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El depredador de Taco Imprimir E-mail
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El Cobertizo
Miércoles, 06 de Enero de 2010 07:08
Fábrica La historia de hoy nos traslada a la localidad de Taco, en el término municipal de San Cristóbal de La Laguna. Allí habría de desatarse una cadena de misteriosas mutilaciones de animales cuya causa jamás fue revelada por las fuentes policiales que llevaron a cabo la investigación. Un enigma muy cercano del que poco se ha sabido hasta el momento.

Lo relevante de estos sucesos no es el hecho de que, en el intervalo de unos pocos meses, se sucedieran numerosos hallazgos de animales mutilados. Lo impactante del caso, más allá de lo macabro de aquellas muertes, era la inexistencia de pruebas que pudieran explicar el estado en el que aparecían los cadáveres.

 

El primero de ellos fue un perro, un pastor alemán que vigilaba una fábrica de materiales de construcción en Taco. El 29 de abril de 1979 fue encontrado su cadáver sin ningún tipo de huellas alrededor que pudieran clarificar las causas de su muerte. Pero el perro no había fallecido de manera natural: de su cuerpo habían desaparecido el hígado y el corazón y además, no quedaba ni una gota de sangre en sus venas. Pero tampoco presentaba heridas por las que el animal pudiera haberse desangrado. Únicamente se encontraron dos pequeños orificios por los que el agresor podría haber succionado toda la sangre de su interior.

Se especuló mucho al respecto y empezaron a aparecer las primeras sospechas sobre la posibilidad de que se tratara de algún tipo de ritual iniciático, de prácticas macabras de alguna secta o de la existencia de una mente perturbada actuando en la zona. La policía continuó sus investigaciones en medio de aquel clima alarmante y, cuatro días después, apareció una nueva víctima.

 

Ocurrió en la misma fábrica, también de noche. Por la mañana uno de los empleados encontró a otro perro guardián con una muerte prácticamente idéntica a la del animal anterior. Al realizarle la autopsia al cadáver no se encontraron señales que explicaran lo ocurrido con el cuerpo.

Ovejas muertas

La psicosis se extendió cuando, apenas dos semanas más tarde, en el barrio de Guamasa, apareció un cerdo muerto, sin una gota de sangre y sin vísceras en su interior. Finalmente, y también en esta zona, aparecería un grupo de cabras muertas en iguales condiciones. Hay que señalar que, también a finales de la década de los 70, se habían producido en Estados Unidos hallazgos de animales masacrados en condiciones misteriosas que habían generado rumores acerca de la existencia de sectas dedicadas a prácticas macabras y sangrientas.

Los informes elaborados por Joaquín Quillós, el que por entonces fuera el director del Laboratorio Regional Agrario, no aportaban ningún tipo de dato explicativo acerca de lo ocurrido y únicamente destacaban la existencia de “una mano experta” capaz de utilizar material sofisticado para llevar a cabo el vaciado de vísceras de los animales y la aún más enigmática extracción de la sangre a través de dos únicos y pequeños orificios. Esos pocos datos de la investigación descartaban que la muerte de los animales se hubiera producido por la agresión de otro animal, ya que además nunca aparecían huellas ni rastros en el lugar de los hechos.

 

Con el paso del tiempo, los vecinos se fueron olvidando de aquellos acontecimientos que los había mantenido en vilo durante aquellos meses de 1979. La policía cerró la investigación y el misterio no llegó a resolverse jamás.

 

 

 

 

 

 

 

 

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