| Memorias de ojos rasgados. Parte 20: las horas derretidas |
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| Tarjeta de Embarque |
| Sábado, 12 de Junio de 2010 |
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Pero la condición de viajero -sobre todo la del viajero al que se le agotan los días de aventura- implica algunos esfuerzos como el de salir a recorrer mundo en uno de los días más calurosos de todo nuestro periplo por China. El plan era visitar la cercana ciudad de Suzhou, para lo que había que tomar el tren en la estación central de Shanghai y hacer un viaje de aproximadamente una hora. Tuvimos que esperar un buen rato en la estación, presuponiendo que aún no había salido el anuncio de nuestro tren. Supimos que ya podíamos acceder al vagón en cuanto vimos a un montón de gente en manada empujándose para ocupar un asiento. En realidad, no hacía falta tanta prisa allí había hueco para todos. En los asientos de al lado se habían sentado una mujer y su hijo que no tuvieron nada mejor que hacer que montarse un auténtico banquete durante el trayecto con todas aquellas “delicias” chinas de las que nosotros habíamos decidido prescindir. Era sin duda llamativo cómo el niño devoraba gustoso unas patitas de gallina embadurnadas en una sustancia anaranjada con pinta de picar muchísimo. En definitiva, una hora de viaje con olor a condimentos en la que además podías adquirir un menú de arroz, pollo y verduras por tan sólo 17 yuanes (1,70 euros). Suzhou, la “pequeña Venecia” de Oriente resultó ser un pueblo bastante turístico de esos en los que, apenas pones un pie fuera de la estación, decenas de personas se te están echando encima para ofrecerte un taxi, una bicicleta o una visita guiada por el pueblo. Prescindimos de todos ellos e iniciamos nuestro viaje hacia el centro de la ciudad, que resultó no estar tan cerca como habíamos imaginado. Así que para cuando llegamos a la zona en la que había lugares que visitar, estábamos ya deshidratados. No sé si he comentado en alguna ocasión que lo mejor de las bebidas chinas era la gran variedad de refrescos sin gas que podías comprar en cualquier tiendecita. Mis preferidos eran los de uva, bien fresquitos... Así que durante aquella jornada igual cada uno nos tomamos un par de litros de aquella bebida, porque no había forma de llegar al final de una calle sin volver a tener sed. Después de almorzar muy ligero en un restaurante enorme en el que no sabíamos lo que habíamos pedido hasta que nos pusieron el plato en la mesa -estábamos tan perdidos que uno de los platos era una sopa hiper caliente, ideal para aquellos calores-, y entramos en la zona comercial de Suzhou, que no tenía nada de particular aparte de una franquicia de comida cada veinte metros. Y en cuanto dejamos esa zona empezaba un lugar mucho más atractivo, repleto de pequeños canales junto a los que se erigían las antiguas casas de la ciudad originaria. El lugar tenía su encanto, a pesar de que me sigue pareciendo que considerarlo la “pequeña Venecia” es algo excesivo. Si algo compartía con aquella otra ciudad era la complejidad de sus callejuelas, por las que uno podía estar dando vueltas sin encontrar nunca una salida. El canal principal fue nuestro referente mientras buscábamos la entrada a uno de los jardines privados más bonitos de la ciudad. Pero no hubo manera de llegar a nuestro destino. Callejeando sin rumbo y muy acalorados, terminamos llegando a los suburbios de la ciudad, donde las calles adoquinadas se convertían en estrechos callejones de tierra. Los pies parecían hundirse a cada paso, no sé si porque se derretía el suelo o si es que eran nuestras piernas las que se iban consumiendo como dos velas de cera. Pero por más que lo intentamos, nuestro espíritu de conocimiento y la curiosidad de viajeros se había evaporado con aquellas temperaturas. Así que tomamos un taxi y volvimos a la estación de trenes con intención de regresar a Shanghai y no salir del hostal hasta las dos de la madrugada por lo menos. Mientras esperábamos el tren de regreso en la estación de Suzhou, descubrí lo que muchos otros viajeros me habían comentado acerca de los aseos chinos. Había oído hablar de la suciedad de los baños públicos, de los agujeros en el suelo y de la falta de higiene en general pero, por fortuna, nunca había tenido que vivirlo en primera persona. Pero en Suzhou, a menos de una semana de terminar nuestro viaje, me tocó. Y vi algo que aquellos baños que me pareció surrealista y que titulé “el canal de la caca”. Resulta que todos los baños estaban comunicados por una canaleta por la que circulaba el agua cada vez que el primer baño de la fina tiraba de la cadena. Entonces el agua corría con toda la “porquería” que había sido depositada en el canal y desaparecía por el desagüe que se encontraba en el baño al otro extremo, de tal manera que si te tocaba entrar en dicho aseo, veías todo lo que las demás usuarias habían venido a descargar. Impactante, no puedo decir más. A la vuelta a Shanghai nos colamos en un vagón de primera, porque eso de ser extranjeros tiene sus ventajas, como la de poder hacerse el loco a pesar de saber que lo estás haciendo mal. Pero es que con aquel cansancio que llevábamos encima, lo que menos apetecía era pasarse una hora de pie, apretujándote con un montón de pasajeros. Así que hicimos el viaje cómodamente sentados, fresquitosy contentos después de una jornada poco productiva que habría de acabar de la mejor de las maneras: en una sala de cine 3D, con palomitas -chinas-, aire acondicionado y la película UP en inglés y subtitulada en chino. Toda una experiencia.
Celina Ranz Santana
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