Iconos

Fotografía de Charlie Clyde Ebbets

En estos días se conmemoró los 81 años desde que el fotógrafo Charlie Clyde Ebbets, autor de la famosa instantánea, inmortalizara el momento en el que un grupo de obreros hacía una pausa para almorzar sobre una viga que pendía a doscientos metros de altura, durante la construcción de la torre del Rockefeller Center de Nueva York en 1932.

Mucho ha dado de sí esta foto que el tiempo se encargó de convertir en icono de una época y en testimonio de lo que resulta ser un hecho constatado. En pleno escenario de la Gran Depresión, 1931-1932 fue el período que trajo –paradójicamente– la culminación de los más emblemáticos rascacielos de Manhathan. Esto fue propiciado por la abundante mano de obra disponible por una galopante desocupación, efecto de la crisis que siguió al crash del 29. Este hecho se enmarca como una de las grandes paradojas del sistema: los grandes símbolos del capitalismo financiero, que tienen su manifestación más evidente en los colosos erigidos en Nueva York, llegan a su apogeo durante el periodo de mayor desocupación y penuria soportada por las clases populares y trabajadoras neoyorkinas.

Pero esta no es de la única paradoja que encierra este fenómeno epocal. El mismísimo Diego Rivera, conocido también por su militancia comunista, mostró gran interés por que se le adjudicara la ejecución de los murales del Rockefeller Center. Al parecer, Rivera era uno de los pintores favoritos de la madre de Nelson Rockefeller y esto resultó decisivo para que, al menos uno de los muros, se le encargara al pintor mexicano. La obra de Rivera, titulada El hombre en el cruce de caminos (que fue concluida en 1933, un año después de que se tirara la famosa foto de los obreros sobre la viga), era un fresco dotado de toda la simbología y estética del realismo socialista propio de la época. Estos misteriosos flirteos de los Rockefeller con el bolchevismo y el trotskismo ha dado lugar a especulaciones e hipótesis de lo más sorprendentes.

Sin embargo, alguien pensó que el hall principal del Rockefeller Center, en pleno corazón financiero del capitalismo americano,  no parecía el lugar más idóneo para albergar los iconos de la revolución bolchevique, representados en la obra de Rivera. Y que parecía evocar una metáfora alentadora de los mismas masas trabajadoras desocupadas y explotadas, que construían, paradójicamente, los baluartes del capitalismo. Se dice que fue el mismo John Rockefeller Jr. quien ordenó la clausura y posterior destrucción del mural ejecutado por el artista mexicano, a penas un año después de su terminación.

Hay quienes han establecido otra paradójica relación entre la construcción de grandes rascacielos y el estallido y ebullición de crisis económicas memorables. Un ejemplo sería el crash del 29 y la Gran Depresión desatada en los años sucesivos y que, como hemos dicho, culminó con la ejecución de estos colosos (la torre de Chrysler, el Empire State o el mismo Rockefeller Center), símbolos del capitalismo americano.

En los años 70, coincidiendo con la crisis del petróleo que en 1973 inflamó el mundo entero, se concluyó otro de los iconos del capitalismo financiero norteamericano (aunque a este, el destino parecía reservarle un trágico fin): las torres del World Trade Center de Nueva York.

En plena crisis de la burbuja tecnológica del 2000 se culminó otro emblema del capitalismo asiático, el Taipéi, de más de 100 metros de altura.

Y sin ir tan lejos, el coloso madrileño conocido como la Torre de Bankia, con casi 250 metros de altura, se inauguró en el 2009, en pleno estallido de la burbuja inmobiliaria.

Me ha parecido ver en la hipótesis que relaciona la construcción de grandes rascacielos con el estruendo de terremotos económicos que hacen tremar los cimientos del sistema, algo que se remonta a los mismos orígenes de la humanidad. Como si se rememorara la maldición bíblica de la Torre del Babel. La ambición de los hombres por erigir una torre que llegara hasta los cielos fue tomado como un desafío a los dioses. Esto despertó recelos en los Elohim; quienes, iracundos, bajaron y confundieron la lengua de los hombres y los dispersaron por toda la Tierra. Creando caos, confusión y miedo, que son las reacciones emocionales que desatan las crisis económicas. Ante la inexistencia de mercados financieros (en el sentido moderno) por entonces, la crisis provocada fue de orden humanitario, pero como tal tuvo que tener necesariamente unas consecuencias económicas.

En 2010, en plena crisis financiera ligada al sector inmobiliario, en un lugar no muy lejano a la Babilonia bíblica, Dubai, se concluyó el edificio más alto del mundo con más de 800 metros, el Burj Dubai. Pero como siempre, la parte olvidada de la historia son los miles de obreros emigrados desde Pakistán, Sri Lanka, India, etc. (evocando a los emigrantes que construyeron las torres neoyorkinas) que en condiciones infrahumanas siguen construyendo rascacielos y, quizás,  continúen haciendo una pausa para el bocadillo, sentados en un andamio. Sólo que ahora no hay un fotógrafo para testimoniarlo.

 

 

Luis Rivero Afonso

www.luisrivero.es

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