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Martes, 17 de Agosto de 2010

MiradorValeriano Pérez

Viernes, 25 de junio de 2010. Después del copioso desayuno que nos sirven, a las ocho se nos ve salir a descubrir cosas nuevas de la ciudad.Por similares avenidas que ayer nos ponemos en la zona “Baixa” y ya por la calle central, la peatonal Rua Augusta, salimos a través del Arco da Vitória a la porticada, elegante y muy atractiva Plaza del Comercio.

Este enorme espacio abierto al estuario es conocido también como Terreiro do Paço Real, ya que aquí se alzó en su día el Palacio Real. La plaza está presidida por una estatua ecuestre en bronce de José I en cuyo reinado sucedió el terremoto (1755) y la posterior reconstrucción.

Después de hacer algunas fotos nos acercamos al muelle donde atracan  los ferrys que vomitan sucesivas oleadas de pasajeros ya que ellos unen con cortos intervalos de tiempo, la zona comercial con la orilla opuesta, justo donde se asientan diversas ciudades como Almada, Cacilhas o Varela que, al estar integradas en el área urbana de la gran Lisboa,  cumplen la doble función de cinturón industrial y ciudades dormitorio.

Volvemos nuestros pasos hacia la plaza Figueira y cogemos el tranvía que nos sube hasta el Castillo de San Jorge que nos proponemos visitar. El tranvía casi trepa por las sinuosas calles de los barrios Alfama y Mouraria que circundan la colina sobre la que se asienta ese baluarte defensivo y que muestran la impronta árabe de la ciudad, en una de las zonas mas antiguas y castizas de Lisboa por las que luego caminaremos.Placa El Castillo, de oscuro origen, fue construido por los árabes sobre una antigua fortificación visigoda del siglo V Sus murallas y almenas sirven como excepcional atalaya para admirar la ciudad que queda a sus pies.

Después de recorrer sus distintos aposentos y jardines y sin esperar la visita guiada de las 12 horas (el primer inscrito elige el idioma entre español, portugués, inglés, francés o alemán) dejamos la fortaleza e iniciamos la bajada no sin antes comprobar el rigor de la policía lusa. En efecto, en casi todas las principales ciudades, el aparcamiento está regulado y hay que pagar. Alrededor del castillo habían varios coches mal aparcados que tenían cepos puestos, ya dispuestos para llevárselos la grúa. Entre cepo, grúa, multa y depósito, la cuenta resultará salada.

La bajada resulta interesante y ya en la Plaza de Pedro IV nos intriga ver una aglomeración delante de un “barito” en la que todos tenían un vasito en la mano y siguiendo el lema de “allí donde fueres, haz lo que vieres” pedimos uno. Resultó ser un licor destilado a base de guindas; la popular “ginjinha”, un auténtico Castillocombustible para los lisboetas. En Lisboa existen algunas tascas del siglo XIX y principios del XX conocidas por el nombre de esta bebida y en los que prácticamente solo venden esta bebida. Son espacios pequeños con un mostrador, en que los clientes permanecen de pie el tiempo justo de beber su vaso y están abiertos desde la primera hora de la mañana hasta casi la media noche. Ahora nos dirigimos hacia el barrio alto (Bairro Alto) y para ascender vamos a utilizar el genuino y antiguo Elevador da Gloria. Ya arriba nos asomamos al mirador de Sao Pedro de Alcántara para ver una bella panorámica de la ciudad con el emblemático castillo como fondo.

Ya procede buscar donde almorzar y coincide que tenemos muy cerca  el restaurante buffet argentino “Paparrucha”. Sentados ante una mesa que tiene una visión sobre la ciudad, “jantamos” muy aceptablemente, para luego proseguir nuestro camino hacia el hotel, en busca del coche. Sacamos el “carro” del estrecho aparcamiento hotelero y eran las 16 horas cuando cruzamos el mítico puente de hierro de revolucionario fama. A nuestra izquierda se yergue la monumental estatua dedicada a Cristo Rei de más de 80 m. de altura, similar al Cristo de Corcovado de Río de Janeiro, que esconde un ascensor que lleva a un Miradouro.

Seguimos por la A2 camino de Setúbal, el tercer puerto marítimo del país, que se sitúa en la desembocadura del río Sado. La ciudad tiene 123.000 hab. y fue fundada por los fenicios en el año 1000 (a. de C.). Allí buscamos un lugar idóneo para aparcar y fuimos victimas de una pequeña estafa del parquímetro que se tragaba nuestras monedas sin dar recibo válido. La cantidad (unos 3€) no era importante pero no era cuestión de probar la suerte y podíamos ser sancionados sin necesidad. Un atento policía republicano que nos ve se acerca e intenta ayudarnos derivándonos hacia la cercana “Cámara Municipal” (el ayuntamiento). Allí no fuimos tan bien atendidos pues quien nos recibió actuó como lo hacen siempre los malos funcionarios: escurriendo el bulto, diciendo con mala cara y muy poca delicadeza que esta oficina del ayuntamiento ya debería encontrarse cerrada y que eso también pasaba en España.

Fue el único borrón que encontramos en estos ocho días y a mi juicio le faltó habilidad para solventar el incidente. Pudo mostrarse receptivo  pues, habiendo reconocido el mal servicio, debió darnos una hoja para poder reclamar y tirarla luego pues el asunto tampoco daba para más. Esa circunstancia no nos privó de recorrer la ciudad y hasta comprar algunos recuerdos y eran las diecinueve horas cuando dejábamos la localidad e iniciamos el regreso a esa Lisboa que ofrece más alicientes. Tendríamos que haber cogido el mismo itinerario que a la venida pero en algún cruce nos despistamos e hicimos la entrada por el puente de Vasco de Gama y volvemos a “retratarnos” (por tontos, no por guapos).

A las 20 horas llegamos al hotel y saludamos de nuevo a Tiago el atento botones que al parecer adolece de alguna pequeña deficiencia mental lo cual me hace mirar al hotel con mejores ojos por su labor humanitaria. Aún hacemos una breve salida para cenar y fuimos al mismo sitio en que estuvimos anoche y ya sin prisas, alargando adrede el grato paseo volvemos a nuestra provisional morada para descansar a pierna suelta.

 

 

Valeriano Pérez

Fotografía: Enrique Vera

 

 

 

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