Martes, 22.05.2012

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Memorias de ojos rasgados. Parte 17: la venganza de la flauta de caña Imprimir E-mail
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Sábado, 01 de Mayo de 2010

Cueva de la Flauta de CañaDe todas las engañifas a las que sobrevivimos durante nuestro viaje por China, no hay duda de que la mayor tomadura de pelo nos esperaba en Guilin. Pero de alguna manera he sido capaz de asimilar con humor nuestro paso por la Cueva de la Flauta de Caña porque, en cierto modo, creo que estábamos en deuda con la ciudad de Guilin.

Aquel día estábamos ligeramente malhumorados. Y es que volver a una ciudad de la que habíamos salido huyendo de un batallón de cucarachas no era muy agradable. Después de instalarnos en el nuevo hotel, cuyo atractivo nombre New Plaza Hotel no se correspondía demasiado con la realidad, salimos a darle una nueva oportunidad a la ciudad. Hemos de reconocer que, para empezar, las recomendaciones de nuestra guía de viajes nos dio una agradable sorpresa y aterrizamos en un restaurante muy barato y muy bueno en el que nos metimos entre pecho y espalda medio pato que estaba delicioso –aparte de las verduras y el arroz, que nunca faltaban en la mesa-. Por fuera del establecimiento había un montón de urnas y jaulas con animalitos de todo tipo, porque dos de los platos típicos de la región son la serpiente y la sopa de tortuga, pero no nos atrevimos con tanto.

Después de la comida dimos un largo paseo por las calurosas calles de la ciudad, pero decidimos volver pronto al hotel porque las temperaturas subían a cada paso y era un suplicio estar al aire libre. Además, ya habíamos programado las salidas que nos esperaban en Guilin: la Cueva de la Flauta de Caña y la Colina del Elefante. Así que únicamente nos faltaba arreglar un pequeño detalle: el traslado en tren desde Shanghai hasta Beijing. Por experiencia sabíamos que estas cosas había que hacerlas con bastante antelación, porque si no, te quedabas sin plaza. Así que fuimos a la estación de trenes que casualmente se encontraba frente al hotel e hicimos cola en la ventanilla destinada a los turistas, donde supuestamente te atienden en inglés. Después de un buen rato haciendo cola nos mandaron a otra ventanilla –la de todos los usuarios- en la que nos entendimos más o menos con el chicoGuillin que atendía. Además, teníamos un punto de ventaja, y es que conservábamos el resguardo de los billetes de tren entre Beijing y Xi’an, así que únicamente teníamos que pedirle que nos sacara un billete exactamente igual pero entre Shanghai y Beijing. Después de unos diez minutos de explicaciones –y eso que pensábamos que las teníamos todas de nuestra parte- el chico nos dijo que el ordenador se le había quedado colgado y que esperáramos. Y unos minutos después directamente dijo que su turno había acabado, bajó la ventanilla, cerró la persiana y nos quedamos allí plantados con cara de lelos. Nos dirigimos entonces a una tercera cola –la de la desesperación- y después de mucho esperar conseguimos que nos atendiera otro chico que, en principio, por lo poco que hablaba, no nos daba demasiadas esperanzas de que nos fuera a entender. Sin embargo, esta vez sí que tuvimos suerte. Al menos eso pensamos cuando abandonamos aquella abarrotada estación con dos billetes de tren en la mano en los que lo único que quedaba claro era el origen y el destino de nuestro trayecto.

Con tanto movimiento y tanto calor, no es de extrañar que por la tarde, ya en el hotel, empezara a dolerme la cabeza terriblemente hasta el punto de sentir una necesidad extrema de vomitar el pato con toda la guarnición. Me quedé algo más relajada después de aquello y, aunque hubiera sido más recomendable quedarme en casa, me atreví con el paseíto nocturno. Subimos a una guagua para llegar lo más cerca posible de la colina Fubo y desde allí regresar caminando. El trayecto en guagua ya fue todo un suplicio, porque aquello se movía que daba gusto y yo no tenía el cuerpo para tanto meneo. Por suerte –o por desgracia- nos dejó al lado de la colina, a la que llegué bastante mareada. Entramos como Pedro por su casa y un tipo con camisilla que estaba cenando mientras veía la tele nos hizo parar para que le pagáramos la entrada al parque porque no éramos residentes -¿tanto se nos notaba?-, una cantidad simbólica que a esas alturas de la aventura me daba lo mismo pagar que no pagar. Pensé que el aire fresco de la noche me sentaría bien, pero lo cierto es que a medida que íbamos subiendo la escalinata que conducía a lo alto de la colina, la cabeza me dolía aún más y sentía cada vez más náuseas. No me quedó más remedio que volver a vomitar y, como todo estaba ya a oscuras y no me dio tiempo de alejarme mucho del camino, lo hice en uno de los rellanos del largo camino de ascenso. Es por esto que creo que la ciudad de Guilin me la tenía jurada desde entonces y los acontecimientos del día siguiente fueron un reflejo de sus ansias de venganza.

 

Al día siguiente nos levantamos temprano para tomar una guagua que nos dejaba a unos cuantos kilómetros del centro, en una zona de colinas en la que se encontraba la Cueva de la Flauta de Caña. Le preguntamos a un señor de la guagua que cuándo teníamos que bajarnos y, muy amablemente, se bajó con nosotros en esa parada y nos acompañó hasta la puerta de las instalaciones. Allí tuvimos que volver a hacer cola china –que nada tiene que ver con las “filas indias”, porque no existe organización posible-, pagar una entrada que me resultó bastante cara –incluso antes de ver lo que nos esperaba en el interior- y volver a esperar para entrar. Lo único positivo de la visita es que al menos en el interior hacía fresquito. La cueva en sí no estaba mal, pero había demasiada gente en grupos organizados, que se iban pisando unos a otros, y la iluminación era extremadamente hortera y terriblemente breve, así que tan pronto tenías destellos de luz por todos lados y un segundo después ya no veías nada. A mitad de camino más o menos había un desvío hacia otra gruta en la que, cómo no, había que volver a pagar para ver a la famosísima “tortuga milenaria” –y me ahorraré el comentario que hizo Javi acerca de lo que le haría a la maldita tortuga por la que te obligaban a pagar otra vez-. El colofón final fue descubrir que el nombre “flauta de caña” era debido a unas formaciones naturales al final de la cueva que tenían la forma de este instrumento. Apretabas un botón y la zona se iluminaba y empezaba a sonar una musiquita. Realmente espantoso.

A la salida de la cueva nos estaba esperando el amigo que nos había ayudado al bajar de la guagua y todo un ejército de vendedores ambulantes a los que Javi esquivaba con dos técnicas básicas: no establecer contacto visual y utilizar el paraguas como escudo defensivo. No nos fue del todo mal, pero lo cierto es que durante un buen tiempo estuvieron persiguiéndonos para que cogiéramos un “bamboo boat” con el que regresar a la ciudad cuando lo único que queríamos descubrir era dónde estaba la parada de guaguas más cercana. Le preguntamos a una de las vendedoras “¿Bus?” y su respuesta fue contundente: “Bamboo bus”. Puesto que no había espacio para el diálogo, terminamos subiéndonos a la primera guagua que encontramos y, casualidades de la vida, llegamos a la avenida principal de Guilin.

Colina de la Tropa de ElefanteDespués de descansar un rato en el hotel –durante aquella jornada tampoco se podía estar en la calle porque el calor era extremo- salimos en dirección a la colina del Elefante, un parque bastante bonito que fue bautizado con ese nombre por la forma que tiene la roca de uno de sus acantilados: una enorme trompa de elefante. Aprovechando la coyuntura, han hecho un montón de esculturas con formas paquidérmicas y todo el mundo se saca fotos en ellas y, como no, con la colina de fondo. Es un sitio muy concurrido en la ciudad de Guilin y, con todo, uno de los pocos lugares que merece la pena ser visitado, aunque sea para pasar la tarde.

Aquel día fue el detonante de toda una teoría lingüística que fui desarrollando mientras paseaba junto a esculturas elefantinas: el uso de la palabra “hello”. Los chinos la utilizan para todo pero yo descubrí tres usos fundamentales:

1-     “Hello” equivale a utilizar comillas. Por ejemplo, si yo quiero decir “Bamboo Boat”, diré: hello, bamboo boat, hello.

2-     “Hello” equivale a cualquier nombre propio occidental:

  1. a. Paco = Hello.
  2. b. Antonia = Hello.

3-     “Hello” es en sí mismo todo un universo semiótico que engloba la totalidad de los significados del Cosmos.

Dice que nunca te vas a la cama sin aprender algo nuevo. Y vaya que dio de sí aquel día…

 

 

 

Celina Ranz Santana

 

 

 

 

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