Miércoles, 23.07.2014

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Martes, 21 de Septiembre de 2010

TimbreValeriano Pérez

La “piba” nos lleva con cierta  facilidad hasta el hotel Best Western Inca de 4* que está en la Plaza Coronel Pacheco nº 52  cuyo precio de 110,00€ por las dos noches resulta correcto y suficiente para nuestras necesidades. Es céntrico, fácil de aparcar y de abundante desayuno.

 

Es hora de almorzar y en el hotel nos guían sabiamente hasta el buen restaurante “Papagaio”, no muy lejano y fácilmente localizable gracias al plano que también nos dan. Allí comemos muy aceptablemente y el exquisito postre lo hallamos en una pastelería próxima, acompañado de una copa del generoso vino que tanta fama y nombre da a la ciudad. En sitios así recordamos a esos dos buenos amigos a los que echamos de menos; Pedro Cruz y Julio Gil y solemos brindar por ellos (q.s.j.p.p).

La primera impresión que me produjo Oporto fue y sigue siendo muy positiva aunque en varias ocasiones se me oyó criticar de las gaviotas cuya presencia, en principio simpática, se hace condenable por la gran cantidad de visibles excrementos que dejan sobre los coches o edificios. En Tenerife me gustaba verlas surcar los aires con su indolente y grácil vuelo, a pesar de saberlas carroñeras. Incluso cuando limpio el pescado en la playa del Puertito les tiro comida, pero el ver aquí como una de ellas raptaba un pichón de paloma y se lo comía, me causó indignación. Se han adueñado de Oporto, ocupando terrazas y azoteas de edificios públicos y privados. Además se las oye graznar tan fuertemente que es de suponer han de molestar el descanso de los vecinos, enfadándolos y de seguro, muchos habrán pensado comprarse una escopeta de balines.

Regresamos al hotel y a media tarde salimos a dar un paseo y conocer la ciudad y bajando por la Rua peatonal llegamos al conjunto barroco formado por las consecutivas Iglesias del Carmen y de las Carmelitas. En la del Carmen hay un cartel que dice “Horario de atendimento de la Igrecia SEG-SEX” y alguna mente malsana creyó leer: sexo seguro, en lugar de los días en que se atendía; de lunes a viernes (de SEG/unda a SEX/ta en portugués). La iglesia tiene un lateral cubierto de azulejos. Seguimos bajando y vemos la Igrecia dos Clérigos con una magnífica torre con 225 escalones que no apetecen subir, a sabiendas de que es un emblema de la ciudad y que, desde ella, se vería una gran panorámica.

Salimos a la Plaza da Liberdade presidida por la estatua ecuestre de Pedro IV en el acto de la entrega de la constitución al pueblo y vemos  la Iglesia de Dos Congregados, para salir a la Plaza da Almeida Garret. Ante ella se encuentra la estación de ferrocarril de Sao Bento (San Benito) inaugurada en 1915 que tiene una gran fachada en piedra con torres parecidas a las del Louvre. Su interior aparece decorado con bellos azulejos que representan episodios históricos y escenas rurales.

Aquí enlazamos con la Rua de Mouzinho Silveira y por fin llegamos a la Plaza de la Ribera. Cara a esa plaza, en una hornacina al aire libre, vemos una Portugalfigura estrafalaria, casi un muñeco malhecho, que más que piedad, inspira risa. Pregunto a quién representa y me dicen que a San Juan Bautista, patrono de la ciudad. Perdone usted, Señor San Juan. Con intención de conocer mejor la ciudad contratamos una excursión en barco por el río y mañana nos subiremos a uno de esos autobuses descapotables que la recorren continuamente pues sabemos que a este sitio no se viene con frecuencia y debemos aprovechar la oportunidad. Es un barco preparado para el turismo que hace una ruta fluvial de casi 2 horas. Sale de la Praza da Ribeira, llega hasta el Ponte Do Freixo donde gira y cruza bajo los otros cinco puentes hasta llegar casi a la desembocadura al Atlántico en donde vuelve hasta su punto de inicio. Fue un recorrido interesante en el que hicimos fotos inéditas y vimos la ciudad desde abajo, a nivel del agua y como el Puente de la Arrábida parece sostenerse sobre un solo arco, fenómeno curioso posible gracias a la densa niebla de la orilla derecha que al parecer se da casi a diario.

PortugalLa tarde es aún joven y le sacamos partido subiendo por la estrecha y empinada callejuela de la rua de Mercaderes que primero nos saca a la Iglesia de San Lorenzo y más tarde hasta la mismísima catedral. La Catedral, gótica/románica fue construida entre los siglos XII y XIII y tiene aspecto externo de fortaleza. Su fachada presenta un rosetón original y reforma barrocas en torres y portada. En el crucero se halla  enterrada Maria Pacheco, mujer del comunero Padilla, que huyó hasta  aquí disfrazada de labradora tras fracasar su intento de seguir la lucha. Desde esta altura vemos las llamas de un incendio que se ha desatado en Vila Nova y vemos a los bomberos acudir con sus estridentes sirenas. Dejamos la catedral cuya estampa no me pareció llamativa, anodina más bien e impropia, a mi escaso saber, de una ciudad tan importante.

Vamos tomando el rumbo del Hotel y para ello debemos pasar por la Avenida de Los Aliados, que guarda cierto aire de bulevar parisino y que cierra el Palacio del Consejo, de esbelta torre y que compite en elegancia con la torre de Los Clérigos, ese emblemático faro ciudadano. Frente a sus escalinatas han instalado una gran pantalla de TV para seguir los partidos por lo que la plaza se ve muy concurrida. Como el fútbol no es un plato de nuestra devoción seguimos camino adelante. En un costado de la Cámara Municipal hay una oficina de información  y el policía de turismo que la lleva nos hace pasar. Nos atendió de p.m. y además de información escrita da consejos para movernos sin peligro por Oporto, ante la nociva presencia, según él,  de rumanos y árabes. Sus consejos no son, por conocidos, menos convenientes. No dejar cosas de valor a la vista en los coches, procurar dejarlos en aparcamientos y otros similares, plenos de sentido común. Un 10 para este buen agente.

Seguimos pues nuestro avance y cuando ya anochece recalamos en un bar cercano al hotel (casa Mirita) en donde cenamos muy ligeramente, quizás la comida más floja que hicimos y haciéndonos entender, como siempre, por ese lenguaje que casi nunca falla: las sonrisas y la mímica.

 

 

 

Valeriano Pérez

Fotografía: Enrique Vera

 

 

 

 

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