Martes, 07.02.2012

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Memorias de ojos rasgados. Parte 22: Las mil caras Imprimir E-mail
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Viernes, 02 de Julio de 2010

Gente Salimos de China sin problemas a pesar de no disponer de ningún documento escrito que certificara que estábamos limpios de cualquier indicio de Gripe A. Tal vez es que, una vez fuera del país, poco le importaba a los chinos si nos llevábamos un virus como souvenir.

Creo que tardé aproximadamente tres días en despedirme de China, y que incluso cuando llegamos a Helsinki y después continuamos nuestro viaje hasta Madrid y finalmente aterrizamos en Tenerife tres días después de haber abandonado el país del arroz, yo aún seguía despidiéndome. Tal vez es que China es un país demasiado grande como para marcharse con un simple “adiós” desde la ventanilla del avión. O quizás que fueron tantas las experiencias vividas durante aquel mes que para terminar de irse del país era necesario despedirse una a una de todas ellas. Casi un año después aún hay días en los que pienso que, de alguna manera, nunca se abandona del todo un país como China.

Por eso esta última entrega con la que se cierra un capítulo de nuestras aventuras por el mundo pero no de los recuerdos de esos días y, probablemente, de esos recuerdos futuros que también nos creamos al viajar, lo he querido dedicar a las mil caras del país de los ojos rasgados.

Eso de que “todos los chinos son iguales” tiene mucho de tópico, y como todos los tópicos, termina Gentesiendo irrelevante. Si bien es cierto que, incluso estando allí, me resultaba difícil diferenciar la cara de la recepcionista de la de la señora que nos vendía agua en la esquina o la que nos servía arroz todas las noches, tengo la certeza de que China es un país de mil rostros. Tantos rostros como emociones, sentimientos y expectativas produce el simple hecho de sentirse extranjero en un lugar tan alejado de lo cotidiano, de lo que aparentemente conocemos, que todo, desde comprar pasta de dientes hasta pedir la cuenta en un restaurante, se convierte en una aventura.

Recordar China es revivir una nostalgia que tal vez me llegó de forma anticipada el día que aterrizamos en el aeropuerto de Beijing y tomamos conciencia de que habíamos atravesado medio mundo para explorar un territorio desconocido en el que la comunicación era una actividad tan extremadamente necesaria como compleja. Así que empecé a echar de menos desde el principio porque sabía que pocas veces en la vida se tiene la posibilidad de vivir una experiencia como ésta y que la realidad tiene un sabor más intenso cuando se toma conciencia de ello.

Revisando las fotos siento que, definitivamente, son las cosas pequeñas las que hacen grandes a las personas y que viajar es la cura a males como la estupidez, la ignorancia y el nacionalismo. A pesar de sentirme diminuta en aquellas ciudades repletas de personas, nunca hubo temor ni angustia, sino curiosidad. La curiosidad es el reconocimiento de que, a pesar de nuestra individualidad, no estamos solos , y la certeza de que el mundo es tan grande que sería absurdo pensar eso de que “lo nuestro es lo mejor”.

Me entretengo mirando los rostros que fotografié y a los que en su momento inventé una historia, porque no existe ni un sólo retrato que no vaya enmarcado de palabras y sensaciones. Me pregunto si en algún momento de mi vida volveré a ver esas mismas caras, aunque nunca llegue a reconocerlas. Me vuelvo inmensamente diminuta frente a todos los anónimos que he conocido. E irremediablemente, ya estoy otra vez echando de menos, porque la adicción de los viajes es la necesidad constante de ir despejando dudas. Sobre lo que somos. Sobre lo que hemos vivido. Sobre cuál será el próximo aeropuerto y la siguiente foto.

 

 

Celina Ranz Santana

 

 

 

 

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