Martes, 22.05.2012

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Memorias de ojos rasgados. Parte 12: río salvaje. Imprimir E-mail
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Sábado, 27 de Febrero de 2010

Río Li desde el Pico del Loto VerdeEn Yangshuo decidimos tomarnos las cosas con calma. Al fin y al cabo, íbamos a pasar en aquel lugar una parte considerable de nuestro viaje en un paréntesis de relativa calma que decidimos bautizar como “las vacaciones de las vacaciones”. Así que fuimos de menos a más, conociendo primero los alrededores de la ciudad para posteriormente adentrarnos en esos otros senderos que la mayoría de las veces ni siquiera aparecen en los mapas.

 

Después de nuestra primera noche en Yangshuo y ante la amenaza de tifón, decidimos no pasar la jornada demasiado lejos. En primer lugar, visitamos una de las colinas más representativas de la ciudad, el Pico del Loto Verde. La visita nos sirvió como entrenamiento para subir a la Colina de la Luna unos días más tarde. En realidad, el Pico del Loto Verde tampoco tenía tanto desnivel, si bien es cierto que debido al barrizal, no pudimos acceder hasta la parte más alta. Pero recorrimos una gran parte del parque y vimos el famoso pictograma que, al parecer, está considerado el poema más grande de toda China. Es un enorme dibujo sobre la piedra de la colina que, con un único trazo, viene a decir algo así como “qué bonitas son las vistas sobre el río Li desde este lugar”. Además de este “poema” hay muchos otros repartidos por el parque de autores tanto actuales como de hace varios centenarios. El nombre de la colina se lo da la propia forma que se observa desde la base: una enorme flor de loto abierta coronando la ciudad de Yangshuo.

La verdad es que los chinos se curran mucho esto de los nombres. A todo le encuentran similitud con algo de la naturaleza, por eso todo tiene algo de poético y misterioso. Y por eso también resulta sencillo localizar algunas montañas: a veces es más importante la imaginación que los mapas.

Tras la visita a la colina dimos un paseo por la ciudad para terminar con un chapuzón en aquel rincón que ya habíamos visitado el día anterior y que, según Javi, era “el mejor lugar de todo Yagshuo”. Me siento en la obligación de comentar esto porque, a partir de entonces, El poema más grande de Chinapara Javi todos los lugares en los que pudiera darse un baño adquirían ese título de “el mejor lugar de Yagshuo” y, en ocasiones, el de toda China. Yo no solía llevarle demasiado la contraria porque, en cierto modo también opinaba lo mismo, aunque mi entusiasmo era probablemente más contenido. Pero el hecho de poder darte un baño cuando hace tanto calor que parece que se te derriten las suelas de las zapatillas, es un verdadero lujo.

De regreso al hostal, aprovechamos para preguntar el tema de las excursiones. Nos apetecía mucho hacer rafting, por esto que comento de que cualquier actividad acuática resultaba especialmente atractiva. Cuando llegamos a la recepción me entró el primer apretón de la jornada, porque al menos una vez por semana nuestros estómagos occidentales decían “hasta aquí hemos llegado”. Y muy disimuladamente, cogí las llaves y me fui corriendo a la habitación mientras Javi se quedaba gestionando lo de las salidas. Ya después, con la mente menos nublada por los retortijones, llegué a la conclusión de que perfectamente podría haber dicho “Javi, quédate tú hablando con la China porque a mí me están entrando unas cagarrinas…” y no hubiera pasado nada en absoluto. A partir de entonces me di cuenta de que tenía que sacarle mayor ventaja a esto del lenguaje, y ya no me corté un pelo en decir lo que pensaba en alto, donde fuera y estuviera quien estuviera. Fue un ejercicio verdaderamente liberador del que Javi también tomó ejemplo.

Gracias a la química del Fortasec no hubo que lamentar males estomacales mayores. Y eso que –se me había olvidado comentar- el baño de nuestra habitación olía a comida, porque se filtraba el olor de un restaurante que debía de estar por el callejón de atrás. El caso es que a la mañana siguiente un tipo con moto nos vino a buscar al hostal y nos llevó hasta la estación de guaguas para ir a hacer rafting. A mí me hizo mucha ilusión ir en moto con un chino, porque me daba la sensación de que la gente me miraría con cara de “mira la occidental ésta, que tiene un colega en China que la lleva de paseo”. Esas amistades –aunque ficticias- en tierra extranjera, son de agradecer.

En la estación tuvimos que esperar un buen rato a que se formara el grupo que, para nuestra sorpresa, era únicamente de chinos. Subimos a la guagua por inercia, corriendo, como hacían todos los que estaban allí. Después de más o menos una hora de camino en la que nos preguntamos a dónde narices nos dirigíamos, llegamos a una especie de complejo turístico en que el todo el mundo salía disparado calle arriba para volver a hacer cola en otro lugar, desde allí coger unas guaguas diminutas en las que todo el mundo iba apretadísimo, y subir hasta lo alto de la montaña. Una vez allí, cada uno cogía su traje de neopreno, casco, rodilleras y coderas. Todo estaba húmedo y bastante asquerosote pero, ¡de perdidos al río! –y nunca mejor dicho-. En la tercera cola de jornada esperamos para subir ya a nuestra balsa, que resultó ser una barquita biplaza, más pequeña que la que hace muchísimos años me regaló mi madre para “navegar” por Maspalomas. Allí no había ni monitores, ni remos ni nada. Te subías como podías a la balsa, te sujetabas por los asideros laterales y un chino con un palo ya se encargaba de empujarte por la primera caída, nada más y nada menos que una pendiente de unos quince metros. Yo recé por que aquello no volviera a repetirse en más momentos de la ruta, pero las caídas eran constantes a lo largo del recorrido, que duró una hora más o menos. Una hora de gritos, de risas, de agua… La verdad es que lo pasamos estupendamente, a pesar de que aquello más que rafting parecía humor amarillo. Además, iniciamos una guerra de agua sin fin, picándonos con todos los que bajaban río abajo y quitándonos el casco para echar agua a mansalva a todo el que se cruzaba por nuestro camino. Hasta tal punto llegó aquella obsesión por hacer el mal que Javi se equivocó de chino y mojó a un pobrecito tipo que estaba tan tranquilamente sentado en una de las orillas y que, afortunadamente, no se lo tomó a mal. Mientras Javi se partía de la risa por el gritito que soltó el hombre cuando lo empapó, yo le gritaba “Javi, que ese chino no es, que te has equivocado…”.

Toda aquella cantidad de agua que repartimos a diestra y siniestra y que hicimos tragar a nuestros compañeros de aventura, nos fue devuelta cuando llegamos al final del recorrido y había un montón de chinos esperándonos, casco en mano, para pagarnos con la misma moneda. Nos llovió tal cantidad de agua que, entre las risas y el apuro casi no logramos salir de la balsa. Aunque, obviamente, no saqué ninguna fotografía en aquel momento, es algo que recuerdo con cariño, porque estas cosas de la risa compartida entre personas que no son capaces de comunicarse a través de la palabra es algo que siempre me ha gustado.

Así de enchumbados nos subimos a la guagua de regreso –qué bueno que China todo el mundo pase de todo, porque aquí te vas a subir así a una guagua y el conductor te lanza una mirada fulminante-. Olía todo a pescado, en parte por la humedad del ambiente y en parte porque la gente se había dedicado a comprar como una especie de jareas muy apestosas y se las iba comiendo de vuelta a casa, tan ricamente. También recuerdo que delante de nuestros asientos había sentada una pareja con una china un poco rara que no dejaba de mirarnos, y haciendo uso de aquella técnica que anteriormente les mencionaba, le dije: “no me mires, que eres una araña”, y Javi ya tuvo guasa para rato.

Las agujetas del rafting chino habrían de durarme al menos dos días. Y es que claro, una cosa es que nos riéramos todo lo que quisimos, pero la verdad es que un poquito peligroso sí que era el tema. Por menos de nada, acababas escachado contra las piedras o se te incrustaba en el culo todo lo que ibas pillando río abajo. Y además, tenías que agarrarte muy fuerte para no volcar o para no salirte de la balsa, eso siempre y cuando consiguieras que ésta no se pinchara durante el recorrido… Toda una aventura, ya lo he dicho.

 

 

 

Celina Ranz Santana

 

 

 

 

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