| Memorias de ojos rasgados. Parte 18: un pedazo de Europa |
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| Tarjeta de Embarque |
| Sábado, 29 de Mayo de 2010 |
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Desde el aeropuerto tomamos una guagua hasta la que creímos que sería la parada más cercana al hostal. Y justo cuando llegamos empezó a llover con muchísima fuerza. Salir de los aparcamientos de aquel gran centro comercial en el que nos habían dejado era demasiado arriesgado. Así que lo primero que hicimos fue sacar el mapa para lograr situarnos y, una vez localizado el punto de destino, nos armamos de valor para salir pitando bajo una lluvia que parecía amainar. El instinto no me falló en este momento en el que caminar más de dos calles en una dirección errónea hubiera supuesto un resfriado seguro. Aunque lo cierto es que en China, al menos durante el verano, no llueve con frío. No, es más bien una ducha de aire caliente y pegajoso que te hace sudar y sudar todos los líquidos que llevas en el cuerpo. El hostal resultó ser un sitio estupendo. Había conexión gratis a Internet, mesa de billar y de ping-pong, sala para ver pelis, biblioteca… Y las habitaciones eran increíbles. Después de instalarnos el tiempo cambió radicalmente e hizo una tarde perfecta para pasear por Shanghai. La primera impresión es que se trataba de una ciudad más a la europea, al menos en apariencia: avenidas amplias, edificios modernos, franquicias internacionales… Hasta la gente parecía diferente en su manera de vestir y de comportarse. Era algo diferente a todo lo que habíamos visto hasta entonces y, en cierto sentido, parecía incluso más ciudad que Beijing. Al final de una enorme avenida comercial repleta de luces –porque a los chinos les encanta esto de los carteles luminosos-, la ciudad se rompía al llegar al Bund. Y se rompía literalmente porque al final de la calle comenzaban las obras. No era, desde luego, la mejor época para visitar una ciudad que se estaba preparando para su gran Exposición Universal. Y la fantástica vista del barrio financiero que se expandía al otro lado del río y que tantas veces habíamos visto en postales y guías de viaje, resultó ser un montón de andamios de bambú y una interminable pared metálica que recorría toda la ribera. “Mala suerte”, pensamos mientras callejeábamos intentando encontrar un muro que nos permitiera asomarnos a esa imagen idílica de una ciudad misteriosa. Y ya cansados de tanto patear decidimos regresar al hostal en metro. Cualquier hora del día es hora punta en Shnaghai. Es algo que descubriríamos en apenas una tarde. Tal vez por eso Javi no dejaría de repetir nunca “ésta es la estación en la que se baja todo el mundo”. Y en cierto sentido, tenía razón. Claro que para ser más exactos habría que matizar: todo el mundo se bajaba a todas horas en todas las estaciones de metro de Shanghai y todo el mundo se subía a todas horas en todas las estaciones de metro de Shanghai. Lo curioso es que, entre todos aquellos cientos de viajeros, nos fuimos a topar con un asturiano, Ramón, que llevaba seis años y medio viviendo en Shanghai. Nos hizo algunas recomendaciones para nuestros días de visita y como no le dio tiempo de contarnos todo, se bajó con nosotros en la misma estación y decidimos ir a tomar algo para que continuara con sus explicaciones. Ramón era un tipo raro. Tal vez por cómo hablaba, con un acento entre inglés y chino que nada tenía que ver con el castellano. Tal vez porque no soportaba la ciudad en la que vivía o quizás porque se quedaba en silencio en medio de la conversación, pensando a saber en qué idioma, y cuando retomaba la palabra su voz era inestable, como su risa. No dejaba de repetir que “China es una gran M”, y nos quedamos con aquella frase en la voz de nuestro interlocutor sonaba muy cómica. Además, nos aportó información muy valiosa, no sólo para los días que pasaríamos en la ciudad sino para entender cómo era la vida cotidiana en Shanghai. No me di cuenta, hasta el día siguiente, de que Ramón nos había dado la clave para entender aquella ciudad que en apariencia era Europa pero en esencia seguía siendo China, con sus particularidades y sus contradicciones.
Celina Ranz Santana
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