| Memorias de ojos rasgados. Parte 14: la ruta de los puentes. |
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| Tarjeta de Embarque |
| Sábado, 20 de Marzo de 2010 |
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El 18 de agosto de 2009 anoté aquellos pensamientos en mi cuaderno de bitácora. Todavía nos faltaban unos cuantos días para abandonar Yangshuo y regresar a Guilin, y desde allí partir hacia Shanghai. Sin embargo, aquellos últimos días tenían algo de melancolía prematura que aún ahora, mientras escribo estas líneas, hace que los recuerdos se impregnen de esa dulce tristeza que dejan los viajes cuando uno ya está de vuelta en el origen. Por suerte, también fueron días de mucha actividad porque, a pesar de lo pequeño que es el pueblo, ofrece infinidad de opciones de ocio, como nuestra ya conocida fijación por las bicicletas. Así que continúo en este nuevo capítulo con la tónica bicicletera de la anterior entrega. Para la “ruta de los puentes”, que finalizaba en el milenario Puente del Dragón, decidimos contratar a una guía en el puesto de bicicletas de un chino que, para los occidentales, se hacía llamar Sam. A través de Sam –la réplica más exacta de Jackie Chan que vimos en toda nuestra estancia en el país- nos pusimos en contacto con Tao, una chica muy simpática que se encargaba de la excursión aquella mañana, en la que tuvimos la suerte de coincidir con otros dos españoles, Xabi y Esther, de Barcelona. El primer tramo fue un poco más aburrido, porque lo hicimos por carretera, pero así tuvimos tiempo de entablar conversación con nuestros compañeros de viaje, que habían recorrido medio continente asiático en sus numerosos viajes. Pero en cuanto alcanzamos el río y tomamos el sendero que lo bordeaba, la cosa se puso más divertida. Gracias a las indicaciones de Tao, llegamos hasta la ciudad originaria de Yangshuo, que desde el camino sólo parece un edificio enorme pero que en su interior esconde todo un entramado de calles laberínticas en las que uno no sabe si está en una zona pública o si se ha metido en la casa de algún lugareño. La gente del lugar vivía –o malvivía- fundamentalmente del trabajo de campo y, según Tao, aunque en sus orígenes había sido la zona más próspera de la comarca, ahora se caracterizaba por su pobreza. Los mejores arrozales de todo Yangshuo los encontramos en aquel lugar en el que no quedaba más remedio que hacer bastantes pausas porque todos los rincones merecían una fotografía. Con todo, llegamos bastante temprano al Puente del Dragón, un buen lugar para hacer una pausa, comprar unos refrescos y relajarse un poco. En uno de los puestos del pueblo –parecía una especie de oficina de correos- un tipo le pidió ayuda a Xabi para algo que me resultó curioso. Por lo que pudimos entenderle al pobre hombre, que estaba desesperado con su teléfono móvil, su mujer le había cambiado el idioma al aparato y había puesto todo el menú en inglés, así que no se enteraban de nada. Con ayuda de Xabi pudieron poner nuevamente el móvil en chino, y creo que el hombre le estará eternamente agradecido a nuestro compañero catalán. Dejamos atrás el puente y, como íbamos sobrados de tiempo, Tao decidió que visitaríamos otro pueblo en el que había un mercado tradicional. Ya Así que abandonamos el pueblo por una carretera general –con los peligros que eso entraña- en la que absolutamente todos los coches que pasaban a nuestro lado nos tocaban la pita, a pesar de no interferir en absoluto en su trayectoria. Ya de vuelta en Yangshuo nos despedimos de nuestros compañeros de viaje y de nuestra encantadora guía –a la que, por cierto, prometí enviarle unas fotos que aún no le he hecho llegar- y nos fuimos a hacer la segunda cosa más atrevida de Yangshuo: comer y arriesgarte a que lo que te sirvan sea “extra picante”. Afortunadamente, el día anterior el encargado del hostal nos había regalado la palabra mágica: “puyalá”, que en mandarín quiere decir “no picante”.
Celina Ranz Santana
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