomendación. Son sólo un mosaico de emails, apuntes y sensaciones que fui recopilando durante las cuatro semanas de viaje por China.

Toma de contacto

De pequeña, el profesor de gimnasia me llamaba “Doña Pupas”. Era una de esas niñas que miden lo mismo de largo que de ancho, que nunca aprendió a dar la voltereta –supongo que por miedo a rodar eternamente- y que odiaba hacer el test de Cooper. Rezaba por que el profesor no viniera a clase y pudiéramos dedicar esa hora a cosas más interesantes en lugar de a jugar al briley –siempre me llevaba yo los pelotazos- o subir y bajar de las espalderas –soy la única persona del mundo capaz de caerse de algo tan sencillo como una espaldera-. Esas accidentadas clases de gimnasia me hicieron desarrollar un mecanismo de defensa tan primario como efectivo: “estoy enferma”. Así fue como descubrí el poder de la palabra, porque después de una afirmación de este tipo había que desarrollar el resto del diagnóstico. El caso es que gracias a la verborrea y a un poquito de interpretación, logré escaquearme en muchas ocasiones de las aborrecidas clases de gimnasia.
Pero como de todo acto se deriva una consecuencia más o menos inmediata, a largo plazo llegaron los Tarjetas de embarqueefectos secundarios de tanta engañifa y, una mañana en la que me levanté mocosa y estornudando, me di cuenta de que me había convertido en una hipocondríaca.
Ustedes se preguntarán por qué les cuento todas estas intimidades en una sección en la que supuestamente he venido a hablarles sobre viajes. Ha sido más que nada para que entiendan cuál era mi situación cuando tomamos el avión Helsinki – Beijing y poco después del despegue ya estábamos rellenando unos impresos en los que ponía “¿Tiene usted alguno de estos síntomas?: 1.Dolor muscular 2.Malestar general 3.Fiebre 4.Estornudos 5.Escalofríos 6.Dolor de garganta…”. Los síntomas de mi constipado común –con tintes de hipocondría- se intensificaron con la lectura de aquel impreso en el que, por supuesto, no estaba dispuesta a delatarme. Así que respondí a todo que no, que vamos, qué ocurrencias… yo estaba como una rosa.
Ojalá el proceso funcionara a la inversa y, con sólo pensar en lo sanísima que estoy, se me cortara la chorrera de mocos y estornudos. Pero no, fue un viaje bastante incómodo. Acurrucada bajo la manta -el aire acondicionado estaba a tope- y sentada al lado de un chino que no paraba de cantar, era difícil encontrar la posición más apta para un sueño que habría de durar casi ocho horas de vuelo. Suerte que tengo tanto de hipocondríaca como de superviviente, e hice de mocos corazón para llevar con dignidad aquella enfermedad casi inventada.
Pero volvamos al tipo de la izquierda, el chino cantarín, una especie que siempre te vienes a encontrar en espacios reducidos porque es donde mejor se desenvuelve. Se expande por su asiento e invade parte del tuyo sin remordimiento ninguno. El chino cantarín me llevó durante horas aprisionada bajo mi manta porque ésta estaba debajo de su orondo culo. Eso por no hablar del reposabrazos, del que se hizo dueño y señor nada más sentarse. Total, que el único movimiento para el que estaba capacitada en mi estado era girar la cabeza hacia la derecha para contarle a Javi, mi compañero oficial de viaje, lo incómoda que estaba, y fue éste el que me incitó a recurrir a la violencia física. A punto estaba de pegarle un codazo al chino cantarín cuando -¡milagro!- éste decidió girarse hacia el lado contrario, liberándome del aprisionamiento de la manta, dejando vacío el reposabrazos y de paso… regalándome un tufillo a pedo acumulado que la verdad es que hubiera preferido quedarme como estaba.
Sin duda aquella sorpresa olorífica tuvo en mí un efecto sedante prácticamente inmediato, pero justo cuando empezaba a agarrarme a ese sueño remoto que tanta falta me hacía, aparecieron las azafatas en brigadas de dos repartiendo la primera comida entre los ansiosos pasajeros. Mi amigo musical no se calló ni para comerse el pollo al curry que nos sirvieron. Temblé al pensar en la conjunción de todas aquellas especias en su estómago, así que opté por dormirme otra vez –y cuanto antes-, para evitar males mayores.
Salvo por este pequeño contratiempo en cuanto a mi peculiar compañero de viaje, fue un vuelo agradable, en fin, todo lo agradable que puede ser viajar en avión durante ocho horas para una hipocondríaca con mocos, en plena pandemia de la Gripe A y a punto de desembarcar en un país con una considerable fobia a los enfermos europeos. Contra todo pronóstico, fui capaz de superar uno de mis grandes miedos: levantarme del asiento. Y, aunque el paseo fue más bien breve, fui al baño y hasta recorrí el pasillo, “calle arriba, calle abajo”.
Pero sólo cuando llegué al aeropuerto de Beijing empecé a tomar conciencia de que me había convertido en otra persona.


Celina Ranz Santana

 



Comentarios
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Carlos  - Esto promete   |15-11-09 09:00:53
Divertido, ameno, simpático, entretenido,gracioso, aleccionador, sugerente, intenso y, sobre todo,
bien escrito.
¡Bravo por la autora!...
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