| Memorias de ojos rasgados. Parte 13: las bicicletas son para el verano |
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| Tarjeta de Embarque |
| Sábado, 13 de Marzo de 2010 |
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Me gustaba ir en bici por China. Bueno, no tanto por China como, en concreto, por aquellos caminos de tierra que avanzaban entre arrozales y montañas redondeadas. Y es que la salida desde Yangshuo era un poco arriesgada. Como creo haber comentado en alguna otra ocasión, las carreteras en el país de las mandarinas son un circuito sin ley. No es tan imprescindible señalar cada maniobra como tener un buen timbre en el manillar con el que descargar toda tu furia contra los que osan cruzarse en tu camino. En Yangshuo teníamos bicis y teníamos timbres, el equilibrio perfecto entre el Yin y el Yang. Una mañana nos decidimos a ir hasta la “Montaña de la Luna”. Era uno de los días más calurosos que habíamos tenido hasta el momento durante nuestra estancia en el país, pero íbamos bien preparados. Un tubo de crema protectora -o algo que se le parecía-, gorras y dos botellas de agua. No estaba mal, pero tal vez fue demasiado poco de todo. Cuando llegamos al pie de la montaña, habíamos consumido el agua, la crema protectora se había vuelto una masa pegajosa al mezclarse con el sudor y la gorra... poco se podía hacer con aquel sol. Hubiéramos necesitado por lo menos un sombrero mexicano. A pesar de que había bastantes indicaciones hasta la montaña y que, sólo era necesario levantar un poco la mirada para encontrar el imponente ojo atravesando el pico que le daba aquel nombre tan particular, cierto es que nos saltamos la entrada, demasiados concentrados tal vez en no morir deshidratados. Así que tuvimos que regresar sobre nuestros pasos -mejor dicho, sobre las huellas de nuestras ruedas- para llegar al acceso. Una de las cosas curiosas que descubrí durante aquella jornada es que, en las carreteras que conducen a algún punto de interés, los chinos se colocan el el andén con una banqueta y unas cuantas herramientas y se montan allí un puesto de reparación de bicicletas ambulante. Afortunadamente, no tuvimos que hacer uso de ninguno de aquellos chiringuitos durante nuestros paseos. Dejamos las bicicletas atadas a unos tubos metálicos en la base de la montaña, donde coincidimos con Dani e Izaskun, la pareja de viajeros que habíamos conocido en el tren de Beijing a Xi’an. Y coincidimos también con una infinidad de señoras mayores, con pinta de campesinas y esos gorritos de paja típicos, que insistían en vendernos botellas de agua o en que les diéramos las que teníamos ya vacías. Al final optamos por comprar un par de botellas antes de iniciar el ascenso porque, por lo que pudimos deducir de una de las viejecitas, cuanto más arriba, más caras nos iban a salir. Empezamos a subir por un lado de la colina. Cientos de peldaños de piedra se iban sucediendo sin darnos una tregua para el descanso. El sol apretaba cada vez más, como si quisiera exprimirnos hasta la última gota de sudor. Estaba empapada y resbaladiza porque la crema protectora y el sudor habían formado una película viscosa sobre la piel. Y con cada paso que daba, más convencida estaba de que no iba a llegar hasta la puñetera cima. Izaskun estuvo a punto de rendirse porque la verdad es que el calor y la humedad no facilitaban aquel ascenso ya de por sí complicado. Bueno, complicado para viajeros occidentales, porque la viejitas del agua subían tan campantes, cargando además con las cestas donde llevaban las botellas. Finalmente, y después de muchos esfuerzos, llegamos al ojo de “La Montaña de la Luna” y lo cierto es que las vistas eran espectaculares, de no ser porque había una nube condensada sobre las montañas y una luz un poco extraña, como de día de calima, que afeaba un poco las cosas. La vuelta al aparcamiento de las bicicletas fue bastante más llevadera porque, a pesar de que la bajada nos estaba machacando las rodillas con tanto saltito de peldaño en peldaño, se notaba que el esfuerzo físico era mucho menor y además íbamos manteniendo una animada conversación acerca de las Islas Canarias, la época universitaria, los fríos veranos peninsulares… De todo un poco, vamos. Después de coger las bicicletas, Izaskun y Dani se dirigieron a la “Caverna de la Luna” y nosotros tomamos la dirección contraria para regresar a Yangshuo por otro camino, un camino inventado, por supuesto, ya que no aparecía muy claro en el mapa y Javi tenía uno de sus ataques de “viva la intuición” –intuición que, por supuesto, no tiene-. Pero bueno, que estaba yo con ánimos de continuar con la aventura porque la jornada estaba siendo bastante productiva. Al principio el camino parecía bastante claro: una carretera pequeña pero asfaltada que avanzaba en la dirección que nosotros dábamos por correcta. El problema llegó cuando la carretera desapareció de repente, en un cruce, dejando únicamente dos tramos de pista sin asfaltar, aunque muy bien
Celina Ranz Santana
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