Horacio Quiroga, la selva interior

Horacio QuirogaSu padre murió accidentalmente tras dispararse un arma de fuego. Durante su adolescencia fue testigo del suicidio de su padrastro que, víctima de una parálisis, utilizó el dedo gordo del pie para asestarse un tiro de escopeta en la garganta. Su amigo Federico Ferrando murió como consecuencia de un disparo en la boca cuando Quiroga limpiaba su revólver y su primera esposa se suicidó envenenándose tras una intensa pelea con el escritor. Después de un historial como éste, poco sorprende que el propio Horacio Quiroga se quitara la vida bebiendo cianuro.

La tragedia marcó de principio a fin la vida de este escritor de origen uruguayo que tras pasar largas temporadas en París y en Buenos Aires encontraría su lugar en el mundo en plena selva. Por su carácter melancólico y enamoradizo, no es de extrañar que Quiroga se iniciara en el mundo de la Literatura a través de la poesía, pero no tardaría en aventurarse en la escritura de cuentos y relatos breves, que son los que verdaderamente le dieron una proyección más allá de las fronteras latinoamericanas.

Compró unos terrenos en la selva, en la región boliviana de el Chaco, y allí se empapó de la cultura aborigen mientras hacía un poco de todo para salir de los apuros económicos. Así fue como Quiroga logró enriquecerse tanto en espíritu como en lo que a negocios se refiere. Y es que en la finca de Chaco está el germen de una futura compra de una chacra en la provincia argentina de Misiones, donde, además de como empresario -dedicándose a la fabricación de algodón, resinas y carbón- trabajaría como funcionario, un puesto de empleo en el que Quiroga fue conocido por sus constantes despistes y su particular forma de manejarse con la burocracia -se dice que guardaba las partidas de nacimiento y defunción en una lata de galletas-.

Para entonces, Quiroga ya era un hombre casado y con hijos, curtido en las experiencias más trágicas de la vida: la muerte accidental de su padre y su mejor amigo y el suicidio de su padrastro. Y a pesar de que había logrado alcanzar cierta estabilidad emocional y financiera gracias a la vida en la selva ya su proyección como escritor -se le comparaba por entonces con Edgar Allan Poe-, el destino aún le reservaba una ingrata sorpresa.

Su esposa no estaba contenta con aquella vida en mitad de la nada y amenazaba con marcharse a Buenos Aires. Tras una intensa discusión con Quiroga, que se negaba a dejarla partir, ella decide suicidarse ingiriendo veneno. Fue una muerte larga y dolorosa que dejó a Quiroga y sus hijos sumidos en una terrible soledad.

El escritor regresa a Buenos Aires e intenta pasar página volcándose de lleno en la Literatura. Durante este período, Quiroga se consolida como uno de los maestros latinoamericanos del relato breve. El éxito de sus publicaciones le hacen recuperar el optimismo y se siente capaz incluso de comenzar una nueva relación sentimental. Se casó con María Elena Bravo, una joven compañera de instituto de su hija que apenas había cumplido los 20 años. Fue éste su último y definitivo amor, con el que además tuvo otra hija y con el que se retiró a vivir nuevamente en la selva.

En el punto álgido de su popularidad como escritor, los médicos le diagnostican una grave enfermedad prostática. Corre el años 1935 y Quiroga tiene 57 años y una gran cantidad de problemas familiares provocados, una vez más, por la inadaptación de su esposa a las condiciones de la vida en la selva. Las discusiones con María Elena son cada vez más continuadas e intensas, igual que la evolución de su enfermedad. Quiroga padece hipertrofia de próstata y cada vez le cuesta más sobreponerse de los dolores que ello le causa.

María Elena, cansada de la vida en la selva, se marcha con los niños a Buenos Aires y la salud del escritor empeora por momentos. Finalmente, y aunque Quiroga siempre quiso permanecer en la selva, lo trasladan al Hospital de Clínicas de Buenos Aires donde se descubre que padece un cáncer muy extendido, intratable e inoperable. Durante su estancia en el hospital, Quiroga se hace amigo de Vicente Batistessa -un paciente con malformaciones similares a las de ‘El hombre Elefante’- al que pide que alojen en su misma habitación, pues lo estaban tratando en los sótanos de las instalaciones para ‘esconderlo’ del mundo debido a sus deformidades. Tal es la amistad que entablan los dos enfermos que Quiroga le confesará a Batistessa su propósito de suicidarse ante la imposibilidad de reponerse de la terrible enfermedad que estaba padeciendo. En la madrugada del 19 de febrero de 1937 y en presencia de Batistessa, el escritor ingiere un vaso de cianuro y muere entre espasmos de dolor.

Quiroga murió a los 58 años de edad víctima de un destino que parecía haberlo acompañado desde muy joven.

 

 

 

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