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Martes, 10 de Agosto de 2010

LisboaValeriano Pérez

Nos apetece llegarnos a la ribera del Tajo y para ello cruzamos la plaza de Pedro IV donde se yergue su estatua y seguimos hasta su anexa e inseparable plaza de Figueira, auténtico corazón de Lisboa, en cuyo extremo norte estuvo el temible Palacio de la Inquisición y donde desde el siglo XIX, se alza el majestuoso Teatro Nacional de Dona Maria II.

Aquí vamos a coger el tranvía nº 15, una verdadera reliquia del pasado que se ha conservado perfectamente y que nos va a conducir por toda la avenida marítima, hasta la curiosa y enigmática Torre de Belém. Subimos al tranvía y comprobamos consternados que había que pagar  en monedas y no teníamos suficientes por lo que tuvimos que pedir 20 céntimos a una joven a la que devolvimos el favor con caramelos. Para más inri la ranura no admitía tampoco monedas de un céntimo de los que teníamos cinco y tuvimos que pedir que nos las cambiaran también.

En general la gente se mostraba muy receptiva y amable y quizás por eso me molestó más aún que, en una parada intermedia se subieran un grupo de españoles enfadados, me es igual si con razón, que hicieron comentarios despectivos sobre la gesta del 25 de Abril. Sentí vergüenza. Bajamos en el tranquilo y residencial barrio de Belém, punto simbólico en que Vasco de Gama inició su increible viaje a la India el 8 de julio de 1947.

Caminamos hasta la famosa Torre, un ejemplo del arte manuelino. Es una torre defensiva, edificada en lo que antes fue una isla a la entrada del río, absorbida por ampliaciones costeras y fue más tarde prisión y  centro  de recaudación de impuestos para poder entrar en la ciudad. Próxima a ella está una segunda fortificación defensiva mas grande, el Fuerte del Buen Suceso Vamos por la avenida da India flanqueada por bellos y notables edificios como el Centro Cultural de Belém, la plaza del Imperio, El Monasterio de los Jerónimos, Museo de los Coches, etc.

Llegamos al “Padráo do Descubrimentos” que fue construido en 1960 en el 500 aniversario de la muerte del príncipe portugués Enrique el Navegante, patrocinador de los descubrimientos y exploraciones de finales de la edad media, la época dorada de la navegación portuguesa. En el suelo vemos la Rosa de los Vientos, un regalo de Sudáfrica en su inauguración. El monumento en sí tiene 52 metros de altura y forma de carabela con el escudo de Portugal a ambos lados y la espada de la dinastía de Avis sobre la entrada. Su interior encierra un elevador que lleva hasta la sexta planta, donde se ubica un mirador sobre el río Tajo. En la proa de esta pétrea nave aparece la figura del príncipe  (1394 - 1460) con una carabela en las manos. Es frecuente considerar el año de 1415 y la conquista que hizo de la plaza de Ceuta, como el inicio de una época que se prolongó a lo largo de 150 años durante la cual Portugal extendió su dominio por todo el mundo y que concluyó en 1599, con la fundación en Brasil, de San Salvador de Bahía, por Tomás de Sousa. Pero fue durante los reinados de Juan II y Manuel I entre 1481 y 1521 cuando los más famosos exploradores portugueses cartografiaron y tomaron posesión de distintos territorios en África, América y Asia.

Seguimos avenida adelante que ya cambia su nombre por el de Brasilia y según avanzamos oímos cada vez mas intensamente un ensordecedor ruido que al fin podemos identificar como proveniente del “Ponte 25 de Abril” y que producen los vehículos al circular por ese puente metálico. Pasamos bajo su pilar izquierdo, cerca del cual han hecho una artística y modernista instalación de pulido acero que, según dicen, usan para eventos musicales Lisboasin que, por lo visto, les moleste el ruidoso puente quizás porque ellos logran ahogar ese “barullo” con el suyo el propio. Cruzamos por una hilera de restaurantes con música en vivo y por fin  decidimos coger una guagua que nos deja en la Plaza del Marqués de Pombal. En uno de sus laterales se inicia el Parque Eduardo VII y como casi nos cae de paso hacia nuestro hotel nos apetece pasear por él.

El parque, quizás el mejor ajardinado de la ciudad, fue inaugurado en 1903 y debe su nombre al monarca inglés que visito Lisboa en ese año. En la parte alta destaca un mástil con una enorme bandera portuguesa. Seguimos el paseo en dirección a la Plaza de España para derivar hacia la avenida de Berna, la misma que nos conduce al hotel, y como ya va siendo hora de “llenar la barriguita” nos detenemos en una pastelería-restaurante que resultó bueno y con una buena relación calidad-precio.

Ya el hotel queda muy cerca y admirando al pasar el derroche de luz de la plaza de “touros“, eran las 10 cuando estamos en nuestra morada.

 

 

 

Valeriano Pérez

 

 

 

 

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