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Las “pre-murgas” Imprimir E-mail
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Lunes, 08 de Febrero de 2010 07:00

Mamelucos recogiendo primer premio presentacionAlberto Cartagena

Ahora que ya se ha celebrado el concurso de murgas en ambas capitales canarias es buen momento para rastrear los orígenes de una fiebre que comenzó en Sta. Cruz de Tenerife hace casi 100 años pero que, con el paso del tiempo, se ha contagiado al resto del archipiélago. De hecho, todas las islas cuentan en la actualidad, o lo han hecho en el pasado reciente, con alguna murga. Incluida La Graciosa, una de cuyas agrupaciones llegó a ganar el primer premio de presentación en el concurso de Arrecife en 2001.

Desde siempre, el Carnaval ha sido un momento propicio para la burla, la transgresión y la crítica. De hecho, en una fecha tan temprana como 1890 encontramos lo siguiente en las ordenanzas municipales de Sta. Cruz de Tenerife:

“Queda prohibido a los enmascarados pronunciar discursos políticos en las calles y plazas y dirigirse a personas cubiertas o sin cubrir con sátiras punzantes, frases o palabras inconvenientes que puedan exasperar los ánimos (...) Queda prohibido cantar por las calles, plazas, paseos, etc. o recitar canciones que sean contrarias al orden público, a la moral, a las buenas costumbres y a las instituciones fundamentales de la Nación”.

Sin duda, el texto es revelador. Aún no hablamos de murgas, pero estamos ante uno de sus pilares fundamentales: la crítica al orden establecido.

Por aquel entonces, ya había grupos organizados expresamente para disfrutar del Carnaval. Hasta bien entrado el Siglo XX no se hace una distinción clara entre ellos y se les denomina indistintamente “comparsas”, “pandorgas”, “estudiantinas”  o “rondallas”. Generalmente, se trataba de agrupaciones de amigos que ensayaban varias canciones entre las que, en ocasiones, se colaban letras irónicas que hacían referencia a situaciones o personajes relevantes de la sociedad del momento. Por ejemplo, la afición de los miembros del Salón Frégoli a la zarzuela se transformaba en época de Carnavales en amor al cachondeo más puro. Según cuenta el cronista Manuel Pérez (Blas González): “tan pronto teníamos conocimiento de que un caballero o una señora nos traía en lengua, se comunicaba a una comisión nombrada para estudiar y dilucidar esos casos, y se encargaba de buscar el ‘árbol genealógico’ de los murmuradores. Una vez averiguados los ‘antecedentes penales’ se procedía a redactar la ‘hoja de servicios’ y se le ponía música, que cantábamos a coro”. ¡Ajá! Ya tenemos la segunda clave: la burla y el buen humor

Como vemos, el espíritu murguero siempre residió en los corazones de los vecinos de la ciudad. Pero aún faltaba el último empujón para que se conformara la murga como actualmente la conocemos. Ese impulso vino de la mano de unos marineros gaditanos en 1917. Pero ésa es otra historia que les contaré en el próximo artículo. ¡Cómo me gusta el suspense!

 

Alberto Cartagena

 

 

 


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