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Martes, 28 de Septiembre de 2010

PatosValeriano Pérez

Lunes 28 de junio de 2010.  Tampoco hoy moveremos el coche y tras el buen desayuno nos acercamos de nuevo a la zona histórica para coger el bus turístico (el encarnado), pagando el billete al propio conductor.

El billete nos permite subirnos y bajarnos en cualquier parada del itinerario urbano sin limitación, siendo válido para 48 horas. Como son solo las 9.30, podemos elegir sitio y lo hacemos en la parte superior, bajo una cabina transparente y en la primera línea de asientos. Al subir te regalan unos cascos que te permiten seguir las explicaciones  automatizadas de los lugares por donde pasamos en tu propio idioma y cuando no facilitan información van transmitiendo música y canciones típicas de Portugal, como el fado, por lo que no es posible aburrirse. El itinerario resulta interesante y desde luego descansado, aunque dure casi dos horas y no se limita a recorrer el centro histórico sino que pasa por la Plaza de Mouzinho Alburquerque,  con su gran monumento a la independencia (el león venciendo al águila) y ya desde esta rotonda se inicia la interminable Av. de Boavista, de 6 km. que llega hasta la playa

Ya frente al Atlántico, gira en la Plaza Gonzalvez, cerca del Castillo de San Francisco Javier y sigue por una larga avenida que discurre a la vera del Duero y que cambia varias veces de nombre, para concluir en  La Plaza de la Ribeira, en el centro histórico y neurálgico de la ciudad. Desde este lugar, sin detenerse, atraviesa un túnel y cruza el Puente de Dom Luís, pasando a la otra orilla, la de Gaia y recorre la avenida opuesta, mucho mas corta, para regresar al punto de salida: la céntrica Rua del Infante Don Enrique, donde nos bajamos cuando son las 11.15.

Ahora vamos a hacer un recorrido por nuestra cuenta y por eso vamos a ese puente nuevo que mandó construir Luís I en 1886. Al pie son aún  Tranvíavisibles los pilares que sostenían el viejo colgante, desmontado en 1887. En los pilares hay una placa conocida popularmente como “almiñas da ponte” que recuerda a los miles de desgraciados que perdieron la vida al hundirse ese puente cuando huían de los franceses, el 29 de marzo de 1809. A pocos metros está el funicular “dos Guindais” que nos sube hasta la plaza de Batalha. Con el mismo billete de 1,40 € utilizado, cogeremos mas tarde el tranvía, el metro, el autobús y de nuevo el funicular. En esos transportes pasamos la orilla hacia Vila Nova y nos acercamos al espléndido mirador que forma la amplia baranda del Monasterio de Serra do Pilar, para contemplar una increíble panorámica de Porto.

El monasterio (Patrimonio de la Humanidad, al igual que el Puente), tiene planta circular y está cubierto por una gran cúpula con linterna. Vueltos finalmente al pie del “Ponte” decidimos cruzarlo caminando y nos vamos a comer en la ribera izquierda, la de Vila Nova y lo hacemos aceptablemente en el Club Fluvial Portuense aunque no pedimos callos. A los portuenses se les llama “tripeiros” por ser ésta su comida más castiza. Las tripas (callos con chorizo, judías y zanahorias) fue el único despojo que no embarcó la voraz expedición de Henrique el Navegante por lo que los ciudadanos tuvieron obligados a comerla durante mucho tiempo.

Tras comer iniciamos un paseo por esta orilla que, en contra de lo que cabria suponer al verlas separadas por un río que salva tantos puentes, son localidades independientes con “Consejo o Cámaras autónomas”. Así,  Vila Nova de Gaia tiene más habitantes que Oporto (295.000) y es capital del consejo del mismo nombre aunque pertenece al distrito del  Gran Oporto y es el verdadero emporio de su afamado vino generoso. Caminamos por la zona más visitada, en la que se concentra la mayor parte de las bodegas y entramos en una de ellas, la de Croft, donde nos ofrecen degustaciones de algunos de sus productos más interesantes. En sus naves vemos barricas capaces de almacenar 40.000 litros de vino. En realidad todas las grandes bodegas desean las visitas del público en general y de los turistas en especial, ya que suelen tener un alto nivel adquisitivo para comprar sus vinos, poniéndoles microbuses gratuitos.

PortugalHacemos valer nuestro pase para volver a coger el bus turístico que nos lleva en esta ocasión por esta extensa zona de Vila Nova de Gaia que de otra forma sería muy cansada de recorrer y nos faltaría tiempo. Pero sí nos quedan fuerzas para visitar el Parque da Cidade que está al final de la Avenida de Boa Vista. No solo es el más grande de Porto sino del país pues tiene 800.000 m2 y mas de 8 kilómetros de caminos.

Lllegamos a las 19 horas y vamos a recorrerlo, paseando sus prados en dirección a la playa. El lugar nos encantó por su sencilla belleza, lejos de la rancia magnificencia de los jardines de Versalles o Aranjuez. En sus lagunas nadan muchas especies de aves como gansos, ocas, cisnes, patos, gaviotas, etc. que acuden en tropel cuando alguien les lanza pedazos de pan. Los peces van también y las gaviotas aprovechan  para atraparlos con habilidad, sin importarles la presencia humana. Fue un placentero y distendido paseo que concluye frente al fuerte de San Francisco Javier o Castelo do Queijo (queso) curioso nombre con que se le conoce debido a la forma de la roca sobre la que se asienta.

Para llegar al pie del castillo debemos cruzar una carretera que, a la derecha conduce hacia Matosinhos, el segundo municipio en importancia que forma el Gran Oporto pues supera los 167.000 habitantes pero ahí no iremos y nos limitaremos a contemplar de lejos, una gigantesca pandorga de  casi 100 m. de diámetro, que parece la puerta de entrada de la ciudad. Del nombre de Oporto (el puerto en portugués) parece deducirse que tiene un gran puerto pero es solo Leixoes, otra de sus ciudades satélites  situada al norte de la bocana del Duero, la que dispone de una rada o  puerto accesible para barcos de gran tonelaje y por donde sale su vino.

Desde el “castillo del queso” se inicia esa gran avenida con dirección al centro y que tiene anexo un paseo, a veces de madera y otras de losetas, por Portugalel que apetece caminar pues permite ver y respirar el aire marino. Seguimos pues por esta zona costera que presenta algunas rocas bajas que se alternan con pequeñas calas de rubia arena que invitan al baño. Avenida adelante llegamos a los Jardines del Paseo Alegre y pronto nos llega un sonido extraño que va aumentando y que luego descubrimos proviene del Farol-Capela de Sao Miguel-o-Anjo (1527) que es el faro en uso, más antiguo del país. El motivo de que emita esa quejumbrosa queja y no el lógico haz de luz, es por la densa niebla que lo rodea todo. Después de caminar durante unas 2 horas nos apetece coger la guagua que nos devuelve al centro histórico y ya procede buscar donde cenar muy ligeramente, pues Enrique se está quejando de que va a engordar.

Y dando un postrer paseo “porteño” nos acercamos al hotel ya que es necesario descansar bien, pues mañana promete ser otro día de jarana.

 

 

 

Valeriano Pérez

Fotografía: Enrique Vera

 

 

 

 

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