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Opinión

ToreandoCarlos Castañosa

El toro bravo es el animal más bello de la creación. Además de una estampa de dignidad y orgullo dibujada con trazo firme, el comportamiento noble, su valentía y sobre todo, la bravura, hacen de él un ser especial que merece pasar por la vida con distinción sobre el resto de especies.

Los animales domésticos, criados para el consumo humano, suelen sufrir un lamentable cautiverio para terminar en su ejecución sumaria a manos del matarife. Los silvestres, aquellos que gozan de libertad en una naturaleza salvaje, suelen ser comida unos para otros o, en el peor de los casos, se encuentran ante la alevosía del cazador, el ser humano, el amo de todo lo creado, que encuentra satisfacción en dispararle a la vida que vuela, al indefenso venado, al inocente conejo, o a la fiera cuya cabeza disecada colgará en el salón de los trofeos. Justifica su pasión  en los genes  atávicos de matar para comer.  Pero de aquello sólo queda el placer de apretar el gatillo, sin más premio que el regusto de arrancarle trozos de vida a la naturaleza para  reafirmarse como ente superior.

Los aficionados a los toros, opino desde una perspectiva casi profana, se extasían ante una buena faena, aplauden un volapié o un arriesgado par de banderillas, hasta puede ser ovacionado un buen puyazo puesto en el sitio, cuando el toro se examina de bravura. Pero este público no se recrea, ni siquiera percibe el flujo de la sangre. Mediante un misterioso mecanismo protector, parece liberarse de la morbosidad de lo macabro para centrarse en la belleza de un arte sublime y en la figura gloriosa de un animal al que admira y respeta. El manto rojo que cubre su lomo herido es la majestuosa capa que simboliza la dignidad que lo cubre al final de su privilegiada vida.

Ante la iconografía cristiana, el no creyente se asquea por la truculencia de un crucifijo ensangrentado o de vírgenes con puñales clavados en el corazón. El devoto sólo siente veneración por un símbolo que representa la razón de ser de su existencia. El morbo lo captan otros, aquellos  que no creen en esa religión y sólo se fijan en la herida abierta, en la sangre que mana y hasta le suponen  dolor a la estatua. Opinión que se basa exclusivamente en un criterio físico y material, pero  ignora la profundidad de unas creencias que desprecian en su temerario juicio de intenciones al achacar a  los fieles la misma fijación morbosa que sólo  el  propio juzgador siente.

Los argumentos antitaurinos adolecen del desconocimiento que redunda en aparente intolerancia, que en los partidarios de la fiesta no se da, pues comprenden que la parte cruenta puede afectar negativamente la sensibilidad del foráneo y entienden la aversión hacia el espectáculo cuando sólo se contempla con prioridad, y se magnifica,  el supuesto sufrimiento animal.

En debates y tertulias, la actitud de los bandos enfrentados, se muestra con diferencias dignas de estudio antropológico.

Los entendidos, los defensores de la fiesta, y por lo tanto del toro, suelen plantear argumentos y justificaciones que no caben ni entran en el razonamiento de enfrente, cerrado de antemano. Sólo reivindican respeto y tolerancia… Al que no le guste, que no venga…

Los detractores, en cambio, se muestran intransigentes por sentirse únicos e inapelables depositarios de los sentimientos humanitarios. Su virulencia dialéctica, a veces, llega hasta el insulto grave a los profesionales, artistas que han hecho de su valentía un arte. Toreros que aman lo suyo. Y lo más importante de todo lo suyo es el toro… Ellos, sí aman al toro...

Con las ofensivas razones basadas en exhibición de imágenes  truculentas de toros moribundos, ensartados con estoque y banderillas abriendo grifos de sangre, consiguen herir la sensibilidad del aficionado, que entonces se percata de que las personas de enfrente sólo están capacitadas para sentir repugnancia porque se limitan a hurgar en las vísceras de una religión que desprecian porque no  conocen.

El alarde de bondades que, en nombre de la civilización, se exhiben con énfasis en  el rechazo ideológico, cultural, político, incluso humanitario, hacia la tauromaquia, en algún caso pudiera ser una simple pose de quien necesita compensar resquicios mal cubiertos en una conciencia que pretende mostrarse limpia y creíble. Demuestro lo bueno que soy diciendo lo malos que son los demás. Se denigra con ensañamiento  e intolerancia a los supuestos devotos de la crueldad y la barbarie taurina, mucho más terrible que la mortandad infantil, el hambre en el mundo, la pedofilia, la pena de muerte, la esclavitud de mujeres prostituídas, las guerras sucias y las otras, ante lo que el hombre cierra sus ojos, que son de lobo para el hombre,  para después desviar la mirada cínica hacia el artificio de la compasión por una especie animal que sólo merece respeto, admiración y la protección de quienes realmente la aman. Los taurinos.

Los aficionados son amantes y admiradores del más soberbio animal regalado por el Creador  a la madre naturaleza, y del hombre valiente, ataviado de luces, que ignora su miedo en favor de una obra de arte que dibuja con la estética de su figura y las pinceladas del capote, en un ritual de danza en la que el toro es amigo,  hermano y amante peligroso cuando la pasión desborda todos los  sentimientos en una liturgia rezada con olés…

Los detractores quizá no sean almas benditas plenas de bondad, demasiado aireada para que sea creíble. Lo políticamente correcto de sus acusaciones, tampoco es garantía de calidad humana ni de fuerza moral, antes bien, el oportunismo las descalifica.

Respeto y tolerancia deben primar sobre intereses plataformados en  escenarios ajenos al coso taurino…

Mi admiración  por la fiesta, por el toro, los toreros y por los buenos aficionados, lo que es decir,  aficionados buenos…

 

Carlos Castañosa

 

 

 


Comentarios
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pestañas   |07-04-10 14:39:25
El artículo de C.Castañosa es uno de los más inteligentes y refinados que he leido sobre los
toros.
Carlos Castañosa  - Agadecimiento   |18-03-10 09:30:36
Estimado d. Javier JQ:
Debo agradecer su intervención en este debate y, sobre todo, el tono amable
de su discrepancia, la que respeto sin reservas. Me complace que haya coprobado que en mi
exposición no pretendo evangelizar a nadie. Sólo he tratado de solidarizarme con los aficionados
genuinos que están sufriendo el vilipendio institucional.
Puedo asegurarle que conozco muchos cuya
calidad humana está fuera de cuestión. Imagino que usted sabrá de alguno que comparta su opinión
y que, sin embargo, no ofrezca demasiadas bondades como persona.
Un cordial saludo

Javier JQ  - Antitaurino   |16-03-10 23:17:42
Carlos Castañosa, le pido que me disculpe, pero por la demagogia no paso.

Hacer un agravio
comparativo entre las barbaries humanas y el maltrato animal que se ejerce en el toreo,haciéndonos
creer que se soslaya lo uno y se exagera lo otro, me parece que está fuera de lugar.

Hablemos de
EDUCACIÓN que es, bajo mi punto de vista, el veneno o la cura de los males humanos.
Sinceramente,
la opinión que tengan los foráneos en cuanto al toreo me importa más bien poco en comparación a
lo que le supone a la sociedad que la practica.
Esto es, me preocupa los valores que se adquieren
admirando dicha vejación, no ya sólo del toro, también de los caballos, porque también ellos
sufren, no lo olvidemos. Y montar una fiesta, con sus aplausos incluidos, con la tortura a un animal
y extendida y acentuada en el tiempo hasta la muerte, me parece que lleva a desvirtuar los valores
morales y éticos de la sociedad que la profesa.

[...y del hombre valiente, ataviado de luces,
que ignora su miedo en favor de una obra de arte que dibuja con la estética de su figura y las
pinceladas del capote, en un ritual de danza en la que el toro es amigo...]
¡Por favor! ¿Y usted
se permite hablar de hipocresía?
Ratificaría sus palabras si no hubiese banderillas, estoques y
puyazos y, por supuesto no se asesinara al animal, más si cabe cuando está moribundo.
Con esto
digo que propongo una modificación en la fiesta, una adaptación más...educativa.

Y si no ¿Me
puede explicar los valores que aporta la Tauromaquia como está concebida actualmente?

Un saludo
Lalo  - Mis disculpas   |11-03-10 19:04:58
Mis disculpas por no saber trasladar mi opinión sobre los argumentos del artículo. Hablamos de
cosas distintas. Cada uno vamos por nuestro lado y no existe posibilidad de diálogo. Así no es
cómodo razonar. Sin ánimo de pretender evangelizar a nadie, sería interesante analizar cada
párrafo del escrito y, en su caso, rebatirlo pero con razones objetivas, no sólo centradas en la
repulsión por la casquería
loren  - ¿Matadero?   |11-03-10 12:47:19
Lalo, ¿Tú miras lo que has escrito?..."
ésta es la culminación, gloriosa para el
animal...."

Que grande es que te maten a puñaladas ¿verdad?
Lalo  - ¿Matadero?   |09-03-10 20:48:12
Creo que lo que el autor intenta explicar es que el espectáculo no es la muerte del toro, sino que
ésta es la culminación, gloriosa para el animal, de un ritual artístico en el que se conjugan
profundos sentimientos y valores humanos que nada tienen que ver con la morbosidad de la sangre.

Por otra parte, quizá sea mejor que los mataderos no sean públicos, porque en ellos sí se mata
al animal y a su dignidad convertida en embutido
Antitaurina  - ¿Es la plaza un matadero público?   |09-03-10 19:15:54
Sí Lalo, pero es que cuando capan pollos o matan a un cerdo, no hay cientos de personas aplaudiendo
el "arte" del verdugo, ni es un espectáculo multitudinario, ni se aplaude el abatimiento
del animal, ni se le marea durante media hora antes de darle la estocada final.
Lalo  - ¿Estamos rodeados de asesinos?   |09-03-10 13:52:15
¿Quién es más asesino?, ¿el torero o el capador de pollos al que se le mueren uno de cada seis
en una intervención quirúrgica para el engorde y la voracidad humana?, ¿O acaso el que le pone el
gancho en la garganta al cerdo en la tradicional ceremonia de la matanza?, Ése si que grita, el
pobrecillo...
Anónimo   |09-03-10 12:45:38
Totalmente de acuerdo. no debe haber un premio para un asesino.
Antitaurina   |09-03-10 09:33:06
La muerte no puede ser un arte en ninguna de sus manifestaciones, aún menos cuando el hombre se
ensaña con un animal que, entre otras cosas, tiene serias limitaciones de visión que lo hacen aún
más vulnerable. Los mineros también arriesgan la vida en su oficio y nadie les aplaude.
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